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martes, 17 de agosto de 2010

Umay


Umay. Los excesos, dicen, nunca son del todo buenos. La medicina la receta el refrán: “de lo bueno, poco”; incluso, algunos se recargan en ese eslogan publicitario de “nada con exceso, todo con medida.” Umay le rehúye a los excesos de una cultura de la que, por más que quiera, no puede escapar: a ese mundo pertenece. Lo piensa. Lo intenta. Y a punto de lograrlo, ella misma –la sangre y la querencia– vuelve sobre sus pasos. “Cuando es lo único que conoces, cuando es lo único que te enseñaron, no verás nunca más allá.” Como si de la condena del eterno retorno se tratara.
Umay y Cem. Harta del maltrato y una vida desabrida Umay decide reemprender el vuelo que ella misma interrumpió años atrás. Se eleva y se confunde, en su partida, con la bandada de aves que atraviesan esa ciudad que no es más que un amasijo gris. Pero no lo hace sola, Cem va de su mano. Se despide, curiosamente, de lo mismo que la traerá de regreso: el miedo y el ahondamiento de una soledad cuyo precio está a punto de pagar. Se trata de un costo tan alto que ni siquiera imaginó lo que le deparaba ese jodido temor a abrir los ojos. Umay está ante su propia desesperación, como si buscara recluirse en un escondrijo. Del que, más adelante, va a querer asomar la cabeza y partir, eso sí, en un acto bien calibrado, doloroso.
Umay y la oportunidad. Si hay ocasiones propicias para dar algunos pasos sin mirar atrás, la que tuvo Umay fue incuestionable: pero ella, antes de darlo, se acordó de sus raíces y bajó a la tierra, se adentró en ella para después, ahora sí, emigrar: en ese pequeño retroceso encontró un destino incierto, inesperado, trágico, demente: sus dos hermanos, uno por el frente y el otro por la espalda la acorralan en la acera: uno, pistola en mano y el otro, blandiendo una navaja. Umay saldrá bien librada, no así Cem, su pequeño hijo: el único corazón que le late.
Umay y la partida de Cem. La dura orfandad. El abismo con sus fauces abiertas. La calle como símbolo de una ciudad grisácea que ha perdido todo sentido. La soledad de llevar un niño en brazos, en vilo, como si cargara un muñeco de trapo, que no respira, que no mueve un solo músculo, cuya última palabra, mirando a Umay a los ojos, entrecortada, lastimosa, con un auxilio evidente y destemplado, fue: “¿Mamá?” Umay camina, ya no mira atrás, pero adelante, curiosamente, ya no hay nada –nada que le importe, por lo menos.
(Umay –actriz Sibel Kekilli– es el personaje principal de La extraña –2010–, de la cineasta alemana Feo Adalag.)

“Hago como que no me acuerdo / para no estar triste. / Pero la mano me sigue siendo piedra y flor / y sigo siendo alegre y tonto / con un gallo de viento en la cabeza. / (…) Te iluminaste, / poeta, nardo, carcacha, / te iluminaste con las palabras puestas en el lugar en donde nacen las palabras; / te pusiste a inventarlas y acertaste / y así se fue desparramando el mundo por la tierra. / No tiene más anécdota esta historia, / es una pura manera de cantar. / Jueves y viernes, / para siempre, / se habrán de encargar de tu memoria.”
Alejandro Aura, “Ronda por tres caminos para un amigo viejo” en Cinco veces, la flor (1967)

