
Un hombre está empecinado en encontrar la isla desconocida. No tiene nada para lograrlo. Carece de un barco. Y cuando lo tiene, le hace falta la tripulación. No tiene brújula, ni mapa alguno; es más, no sabe cómo se dirige una embarcación. Sin embargo, a pesar de un sinnúmero de detractores y verdades de perogrullo que no puede desechar con facilidad –sin barco, sin tripulación, sin brújula, sin conocimiento del mar–, él quiere encontrar la isla desconocida, porque las islas conocidas ya no necesitan encontrarse.
El barco, para este hombre con visos de descubridor de islas desconocidas, constituye su punto de partida: a partir de su posesión se da a la tarea de encontrar la tripulación. Se topa, sin embargo, con marineros que son especialistas en encontrar –visitar– islas conocidas, mas de las otras no les apetece buscar, pues nadie está seguro de que existan, salvo este hombre salido de quién sabe dónde que pregona a uno y otro viento que él va a encontrar esa isla desconocida hasta ahora, que, por tal motivo, por ser desconocida, no figura en ningún mapa.
Encontrar una isla desconocida sería equiparable a un descubrimiento de altas magnitudes, puesto que lo conocido se puede encontrar, basta un poco de ingenio y un tanto de esfuerzo. Ya Silvio lo canta: “he preferido hablar de cosas imposibles, porque de lo posible se sabe demasiado”. Lo desconocido deja de ser tal cuando se le conoce: ese juego de velos y desvelos puede parecer nimio y, sin embargo, en el fondo, es del todo confuso.
De lo que habla Saramago en “El cuento de la isla desconocida”, además de tantas otras cosas, es de esa imposibilidad de escapar de lo que somos: el hombre que le pidió un barco al rey con la intención de encontrar la isla desconocida encarna esa especie de viajero titánico que sale a la caza de sus inquietudes apenas el sol le despunta en los ojos. Saramago, en este cuento que se lee de una sentada, enarbola la parábola del encuentro y el desencuentro, una constante en estos tiempos: el hombre quiere encontrar una isla –al final no se sabe si la encuentra–, y en su cometido se halla a sí mismo.
(José Saramago, “Cuento de la isla desconocida” –2009–, Alfaguara.)
“La sombra verde baja de los almendros y se instala / en el sillón de mi pereza. Como y bebo sin prisa, / duermo mucho y despierto despacio, entre gritos / de niños sin escuela y pájaros salvajes. / Y si quiero hacer algún esfuerzo, me abandono / en la hora más suave, al mar, o dibujo / algún sueño en la arena, / o escribo versos como éstos, casi un poema.”
Isaac Felipe Azofeifa, “Reposo a la sombra del almendro”
Imagen: sientemag.com
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