viernes, 25 de abril de 2008

Apoteosis


Que yo escriba la palabra “apoteosis” no es algo que sorprenda a estas alturas, por mis continuas recurrencias a este término. Pero quizás nunca como en esta ocasión para esculpirla con detenimiento, a-p-o-t-e-o-s-i-s, para inmortalizarla en una marquesina que no se venga abajo con el paso del tiempo, para deletrearla con un sabor que no se extinga no obstante el perecedero proceder de las palabras.
Apoteosis, así, llanamente apoteosis, de este modo podría calificar el concierto de Goran Bregovic, acompañado de su banda Bodas y Funerales, hace dos días en un teatro tapatío que, por cierto, se abarrotó hasta los candiles –bueno, tal vez exagero porque no tiene candiles–.
Es cierto, Bregovic todo el tiempo se dirigó al público en inglés –idioma que no hablo y entiendo muy poco–, sus coristas entonaron en una lengua que no pude ubicar –baste decir que son de Sofía, Bulgaria–, el otro vocalista es un gitano de voz que va en zig-zag y continuamente retorna, y los restantes miembros de la banda son originarios de Serbia. Así que el hilo que prevaleció entre la banda y un servidor, fue solamente la música: calcinante, deliciosa, embriagante, apoteósica, sí, a-p-o-t-e-ó-s-i-c-a; música que a veces emergía desatada, desaforada en sus acentos, y en otras tantas brotaba con una mesura que resultaba abrigable y en ocasiones venía dosificada, como ese antídoto que procura el buzo en medio de una crisis y asoma a la superficie para renovar sus pulmones que están a nada de reventar.
Los tonos, mixturas, las alas en los instrumentos, la concatenación de renglones sonoros, todo de la mano parecía provenir de lugares remotos: en su trayectoria ese todo se iba agrandando, acumulando fuerza, sobrevolando y, al fin, horadando los ojos y los oídos y las manos y la sola alma a la que concurrimos todos los que estábamos en las butacas….

“Quiero cantar, cantar hasta sentirme / hueco de todas las palabras, ebrio / de mi boca desnuda”
Jaime García Terrés, “Elegía portuguesa” (2) en Las provincias del aire

(Este post está dedicado a la Chica Azul)

Imagen: www.lagonordlive.it/images2/bregovic3.jpg

jueves, 24 de abril de 2008

Ai le encargo


Ayer, en una céntrica calle, por la tarde estacioné el auto “siguiendo las indicaciones” de un franelero, un viene-viene o un apartalugar, como quiera llamárseles; Ana García Bergua los ha bautizado como “La cofradía de la santa cubeta”.
El asunto a reflexionar aquí es que al descender del auto, el empeñoso y trabajador franelero –que, dicho sea de paso, nunca sabe uno por dónde van a aparecer– me dijo: “¿Una lavadita?”. Le contesté que no. Enseguida, muy orondo, me espetó: “Ai le voy a encargar un veinte”. El tipo, sin ninguna autoridad e incluso antes de brindar su servicio de “guarura de las calles” pretendía que le diera 20 pesos. ¡Qué desfachatez! Ahora han llegado a la ridícula –pero no menos agraviante– pretensión de establecer cuotas: se han erigido en una especie de tasadores de los espacios públicos.
Es una voz común que va tomando dimensiones de alud: un ejército compuesto de cientos de efectivos con mañas y una pizca de arribismo han tomado las calles, las han convertido en su trinchera, cuartel, campo de batalla y explanada para ceremonias oficiales –perdónenseme los adjetivos, sólo fue por enumerar palabras de un mismo campo semántico–.
“¿Hasta dónde llegaremos?”, exclamaba mi abuelo cuando las cosas tomaban un rumbo incierto; quizá esa expresión podría aplicarse aquí, aunque con unos pasos más allá: ¿llegará el momento en que no sólo tengamos que pagar por anticipado a estos miembros de “La cofradía de la santa cubeta”, sino que ellos, con arbitrariedad, decidan quién puede estacionarse o no en sus dominios?

“Si pienso que fui hecho para pensar el sol, para decir cosas que despierten amor, ¿cómo es posible entonces que duerma entre saltos de angustia y horror?”
Silvio Rodríguez, “Sueño de una noche de verano”

(Del concierto de Bregovic y su banda de Bodas y Funerales escribiré mañana; por aquello de no relatar disparatancias producto de un estado todavía enfebrecido.
Mientras participé en la lectura pública de Al filo del agua constaté lo siguiente: los pocos oyentes en realidad estaban en otro lado. Lástima.
Mensaje para los protagonistas del fin de semana naco: lamento de veras mi falta de tacto y consideración. Estoy apenadísimo.)