Imagen: www.homocinefilus.com

martes, 1 de junio de 2010

Sobre el asfalto



Hace poco, en animada conversación con dos amigos en su casa, salieron a colación los personajes favoritos del cine. Personajes que de algún modo para cada uno se volvieron entrañables. Aparecieron en la plática numerosas películas e igual número de héroes, antihéroes, roles secundarios cuyos papeles fueron relevantes y dejaron alguna marca. M. (ella) se decantó, sobre todo, por personajes que tendían al máximo heroísmo, en tanto que D. (él) pinceló todos los atributos de los protagonistas de algunos filmes de Kurosawa, en particular Ikiru y Rashomon.
Cuando llegó mi turno el primero que vino a mi cabeza fue Mad Max, el espécimen abanderado de esa trilogía de filmes cuyo personaje principal encarnó una especie de mensajero no esperado. Mad no encuadra en la figura del héroe común, más aún, dista mucho de ese heroísmo embadurnado de causas nobles y acciones por demás aparatosas en pos de un reconocimiento general. En el fondo se trata de un hombre que pretende pasar desapercibido, y cuyo itinerario de vida carece de esa encomienda titánica de reivindicar a la humanidad ante una fuerza desproporcionada y maléfica: su mítica lucha, en primer lugar, según entiendo se centraba consigo mismo. Y de allí, lo que viniera.
Mad Max fue un personaje que ejerció una particular atracción a la que me resultó difícil sustraerme. Un viajero de la carretera que perdía su mirada en el desierto: la dejaba colgada en algún lado y luego, como si tal cosa, la quitaba de allí para colocarla en otro sitio, igual de perdido y desolado. Y ese decantamiento del personaje por la carretera constituyó el más fuerte de sus imanes: esas escenas en que aparece solitario, entre arenales, montado en su vehículo, diluyéndose en el asfalto, como si no hubiera otra cosa que el camino que se ve adelante, estoy seguro me arrastraron a su perpetua idolatría.
Y es que la carretera desde hace mucho tiempo resulta un camino que recorro siempre como si se tratara del mejor trayecto (aunque se dice que el trayecto más apreciable es el que nos trae de regreso a casa). A eso se debe con seguridad que Mad Max llegara a encumbrarse entre mis personajes cinematográficos favoritos. Había en esa personificación acentos que no era posible pasar por alto: el desenfado ante el devenir cotidiano, su desmedido interés por ir de un lado a otro, y, sobre todo, su desganada actitud al recorrer todo kilómetro que se le pusiera al frente, como si en algún sitio lo estuvieran esperando.

“Cuando venían las lluvias miraba los largos aguaceros / desde el ancho cajón de las ventanas. / Nunca huele a tierra tanto como esa tarde. / Se oye la lluvia primero en el aire venir como un gigante / que se demora, lento, se detiene y no llega, / y luego, están ahí sus pies sobre las hojas, tamborileando, / rápidos, mojando, / y lavando sus manos deprisa, tan deprisa, los árboles, / el césped, los arroyos, / los alambres, los techos, las canoas.”
Isaac Felipe Azofeifa, “Se oye venir la lluvia”

Imagen: horror-movies.ca

viernes, 9 de abril de 2010

Se vale lo que sea


Hay películas que están hechas para que el espectador salga de la sala del cine conmovido hasta las entrañas. Se trata de un cine cuyo drama va hasta el punto más álgido de la emoción y después, para aligerar el sentimiento desbordado, se deja ir en picada con una situación del todo chistosa; los llamados gags. Cuando así sucede dicen que el director se ensaña diabólicamente: nadie en su sano juicio podría hacer una película para que la gente llore, acabe lamentándose, se entristezca o de plano se sumerja en un estado depresivo del que difícilmente podrá salir en los días siguientes.

Hace días acudí a una sala cinematográfica, atestada por ser día de descuento, para ver una cinta que prometía no ser un culebrón endiablado, sino una película con un drama bien cimentado en guión y cuadro actoral. En ese tono el filme no desmereció ni un poco siquiera: fue punzante, desgarradora, sinuosa a ratos, e incluso podría decir que dolorosa. Pero lo que quiero resaltar aquí sobrevino ya cuando la película acababa: se escuchaba claro que dos mujeres que estaban a mi lado derecho lloraban, y dos tipos, a mi izquierda, desconozco todavía por qué, comenzaron a decirles en torno burlón –todavía no encendían las luces– “se vale llorar”, “y a moco tendido”, “chifladas”.

Lo que uno haga con la emoción o el sentimiento desatado tras ver un filme es cuestión personalísima. Si uno decide reír ante una desgracia, o llorar, o sobrecogerse a alturas insospechadas, constituye una decisión que no atañe a nadie más, mucho menos a sujetos desconocidos. El estado de ensimismamiento al que se acoge aquel que ha sido vilipendiado o atrapado por una historia difícil, desgraciada o saturada de momentos tristes, resulta la consecuencia más lógica y socorrida. Un justo reconocimiento, por otro lado, a lo bien narrado que resultó el filme.

