viernes, 4 de junio de 2010

Capuchino en entredicho


Una mujer, mientras yo leía un artículo de una revista en la computadora, conversaba –no, no conversaba; ¿peleaba?, ¿discutía?, ¿debatía?– con quienes atendían en la cafetería sobre el modo de hacer el capuchino. Los tres jóvenes detrás de la barra la miraban con un dejo de estupefacción que denotaba su sorpresa e incredulidad. Cuando puse atención a lo que decían alcancé a escuchar a la mujer: “es que yo tengo máquina en mi casa, y el capuchino no se hace de este modo, porque parece más un café con leche que un café concentrado”. Así de claro. Pensé: aquí cabe aquello de “se le alaba su honestidad, pero se le recrimina su falta de tacto”.
El artículo que leía se centraba en esa discusión –con visos de eterna a estas alturas– de si el libro perderá vigencia ante el avasallaje de las nuevas tecnologías y en algún futuro próximo se le llegará a considerar un objeto de museo, un artículo de colección. Pero por el modo de esgrimir sus argumentos, en ese justo instante toda mi atención –y tensión– se dirigió hacia la mujer, quien, no airada pero sí enérgica, les hacía ver a los dependientes que un capuchino preparado como Dios manda era un modo seguro de no perder clientela. Se ofreció, incluso, a pasar toda una tarde con ellos para transmitirles lo que de esa ciencia sabía.
El libro, según el artículo que leía, está destinado a ir a parar a almacenes empolvados, anaqueles terrosos, libreros entelarañados, rincones impenetrables, como si se tratara de echarle cerrojo a un animal que amenaza con acabar con la humanidad entera. Sí, por lo que pude colegir, se trataba de una visión más apegada a un Apocalipsis libresco que a una sesuda disertación sobre los tiempos actuales y la relación complicada entre la computadora y el libro impreso. Ante tal postura, objeté interiormente, no queda más que abrir un libro y comenzar a leer.
Volviendo a la escena en el mostrador de la cafetería, la conversación quedó zanjada cuando uno de los dependientes le dijo a la mujer, con todo el respeto del que fue capaz en ese momento, que con todo gusto la esperaban un día cualquiera de la semana, que sería bienvenida y sería atendida como se merecía. Ella ya no supo qué decir. Las palabras se le esfumaron. Por un momento pensé que el hombre que acompañaba a la mujer, quien esperaba sentado en una mesa contigua a la mía, se levantaría e iría por ella como un modo de recriminarle su impertinencia, o quizás se sumaría a la discusión como una forma de apoyar a su acompañante ante tamaño modo de preparar el café: no hizo una cosa ni otra, se limitó a mirar distraído el pasar de los autos en la avenida.

“El alba es un camino. / Por el alba se llega a la dulzura. / El aviso general de los gallos abre a la luz las puertas de la tierra. / El aire reparte una casta voz de campanas. / Un trino de pájaro rompe el cristal del cielo y riega / el silencio fresco de la madrugada. / El árbol duerme vuelto hacia sí mismo. / Tú, mi fiel compañía, dices / palabras irreales para salvar el sueño / que se aleja en el agua sutil de la noche. / Despierta tiritando en el vacío / un ángel retardado. / Un fantasma, una sombra, un soplo, nada. / Y amanece. / Vida, mi vida, al alba siempre.”
Isaac Felipe Azofeifa, “Al alba siempre”

Imagen: trotalunas.blogspot.com

1 comentario:

Minerva Delgadillo dijo...

Siento que yo soy esa señora, más de las veces que yo quisiera; a veces no puedo controlar mis impulsos y me pongo en situaciones como esas, ¡Chaz, qué drama existencial!