martes, 1 de junio de 2010

Sobre el asfalto



Hace poco, en animada conversación con dos amigos en su casa, salieron a colación los personajes favoritos del cine. Personajes que de algún modo para cada uno se volvieron entrañables. Aparecieron en la plática numerosas películas e igual número de héroes, antihéroes, roles secundarios cuyos papeles fueron relevantes y dejaron alguna marca. M. (ella) se decantó, sobre todo, por personajes que tendían al máximo heroísmo, en tanto que D. (él) pinceló todos los atributos de los protagonistas de algunos filmes de Kurosawa, en particular Ikiru y Rashomon.
Cuando llegó mi turno el primero que vino a mi cabeza fue Mad Max, el espécimen abanderado de esa trilogía de filmes cuyo personaje principal encarnó una especie de mensajero no esperado. Mad no encuadra en la figura del héroe común, más aún, dista mucho de ese heroísmo embadurnado de causas nobles y acciones por demás aparatosas en pos de un reconocimiento general. En el fondo se trata de un hombre que pretende pasar desapercibido, y cuyo itinerario de vida carece de esa encomienda titánica de reivindicar a la humanidad ante una fuerza desproporcionada y maléfica: su mítica lucha, en primer lugar, según entiendo se centraba consigo mismo. Y de allí, lo que viniera.
Mad Max fue un personaje que ejerció una particular atracción a la que me resultó difícil sustraerme. Un viajero de la carretera que perdía su mirada en el desierto: la dejaba colgada en algún lado y luego, como si tal cosa, la quitaba de allí para colocarla en otro sitio, igual de perdido y desolado. Y ese decantamiento del personaje por la carretera constituyó el más fuerte de sus imanes: esas escenas en que aparece solitario, entre arenales, montado en su vehículo, diluyéndose en el asfalto, como si no hubiera otra cosa que el camino que se ve adelante, estoy seguro me arrastraron a su perpetua idolatría.
Y es que la carretera desde hace mucho tiempo resulta un camino que recorro siempre como si se tratara del mejor trayecto (aunque se dice que el trayecto más apreciable es el que nos trae de regreso a casa). A eso se debe con seguridad que Mad Max llegara a encumbrarse entre mis personajes cinematográficos favoritos. Había en esa personificación acentos que no era posible pasar por alto: el desenfado ante el devenir cotidiano, su desmedido interés por ir de un lado a otro, y, sobre todo, su desganada actitud al recorrer todo kilómetro que se le pusiera al frente, como si en algún sitio lo estuvieran esperando.

“Cuando venían las lluvias miraba los largos aguaceros / desde el ancho cajón de las ventanas. / Nunca huele a tierra tanto como esa tarde. / Se oye la lluvia primero en el aire venir como un gigante / que se demora, lento, se detiene y no llega, / y luego, están ahí sus pies sobre las hojas, tamborileando, / rápidos, mojando, / y lavando sus manos deprisa, tan deprisa, los árboles, / el césped, los arroyos, / los alambres, los techos, las canoas.”
Isaac Felipe Azofeifa, “Se oye venir la lluvia”

Imagen: horror-movies.ca

1 comentario:

Minerva Delgadillo dijo...

Tengo que admitir que su nombre me suena, pero no me es familiar; creo que yo era demasiado peque. Saludos con abrazos y besos, gracias por pasar a mi blog y comentar.