Imagen: www.caminandosinrumbo.com

miércoles, 23 de abril de 2008

Prolongaciones


El espejo es un objeto que no pasa desapercibido: donde hay uno siempre habrá quien se asome a su interior; y cuanto más cerca, mucho mejor. El espejo, como si de una película se tratase y a todo lo largo y ancho de sus posibilidades, corre un sinnúmero de cuadros en los que se retrata, con toda fineza y perfección, lo que sucede de este lado (suponiendo que el espejo se erija como “el otro lado”): una imagen totalmente semejante, salvando la proyección a la inversa.
El espejo, por ejemplo, en Sueño de Arizona funciona como una cámara más al mando del director: una de las escenas (de muchas) más significativas del filme sucede cuando dos de los protagonistas sentados a la mesa juegan, con una extraña mezcla de temor y tranquilidad, a la ruleta rusa: la imagen se prolonga en un cuadro más, una ventana, recipiente donde es posible enmarcar a aquellos dos pasándose la pistola, salpicados por la conmiseración de uno y la total dejadez de la otra. El espejo se convierte entonces en el catalizador de las sensaciones y el conducto del acto que ambos pretenden ejecutar y que…. (vean la película).
Cuando Salvador Elizondo comienza cualquier historia, cualquiera de todas sus historias, se sabe que en algún momento de la narración se asomará entre líneas o con todas sus letras un espejo: a menudo el derrotero de lo que cuenta Elizondo va signado por la prolongación intacta que se guarda en el reflejo, por aquello que resulta del involucramiento del objeto en su relación con los personajes.
El espejo, pasando a cuestiones terrenales, en un principio fue considerado un objeto casi de culto y al que pocos podían acceder, pues su valor excedía las posibilidades de la clase media, y sólo tenía cabida en las casonas de los poderosos; en el tiempo extravió esa cualidad y adquirió otra, más ad hoc para estos tiempos: en todos tamaños y presentaciones no falta uno de estos curiosos instrumentos en miles de lugares, cuya lista es larguísima y no está exenta de extrañezas y adjetivos descabellados.

“Me pareció increíble que ese día sin premoniciones ni símbolos fuera el de mi muerte implacable”
Jorge Luis Borges, “El jardín de senderos que se bifurcan”

(En un rato más seré uno más de los lectores que se apuntaron para recordar a Yáñez con su novela Al filo del agua.
Hoy, también, como si formara parte de una fila india en una escena undergroundiana, seguiré a la banda de Bodas y Funerales.)Imagen: www.hoy-digital.com

martes, 22 de abril de 2008

Un viaje, varios viajes


A propósito de un texto de Boullosa publicado en Día Siete, respecto al poeta Darío Galicia –Piel Divina en Los detectives salvajes de Bolaño–, quiero hacer un comentario –alejado de toda intención culturosa– en torno a esa novela que, según algunos críticos, inauguró una nueva narrativa latinoamericana.
Los detectives salvajes es un viaje: en la novela se narra un viaje pero la novela en sí misma es un viaje. Y es un viaje, asimismo, en muchos sentidos: para los protagonistas es un viaje, para el lector es un viaje, la narración es un viaje; en suma, Bolaño, y sospecho que no lo buscó intencionalmente, propone distintas lecturas y a los lectores nos toca embarcarnos en todos esos mares no sin antes haber quemado las naves y partir. A ratos se trata de un camino alucinante, despistado, lleno de sorpresas, a veces oscuro y otras tantas luminoso, saturado de referencias y microhistorias, de trampas y miniautobiografías dictadas por las voces de los retratados.
Roberto Bolaño fue un narrador que no se apegó a ningún molde, a ninguna fórmula preconcebida o cuadrada, a nada que no fuera lo que su pluma le iba dictando, llevándolo por derroteros que ni él mismo conocía dónde iban a desembocar: esa búsqueda frenética y desesperada de Cesárea Tinajero se va reinventando conforme los detectives salvajes encuentran una pista, por mínima que sea, ya sea a nivel narrativo ya a nivel anecdótico.
Es cierto que esta novela merece glosarse de manera exhaustiva, con detenimiento, quizá conectándola con numerosas referencias y sin dejar de lado su valor narrativo, pero el espacio aquí no es el idóneo y no pretendo por el momento llevar a cabo tan descomunal ejercicio.
Entonces, lo que resta decir, y por anotar lo menos, es que Los detectives salvajes vino a refrescar -tal vez a reinventar- el panorama no sólo de la narrativa chilena –por ser el autor, chileno–, sino la mexicana y alargando el brazo, la latinoamericana y española.