Las dos mujeres respondieron manifestando su desagrado por aquella intromisión entre su estado emocional y los créditos que iban apareciendo en la pantalla. Se sintieron invadidas, arrebatas de esa especie de éxtasis en el que se hallaban metidas. La cuestión de la educación de los públicos en el cine es apabullante: durante el festival de cine pasado me tocó asistir a funciones tanto al cine-foro como a cinépolis: en el segundo aparecían murmullos por aquí y por allá, silbidos, pasaban por sobre mi cabeza palomitas o un vaso apachurrado, y hubo expresiones de malísimo gusto cuando en la pantalla, por ejemplo, apareció un hombre desnudo y luego, en la cama con una mujer en iguales circunstancias. Fue de veras lamentable. Sí, hay de públicos a públicos, y de cine a cine. Qué se le va a hacer.

“No importa, / no importa morir. / Ven, vida, / ambas son mis manos; / ven, muerte, / ambas mi voz y mi letra, / mi deseo y mi tacto. // (Veo en la casa las sillas, / los libreros, las mesas. / Sé que mi lugar no es mi lugar. / Soy el que sale de la casa / y permanece dentro, / que no sabe de su mundo, / que no ha aprendido a vivir, a estar.)”

Carlos Montemayor, “6” en Las armas del viento (1977)

imagen: www.laislatuerta.org.mx

viernes, 5 de marzo de 2010

Silencios


Las tomas fijas, abiertas, los pocos diálogos y los largos planos de los que se vale Carlos Reygadas para contar una particular situación en la vida de los menonitas en Luz silenciosa pugnan por la hondura del filme; en el fondo la historia, según entiendo, tiene un tinte preciosista a resaltar. De las anteriores propuestas de este director mexicano, Japón y Batalla en el cielo, elogié, sobre todo, la parsimonia de un cine que busca prescindir de aparatosas secuencias y una superficialidad dada por el tratamiento de lo que se cuenta –de lo que se filma, para ser más exactos. De Luz silenciosa, sin embargo, hay que ir un poco más allá: la película toda es silencio, un silencio que de algún modo habla y cuenta.
Lo que sucede con el cine de Reygadas es que se antoja, en principio, difícil, en el sentido de que no se trata de películas que se tomen, vean y digieran a la ligera; hay en sus historias puntos en ebullición que desvelan situaciones que, conforme avanza la película, confluyen en el fin perseguido: en Luz silenciosa es evidenciar, por un lado, el alto perfil religioso de esta comunidad que vive segregada por decisión propia y, por el otro, desnudar un conflicto que aqueja al protagonista del filme. Del tratamiento de ambos frentes sale victorioso Reygadas. Quizá más del primero que del segundo.
Al ver el filme a menudo invade la sensación de que se asiste a una invasión íntima de una familia y sus quehaceres más mundanos: la delgada línea que separa ese vano espectáculo de una propuesta de arte es lo que Reygadas maneja con maestría, no sucumbe a un fácil lirismo, más bien enaltece la condición humana desde sus más simples manifestaciones hasta el grado de escenificar una cuestión que pone a la vida en un predicamento: seguir adelante o volver sobre los pasos, aunque ese retorno suponga romper con todo lo que quede al frente.
Al final, tras de que aparecen los créditos, antecedidos por una larga secuencia en la que sólo se escucha la naturaleza al desnudo –tuvo un mismo inicio aunque de una sensibilidad más evidente–, queda en la boca una sensación que alude al vino amargoso que no deja rastro alguno en la garganta. No esperaba, he de confesarlo, un clímax abrupto, apantallante, pero sí esa refinación al ir atando los hilos que fue dejando en el camino. Reygadas se centra en lanzar el planteamiento, ahondar en sus más íntimas pretensiones y de ahí en adelante el espectador tiene que arreglárselas solo. Luz silenciosa destila largos, deliciosos silencios, como tendría que ser el cine, diría más de alguno.

“Cae en cámara lenta la sed a mi garganta. / Murmurios de cimbras recorren la ciudad / mientras gotea la noche y el ulular de una ambulancia / mueve las hojas de los árboles. / Cantizal de sollozos, cebollas de mercurio, / todo es lenta penumbra como una llave que se cierra. / Paseantes al amanecer me rodearon / las noticias inciertas, mi barrio y la ciudad donde vivo. / El día escombra sus rincones, / busco mi corazón debajo de un zapato, / llamo a la dueña de la fonda / y le pido que traiga una vasija de agua / para lavar el tiempo.”
Juan Bañuelos, “Festín de las imágenes de alcohol” en Espejo humeante (1968)