“….esa extraña mirada nos perdió en el exilio del otro”
María Cristina Preciado, “Las ciudades últimas de febrero: mirada y extrañamiento”

(Bregovic, con su banda de Bodas y Funerales, traerá los aires de Underground, Sueño de Arizona y Gato negro, gato blanco al bajocielo tapatío.
Hoy me han contado que Chu, de vuelta de la calle, cruzó la puerta con otro semblante: la de aquella que bailó de otro modo la vida.
Ahí se los dejo: Mañana habrá una lectura pública de la novela Al filo del agua del hijo pródigo del Barrio del Santuario, Agustín Yáñez; cientos de voces, como si se trata de una especie de Torre de Babel sonora, armarán ese rompecabezas en que se convierte un libro cuando es hojeado por muchos.)
Imagen: alhamar-critica.blogspot.com

viernes, 18 de abril de 2008

Un mago



“Mira, aquel hombre, el que está a punto de cruzar la calle, es poeta”. Esta declaración, si no descabellada o inimaginable, es casi imposible escucharla en alguna conversación cotidiana. ¿Quién es poeta? ¿A quién se le puede llamar poeta? ¿Es identificable el poeta como lo es el zapatero, el carnicero, el burócrata, el panadero, el maestro, el voceador?
“Un poeta, escribe Chumacero, no es un ciudadano recomendable para disponer de algo más que de su propia conciencia”. Es un ser imposibilitado, que carece de margen en la cotidianidad, que no cuenta con credenciales para actuar en los asuntos mundanos, salvo que su labor se remita a reseñar aquello que ve de manera pastosa, animada, adornada, incluso torcida.
“Un poeta es un hombre, agrega Chumacero, que vierte la palabra de acuerdo con significaciones no siempre apegadas al uso corriente del lenguaje”. ¿A qué se dedica entonces el poeta? ¿Acaso a llegar a lo mismo que dicen los demás, sólo que él atraviesa oscuros renglones y se vale de un abecedario no por todos conocido, que ha pasado de poeta en poeta por los siglos de los siglos y como si se tratase de una clave indescifrable para los demás?
Anota Chumacero que “el poeta es el antípoda del ‘hombre de bien’, el enemigo de la cordura, el perverso que todo lo desvirtúa”. ¿Qué produce el poeta? Si fuéramos gobernados por un poeta, ¿habría un futuro posible? Y, finalmente, ¿el poeta es de este mundo –entendiéndolo como la cotidianidad y lo terrenal– o por sus características y cualidades vino de lugares lejanos? Sí, el poeta es un desterrado, un mago, un vidente, un poeta.

“Sobre las grietas de sus manos / podían hundirse mil noches / y no volver a hallarlas”
Enriqueta Ochoa, “Al hacedor de templos, en el llanto…” en Los himnos del ciego

(Los apuntes de Chumacero fueron tomados de “Acerca del poeta y su mundo”, en Los momentos críticos.
Los protagonistas del fin de semana naco quizá coincidamos en una cocina: aprender a cocinar constituye un paso que no puede esperar mucho.
Ahí se los dejo: la ola de voces que pregonan por el boicot a las Olimpiadas a celebrarse este año en China, está tomando una altura que las autoridades de ese país parece no podrán controlar.)
Imagen: rondadepoetas.blogspot.com

jueves, 17 de abril de 2008

Lo de antes


Antes. Esta palabra desemboca en la imposibilidad: siempre tiene que ver con algo a lo que ya no es posible acceder.
Cuando en una conversancia alguien introduce esta palabra lo hace para dejarse ir por vericuetos que conducen a los interlocutores a parajes ahora desconocidos, borrosos, paradisiacos casi: “antes este río tenía agua cristalina”, “antes, qué esperanzas que un chico fumara delante de los mayores”, “antes venía seguido por aquí, ¡cómo ha cambiado todo!”, “antes no había Internet, ni celulares, ni….”, “antes podía salir uno tranquilo a caminar por las calles”.
Las más de las veces, lo de antes, en palabras de quien lo dice, es siempre mejor que lo que hay ahora: quienes no conocimos lo que se cuenta, salvo por la referencia oral, lo de antes avientra otras posiblidades que no alcanzan a tocarnos, sin embargo adquiere las tonalidades de un mundo paralelo al que no es posible hallarle otra entrada que no sea la imaginación.
Si lo consideramos, acaso por una intención curiosa, lo de antes viene a ser el final de una larga caída: la memoria acciona un mecanismo cuyos resortes son impulsados por la evocación y la nostalgia, incluso por el insano deseo del ayer y por un anecdotario de páginas con vivas ilustraciones y letras grandes, y el impulso se solaza en los aires.
Antes, por ejemplo, solía sentarme con el abuelo, bajo el paraguas de un sol verde asbestiano, a leer o a verlo leer: la manivela de esas imágenes proyectadas sobre una cacariza pared de ladrillo viejo, ahora corre en reversa, pues hoy el abuelo se sienta conmigo y no precisamente con previo aviso. Antes, también, solía tener pelo, solía guiarrear a ratos, solía no beber cerveza, solía tener un perro –Chester-, solía….

“Hace tiempo recogí una moneda que sólo compraba las cosas de antes”
Juan Villoro, Tiempo transcurrido (Crónicas imaginarias)

(La tarde de antier vino como una tarde Azul: hacia el final revelamos una fotografía cuyo fondo era definidamente gris pero al frente despedía aires azules.
Goran Bregovic se presenta la próxima semana en el Diana: lo mejor de esto es que ya tengo boleto para apersonarme en el concierto. Pero lo todavía más mejor, sin duda, va a ser la compañía.
Ahí se los dejo: una niña colombiana de 10 años abandonó las filas de las FARC después de ver morir a su hermano en combate.)

Imagen: www.avisos-gratuitos.com

miércoles, 16 de abril de 2008

Otra moda


Hace algunos días, un chompa –protagonista del fin de semana naco– decía que “ser naco se está volviendo moda”. Viajábamos en auto rumbo al sur del estado cuando soltó esta frase con tal categoría y un catálogo de ejemplos, que no nos quedó otra que asentir.
El asunto tiene varios tintes, y un sinnúmero de posibilidades por las cuales seguirle el rumbo; me limitaré a unas cuantas.
Según la Real Academia Española, naco, en México, procede quizá del totonaco y se traduce como indio –indígena–. Por otra parte, en Uruguay es un término coloquial cuya traducción obedece a “excremento sólido, especialmente el humano”.
El naco, por estos lares, se acomoda a la acepción que da la Real Academia, sólo que el pastel lleva encima una cereza: el término se aplica con sumo desdén y un caudal de discriminación, con una intención peyorativa y de denostamiento –hacer menos­–. Aquél que se hace acreedor a tal encasillamiento, se le considera de clase baja, de mal gusto, con afición musical populachera y, en algunos casos, hasta iletrado.
Algo de lo que decía mi chompa es que eventos de variada índole a los que por lo común sólo acudía cierto sector de la población, ahora son frecuentados por: pepones, fresas, los llamados eclécticos, estudiantes de humanidades –sobre todo letras y de abogacía–, algunos miembros de bandas del movimiento oscuro, entre otros tantos especimenes. En tales eventos, dicho sea de paso, figuran las funciones de lucha libre, salones musicales donde sólo se baila género de banda, danzón, salsa, incluso tango; o salas de cine donde por tradición se proyectan filmes del todo comerciales o tianguis concurridos sólo por gente de bajos recursos que sobreviven en colonias perdidas.
La invasión, agregaba él, se agudiza cada día más, y la promoción para asistir a estos lugares ha alcanzado niveles nunca calculados, tal vez ni imaginados. En este paraíso recién inaugurado, para los nuevos –pepones, eclécticos, etc. – en estas lides pasearse entre los que no son iguales equivale a ser otro: la máscara está dada por un intento de desarraigo que nunca llega a ser tal. Más allá, hay aquí también un intento de apropiarse un humor, ideas y palabras que nada tienen que ver con lo hasta entonces conocido, vivido o dicho.

(En la Ciudad de México, a tono con esta moda del ser naco, rifan en la radio estas dos rolas: “La cumbia del culero” y “La cumbia del oso polar”.
El domingo, en la grama del Jalisco, sucedió, como dice Eduardo Galeano, el buen futbol: “Ganamos, perdimos, igual nos divertimos”. Sí, ganamos; sí, nos divertimos; y sí, saboreamos, además de la victoria rojiblanca, la larga agonía de fracasos del rival.
El lunes vi a Bebesito: gritó y se rió con un largo gesto mientras tocaba el cláxon del Lupito.)
(Imagen: hazmeelchingadofavor.com.
Este post estaba pensado para subirlo ayer, así que el correspondiente a este día se publicará más tarde)