Imagen: fotograma de Luz silenciosa

martes, 6 de enero de 2009

Así hemos sido


De la anterior propuesta de Cuarón –Y tu mamá también– ponderé, más que otro aditamento del filme, la fotografía. El rescate que hizo el director de ese México escondido, que a todos pasa desapercibido y que, sin embargo, al entornar un poco la mirada se le descubre y se le admira. En Rudo y cursi hay algo de ello: ese otro país que todos los días nos empecinamos por olvidar está ahí, con toda la carga de bondades y desventuras que pueda tener. Y no sirve, como fácilmente podría pensarse, de telón de fondo para el filme: su papel es del todo relevante.
Pero esta película no se queda ahí, va un poco más allá: el manejo del lenguaje, que a más de alguno pudiera parecerle grosero y de detestable doble sentido –otra constante en el director, recuérdese si no Y tu mamá también–, en el fondo avientra otra intención, pues no se queda en una palabrería llana y descarnada: así se habla todos los días, llámese el escenario pueblo, calle, oficinas, ciudad, negocios, salones de clases, etcétera. No es más que la perfecta corona luminosa para un modo de ser, para una mal distinguida identidad. De esa llaneza puede hablarse, más que de una disonancia, de un no bien apreciado acierto.
Más allá del que pretexto de la película sea el futbol y las aspiraciones de un hombre de pueblo por convertirse en un cantante de música grupera, a ello subyace otro tipo de esperanza: la de aquellos que no conocen otro horario y otra ruta a seguir que el trabajo cotidiano, cuyos sueños allí comienzan y, también, allí mismo culminan. A ratos se dejan llevar por el lado de la moneda, pero, incluso, cuando así sucede, la mano del destino –que ellos mismos se trazan– acaba por conducirlos al punto de salida, que no de llegada.
Bien puede hablarse del intento de plasmar una especie de alegoría sobre algunos de los más grandes intereses o entretenimientos de lo que hoy puede apreciarse como mexicano en el filme, sin embargo este estirón puede acabar en un encasillamiento pobre: el filme pretende, más que este cuadro de contornos lamentables, una inmersión en las querencias que impregnan calidez a todo lo que pueda llamarse “lo nuestro”. Y no, no hablo precisamente del futbol y la música grupera, sino de dos personajes que encarnan, con su carga de ingenuidad y desconocimiento a estas alturas incomprensible, lo mejor que tenemos: un pueblo que tiene sed de trascendencia.
Todo, al final, aunque da la impresión de ser un rompecabezas mal armado adquiere sentido: ¿qué podría ser de nuestro México sin la tragedia y el drama, sin la búsqueda de esa necesidad por sabernos, mal que bien, los depositarios de una historia trágica y mal contada? En México así somos, así hemos sido, quizás lo seguiremos siendo. En La región más transparente Carlos Fuentes anotó: “Aquí nos tocó vivir. En la región más transparente del aire”. Nunca como ahora –fórmula que ha venido repitiéndose y que sin duda seguirá pronunciándose en años venideros– esa frase adquirió su pesadez de condena. Los intentos por liberarse de ella, hasta hoy, han sido históricamente vanos.

“Se encontraron en una calle oscura… / tan humildes, tan llenos de amargura, / que parecían dos pequeñas olas / compartiendo la súbita negrura / de un olvidado mar”
Jaime García Terrés, “La calle” en Las provincias del aire

Imagen: www.elangelcaido.org

martes, 7 de octubre de 2008

Un tren y una locura


La salida se había adelantado. Había que desaparecer, así sin más, de un día para otro. Había que mantener, como fuera, la esperanza, porque “la esperanza es buena. Y las cosas buenas no merecen morir”. Se organizaron para cubrir todos los flancos, con la intención de, en la medida de lo posible, no dejar nada valioso o útil, no olvidar algo que más adelante pudieran necesitar.
En ese vaivén frenético, en las idas y vueltas sobre los mismos pasos pero en distintas direcciones, todos los rostros tenían una línea de premura, de temor, de incertidumbre: alguien, en medio del trajín de los preparativos, agitando los brazos, con evidente zozobra, se detuvo, y preguntó a todos y a nadie al mismo tiempo: ¿volveremos? La respuesta no formaba parte de las tareas pendientes: nadie le respondió, nadie siquiera se tomó la molestia de mirarlo.
Al fin, pasados algunos días, tras numerosas deliberaciones –la mayoría resueltas por el loco de la comunidad– y de vislumbrar cómo llenar todos los vacíos habidos y por haber, una noche, apresurados, con una dirección cierta pero intrazable, treparon al tren que construyeron –sólo compraron la locomotora– y dejaron su pueblo en medio de un silencio que tuvieron que inventarse, pues eran un pueblo demasiado expresivo, que de todo hacía alharaca: incluso al pensar todos hablaban al mismo tiempo, dejando tras de sí –siempre daban vueltas– un zumbido molesto y desgastado.
El viaje se inició. Y acabó de la mejor manera.
¿Schlomo lo imaginó, lo soñó, lo contó tal cual pasó, lo inventó, lo recordó, lo construyó movido por esa rara esperanza que abrigan los locos?

“En la punta de la flecha ya está, invisible, el / corazón del pájaro. / En la hoja del remo ya está, invisible, el agua. / En torno del hocico del venado ya tiemblan, / invisibles, / las ondas del estanque. / En mis labios ya están, invisibles, tus labios”
William Ospina, “El amor de los hijos del águila” en El país del viento

(El filme es referido es El tren de la vida, de Radu Mihaileanu.
Entre jueves y viernes de la semana que recién terminó manejé en automóvil casi 1,200 kilómetros: entre toda esa distancia está incluido el tramo carretero que va de Manzanillo a Puerto Vallarta, toda la Costa Alegre jalisciense; algo que alguna vez pensé hacer, sólo que mi pretensión no contemplaba hacerlo de noche y por motivos de trabajo, tal como aconteció.
Y tu voz… –pese a todo – ininterrumpida–, continúa colmándose de aves marinas….)

Imagen: www.lasprovincias.es

viernes, 5 de septiembre de 2008

El hombre es el lobo del hombre


En los últimos dos meses, al cambiar de canal en el televisor, me he dado cuenta que en varios canales han proyectado Irreversible (2003), una película del argentino Gaspar Noé, que vi hace tiempo en compañía de la Chica Azul: confieso que lo hicimos en tres partes: sus nudos argumentales nos obligaron –al respiro– a detener el disco y a reproducirlo en otro momento.
“El deseo de venganza es un impulso natural”, se lee en el cartel alusivo para la promoción de ese filme francés, que cuenta la historia de atrás hacia adelante: el carrusel de la linealidad narrativa va girando a la inversa, a través de numerosos movimientos de cámara y ocularizaciones internas, desplegando un tipo de violencia sucia, degradante, inquietante, que deja secuelas, porque un acto violento siempre cala, a pesar de que sólo –no importa si de lejos o de cerca– se le mire.
“El hombre es el lobo del hombre”, señalaba Hobbes; es decir, el peligro del hombre reside en él mismo: qué paradoja o que malviaje como lo apuntarían algunos: tiene que mantener a salvo su espalda precisamente de quien tendría que cuidársela. Alucinado y apocalíptico si se quiere, pero sería difícil negar tal cosa a estas alturas.
Sabines, por su parte, escribió en un poema que “el pez grande siempre se traga al chico, que la lagartija grande se traga a la pequeña, que el hombre se traga al hombre”. En esto tampoco hay mucho que defender: la ley del más fuerte a menudo se impone sin juegos pirotécnicos y con todo lo que ello implica. El avasallamiento del otro a través de una actitud violenta se ha convertido en el proceder –mecánico, robotizado– más común que pueda verse, e incluso goza de una legitimación aborrecible.
En Irreversible el postulado de Hobbes y los versos del poema de Sabines (arriba citados) son llevados al encuadre –no afirmo que el director eso haya buscado. En la película hay una imitación de esa pretensión de avasallamiento, y la violencia quizá sea la manifestación primera de esa escalada de desfase iracundo que, en el fondo, –así lo veo yo– se pronuncia como un instinto natural.

“Este es un canto para ti. / Entero como el aire que pasa y acaricia las flores del durazno. / Feliz como una noche total. / Dulce como los niños que se enamoran de su maestra / y no saben decir dónde les duele / y lloran”
Efraín Bartolomé, “Canto en voz baja” en Música solar (1984)

(Ahí se los dejo: en lo que va del año se han quitado la vida 62 soldados estadounidenses y se investigan otros posibles 31 casos. El Ejército reconoce que las misiones continuas y repetidas, como la ocupación de Iraq, pueden estar influyendo en la multiplicación de cuadros depresivos y ansiedad entre los militares.)

Imagen: http://www.elfwood.com/

jueves, 19 de junio de 2008

En el último estirón


En Luces al atardecer Kaurismäki propone un estado insomne permanente en quien ha perdido toda motivación en la vida. El protagonista ve transcurrir sus horas como quien contempla las vueltas de los caballitos mecánicos en la feria. Cuando va, mudo y endeble, de un ensimismamiento a otro sus únicos movimientos acaban en el encendido de un cigarillo: aquella luminosidad en su boca le impregna a su rostro un aire todavía más desolado.
Cuando la atmósfera que sosega los actos cotidianos es de un matiz sórdido, ya no hay lugar posible al que acudir para desmantelar aquel aparato de presión y desamparo: se vislumbra entonces un horizonte de nubarrones, y las fuerzas, tan menguadas ya, no alcanzan siquiera para abrir los ojos que se han cerrado a fuerza de sucesivas e ineludibles decepciones.
Ese hombre que es despreciado por sus compañeros de trabajo –nunca queda del todo claro el por qué- ve cómo todas las puertas de que se dispone en el círculo más próximo –amistades, vecinos, compañeros, familiares- se van cerrando sin posibilidad de dar vuelta al cerrojo: tal como si un animal fuera cercado para sacrificarlo, este hombre siente el filo de las navajas que le llegan por un lado y otro. Y los rostros de quienes hienden esas armas en su dolido cuerpo se le esfuman, apenas lo contempla un segundo y ya se deforman, y no es posible reconstruirlos. Sólo una mujer que le profesa una querencia imposible de clasificar, pero a la que él no le concede la más mínima mirada, se le acerca en todo momento de desaliento.
Luces al atardecer es un ejercicio en el que Kaurismäki se deja llevar, a ratos con una venda en los ojos y en otros con un paso atrabancado y los ojos casi saltados de tan abiertos, por todos los laberintos que en un momento propone la desventura y la fatalidad: el protagonista del filme, de escasas palabras, parece dar vida a aquella frase que Fuentes anotó en La región más transparente: “aquí nos tocó vivir” (y no hay nada qué hacer).

“Con la tarde / se cansaron los dos o tres colores del patio… / El patio es el declive / por el cual se derrama el cielo en la casa”
Jorge Luis Borges, “Un patio” en Fervor de Buenos Aires

(Anoche, en Casa Cortázar, fue presentado el libro de poemas Dríades, de María Cristina Preciado. “Hoy quiero celebrar con ustedes que están aquí, eso es lo más importante”, dijo la autora con emoción y con esa voz endeble que le caracteriza. Muchos rostros conocidos en el lugar.
Ahí se los dejo: el japonés Tsutomu Miyazaki, conocido como el “Monstruo de Saitama”, fue ejecutado el pasado martes –en la horca- en Japón por secuestrar, mutilar y asesinar a cuatro niñas de 4 a 7 años entre 1988 y 1989. Miyazaki fue detenido en julio de 1989; antes, en febrero de ese año, llegó a enviar a la familia de una de las menores una carta en la que les avisaba de su asesinato, y poco después les envió los restos de la pequeña.)

Imagen: www.arteamundo.com

lunes, 26 de mayo de 2008

De perro



Un hombre, ya viejo, que usa botas holandesas, chamarra de lana y con cuello alto, que mira cómo se van los días de la misma manera en que ve pasar autos y camiones por la carretera que tiene frente a sí, que hace reír a visitantes casuales al mover rítmicamente las orejas, que tiene un termo a la mano para beber mate mientras el día transcurre, que vive a orillas de la carretera con su hijo y su nuera, que por mucho tiempo atendió un pequeño restaurante que ahora atiende el hijo con el que vive, que tiempo atrás “reprobó” un examen de la vista… este hombre, ya viejo, un buen día decide, sin que su hijo y su nuera se enteren pues se oponen a tal acto, ir en busca de su perro, extraviado tiempo atrás. “No”, dice el viejo, “no se perdió, se fue”… y de eso hace ya más de tres años… La aventura supone recorrer más de 300 kilómetros, llegar al otro lado: en aquel lado le han dicho al viejo que vieron a su perro, a Malacara…

“… los árboles se abrazan como bosques de esqueletos en la lluvia. Un sueño naufragó”
Robbie Draco Rosa, “Penélope”

(El post de hoy tiene su propia, tiene raíz y un desenlace que contaré pronto.
Bebesito sigue extraviado en la bruma de los días.Ahí se los dejo: en una tienda naturista, en medio de remedios alternativos y productos vegetarianos, Gonzalo Soltero encontró un frasco con la siguiente leyenda: “Jarabe de ajolotes Serrano, producto alimenticio”. Y advierte Soltero: “Después de la primera cucharada podría sobrevenir una transmutación como la del ‘Axolotl’ de Julio Cortázar: quedar prisionero en el bote de plástico mientras un almizcle de batracio se adueña del propio cuerpo…”)

jueves, 22 de mayo de 2008

Schlomo está en todas partes


Cuando Schlomo, al final de la película El tren de la vida, declara, tras la alambrada que delimita un campo de concentración alemán, que todo lo relatado hasta ese momento, pudo tal vez suceder sólo en su imaginación, nos encontramos de pronto, detenidos y atentos, ante el filo de una encrucijada, más allá de la cual el director se frota las manos ante la cara perpleja del espectador; la disyuntiva se compone de una sucesión de hechos reales –dentro del espectro cinematográfico- que nada tienen de fantástica inventiva y la imaginación de un loco que vislumbró un futuro que en nada correspondía con el que los días le iban presentando. ¿Para dónde hacerse?

El consejo de ancianos del pueblo judío –o shtel- convoca a una urgente reunión tras el aviso de que las huestes alemanas ya se encuentran cerca: todos opinan, las voces van y vienen, se entrecruzan, hay disputas, se pasean de un lado a otro presas del nerviosismo, pero ninguna propuesta convence a los demás, no atinan a ponerse de acuerdo. Y de pronto llega la solución: así como el loco del pueblo trajo el aviso de la cercanía de los nazis alemanes, el mismo sujeto le da al clavo: recoger todo y un buen día autodeportarse. Más allá del análisis de los pros y los contras de lo dicho por Schlomo, ¿hasta dónde es viable la idea de un loco?

A partir de un contexto más que singular: Schlomo decidió ser el loco del pueblo porque ya tenían rabino, herrero, panadero, maestro, etcétera. Su destino estaba dado por la imposibilidad de ser otro, sin embargo sus destrezas y cualidades rebasaban tal condición que, en otras circunstancias, serían motivo de desprecio y alejamiento de los demás: Schlomo, sí, era el loco del pueblo, pero fue también él quien los condujo a la aventura de la libertad, no el rabino ni el cura ni el más dotado física o intelectualmente. O por lo menos a saberse no encerrados por un tiempo.

En alguna situación, cualquier día todos pasamos por locos, y en el fondo sabemos que no lo somos: el asunto es que nos permitimos, como se dice comúnmente, salirnos por la tangente.

“Digamos que no tiene comienzo el mar. / Empieza donde lo hallas por vez primera / y te sale al encuentro por todas partes”
José Emilio Pacheco, “Mar eterno”

(Por segunda ocasión me sucedió que me he visto obligado a abandonar la sala de cine a mitad de la película por un pequeño detalle: los dos filmes fueron rodados en su mayoría con cámaras al hombro, lo que provoca un movimiento ininterrumpido en la pantalla: siento que estoy trepado en un juego mecánico de ésos que dan vueltas infernales y parece que no van a detenerse.
Ahí se los dejo: “Asesinos con menos de 10 años”, así tituló ayer El País una noticia en su versión electrónica, en la que se relata que en Argentina dos hermanos de 7 y 9 años de edad habían asesinado a su hermanita de 2 años, estrangulándola con un cable de teléfono. ¿Inocencia interrumpida?)
Imagen: www.galeon.com

jueves, 15 de mayo de 2008

Un botón de muestra


Confieso, antes que otra cosa, que no soy fan de las películas de terror. Es más, incluso alguna vez declaré que ese género gozaba de una popularidad que no merecía. He juzgado esas escenas en que la pantalla se llena de regueros de sangre, de sujetos sin cabeza que asesinan sin compasión, de seres monstruosos por su físico o por sus acciones, de entes que más parecen un amasijo de desechos que creaciones hechas para infundir temor; como un cúmulo de personajes y acciones de mal gusto, desencajadas y bochornosas. He llegado al punto de mofarme de esos alaridos en sonsonete que descargan las actrices cuando el enemigo las persigue, se les aparece de pronto tras una puerta, en el reflejo de un espejo o lo avistan tras la ventana. Dinero malgastado he conluido, al fin, cuando se acude al cine a ver esas películas.
Todo esto viene a cuento porque anoche, al estar cambiando de canal en el televisor, di con un filme cuyo primer gancho fue que aparecía una mujer cuyo rostro reconocía, aunque no lograba ubicarla por completo. La clásica “la he visto en algún lado, pero no recuerdo dónde”.
Las primeras escenas que vi prometían una película de suspenso, de esas historias que no puedes dejar a la mitad, de ésas en que te estás preguntando todo el tiempo “¿qué va a pasar ahora?”, “¿a qué, todo esto?”. Y tras agarrarle el hilo a la trama, el espectador toma partida del bando del perseguido o el inocente que no sabe (el espectador sí, o cuando menos lo sospecha) que en aquella lúgubre casa, en aquel solitario parque, en aquel abandonado edificio, en aquellas oscuras calles, lo espera el espanto.
La película transcurría, y sin embargo no atinaba a ubicar a la actriz que, tras unos momentos, comprendí que llevaba el papel protagónico.
Contra natura, el filme me engarzó totalmente; no obstante que la sangre a borbotones sí salpicó más de una vez la pantalla, el filme tenía fuerza en el argumento, y la atmósfera y la música de algún modo sobrecogían; no pude dejar de verla hasta que acabó. El antagónico principal me hizo recordar al vampiro que es contratado para que personifique a Nosferatu en un filme del año 2000 donde actúan John Malkovich y Williem Dafoe, cuyo título recuerdo vagamente. Parecía una respetable calca de aquél.
Casi al final supe que la actriz era Franka Potente, la alemana que protagonizó hace algunos años el premiado filme Corra Lola, corre (Run Lola, run).
Por cierto, esta película que vi anoche se titulaba Creep (Tumba), sólo que aquí la rebautizaron como Laberinto de terror; supongo que porque la historia transcurre toda en las estaciones de los trenes subterráneos de Londres en el transcurso de una sola noche.

(Hace muchos días que no veo a Bebesito. Y ni siquiera se ve cercano el día en que pueda verlo.
Ahí se los dejo: el próximo martes se transmite el capítulo final de la segunda temporada de Prison break: la historia principal detonó otras tantas, secuelas cuyo fin contribuirá a delinear hacia dónde acabará la serie.)
Imagen: www.greencine.com/central/guide/vampires

lunes, 31 de marzo de 2008

Extraños a blanco y negro

Qué tan dramática puede resultar cierta situación en la que se ven involucrados dos extranjeros en el lugar que habitan, teniendo el mismo país de origen pero dos visiones parcialmente distintas de la existencia?
Uno: Si la vida es dejarla transcurrir sin más, convirtiendo la cotidianidad en un insonme estado vegetativo, entonces sólo se actúa movido por un catálogo de actos reflejos, no hay una pretensión que desvele un interés superior ni un cometido que procure salir de esa existencia endeble, cualquiera que sea el lado por el que se le quiera mirar.
Dos: Si la vida, en cambio, se le concibe como un espacio en el que se tiene que bregar día con día para allegarse otras posibilidades, aún cuando el lugar no sea el más idóneo o el indicado, entonces se inventan otros horizontes, se acuñan otras distancias, se mira con otros ojos lo cotidiano, y lo que se tiene que hacer importa por sí solo, no obstante la importancia que esos actos comunes -si se quiere, vulgares- comportan para el estadio pretendido.
En Extraños en el paraíso Jarmusch plantea estas dos perspectivas, tan disímiles y tan parecidas, tan cercanas y lejanas, tan de asco y de delicatessen. El transcurrir en las escenas, entrecortadas por fundidos en negro, da la sensación de una vida en episodios, como si la pausa fuera necesaria para repensar y repensarse, para repetir y repetirse, para acumular y entonces sí al avanzar abrir las manos y desplegar un vasto abanico de querencias y deseos.

(De Cirilo, todavía nada: su pretensión de perro vagabundo comienza a tomar forma. Tristeza, pesar, añoranza, y una desazón que ha comenzado a abarcar otros campos.
Las Chivas perdieron el invicto en el torneo local. El asunto no tiene que ver con eso, sino con aquello de que el futbol amenaza en convertirse en un bálsamo, de oasis por supuesto.
El sábado vi a los Cafetos en el Metropolitano: hace tiempo que no presenciaba un concierto: "Es una delicia ver tocar a esos tipos". La música, como bien dijo el vocalista en algún momento, es para soñar, sólo para soñar....)