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miércoles, 28 de octubre de 2009

Oscuras vendimias


Por un momento pensé que la mujer que se acercaba seguiría de largo. Error. Su cara, sombría, carecía de matices. Se detuvo frente a mí. Era joven, casi diría que inmensa en kilos y sudores. Me ofreció dulces de jamaica, “con splenda”, que ella misma preparaba para ganarse unos pesos y mantener a sus hijos; eso fue lo que dijo mientras mostraba aquellas pequeñas bolas rojas que llevaba envueltas en papel celofán. Lo curioso de su perorata había sido lo de la splenda. Una sutil palanca de mercadotecnia ad hoc a los tiempos y la moda. Y lo mencionó con un tono tan seguro que evité soltar la carcajada frente a su cara. Es cierto que los caramelos no se veían antojables; sin embargo, su recia seguridad al ofrecer el producto la salvaba del bochorno. Al final dije “gracias, otro día”.
Al poco rato apareció el vendedor de cacahuates garapiñados, “hechos en casa, sin mucho aceite, pa’ cuidar la salud del cliente”. Los pequeños tubos llenos de minúsculas bolas, también en celofán, semejaban dos largos pedazos de madera, tan oscuros como un abismo. El hombre no era joven ni viejo, su aspecto era nebuloso. “Jefe, cómpreme aunque sea uno pa’ sacar pa’ la cena”. Llevaba una mochila a la espalda, llena de material, según dijo, “pésela, pa’ qué vea que no he vendido más que dos o tres”. No le compré nada. Dio vuelta y se perdió en las columnas de los portales. Un segundo después volvió aquel aroma dulzón del garapiñado.
Catedral, enfrente, era una mole, silenciosa, iluminada en el descampado nocturno. Del lado de la avenida surgió un niño con una caja de chicles. Su cara abombada lo hacía parecer fatigado. Llevaba una playera raída, descolorida, que le colgaba como bata de doctor. “Dos por diez” dijo con una sonrisa negruzca, débil. “Ándele” insistió el chamaco, que calzaba unos zapatos tan deslucidos como viejos. Un momento después se dio por vencido y siguió su camino. Al verlo marcharse, cabizbajo, pateando un vaso desechable, pensé que en la calle hay un sinfín de señales inequívocas de que este mundo ha equivocado por mucho su ruta.
La plaza lucía cada vez más sola. Había todavía algunos charcos desperdigados: la lluvia partió cuando oscurecía. La anciana se veía lejos: su figura endeble fue agrandándose cada vez. Ya cerca, observé que del brazo le colgaban rosarios y en las manos llevaba folletos; eran sobre el rezo del rosario, leí. Con voz pastosa, casi deletreada, dijo el precio de la mercancía: “más barato que en los templos”, fue su argumento primero. Su mirada se torcía. Sus manos huesudas temblaban. “Si no los lleva va a condenarse” fue su argumento segundo y último al ver mi desánimo ante su oferta. Me sentí atosigado, acorralado. La miré sin sentimiento alguno y me alejé rumbo al estacionamiento. Volví el rostro para verla y hundí sin querer el pie en un charco.

“Llorar a lágrima viva. / Llorar a chorros. / Llorar la digestión. / Llorar el sueño. / Llorar ante las puertas y los puertos. / Llorar de amabilidad y de amarillo. / Abrir las canillas, / las compuertas del llanto. / Empaparnos el alma, la camiseta. / Inundar las veredas y los paseos, / y salvarnos, a nado, de nuestro llanto….”
Oliverio Girondo, “Llorar a lágrima viva”

Imagen: variacionesgoldberg.blogspot.com

martes, 27 de octubre de 2009

La bestia de arcoiris


Es el caballo solitario de Acueducto. Como el mítico Llanero, pero éste es una bestia. Es enorme, de lejos. De cerca lo es más. Cuando lo vi por primera vez me fascinó: ni siquiera tiene las patas delanteras alzadas, pero su figura es geométricamente proverbial. A simple vista se comprueba que no se trató de un caballo que muriera en plena refriega: y, sin embargo, la polvareda que dejan sus cascos atraviesa el asfalto de la avenida, difumina el amplio camellón que la parte en dos, en tanto sus colores le dan un matiz despintado al sol: todo aquíabajo presenta un tono distinto al que en realidad tiene.
El caballo solitario está hecho de arcoiris. Al menos esa es la impresión. Lo supongo por su apariencia. Cuando se le tuvo cerca y la distancia se va abriendo entonces, milagrosas, le aparecen alas en los costados: lo curioso es que no emprende el vuelo, ni agita esas luminosas extremidades; se limita a flanquear, con una actitud de pegasso olvidadizo, el paso de los vehículos que lo rondan día y noche. Su mirada de mil colores la dirige hacia una parte de la ciudad que le devuelve un reflejo esperanzador.
Hubo un día en que desde una acera me le quedé mirando por largo rato. En el aire citadino flotaban palabras, vientos encontrados, y una brisa que soplaba de este a oeste. La corriente me trajo sus murmullos.Era por la tarde, ya en sus últimos minutos: mis ojos no lo abandonaron en ningún instante y no se movió ni un centímetro, no resopló ni trotó ni emprendió carrera alguna. Fue formidable ver su estatismo, detenido en la periferia del tiempo. Su quietud le viene de tiempo atrás, y es avasallante, demoledora. No mueve ni un músculo, ni abre el hocico para nada.
El caballo es el animal de las mil batallas: ha estado presente en numerosas guerras, en un sinfín de descubrimientos, en el acomodo de paisajes, y ha recorrido más leguas de tierra que cualquier otra especie que carezca de alas. El caballo no fue inventado, sino traído de un lugar remoto: su adaptación a este ambiente ha estado plagado de inconvenientes y tropezones: mas su trote es el adorno perfecto para su figura balanceada, rítmica. El caballo solitario, no obstante, nació aquí, es de por estos lares: la planicie de arcoiris que va de su nuca a la grupa así lo anuncia.

“Gracias por la ebriedad, / por la vagancia, / por el aire / la piel / las alamedas, / por el absurdo de hoy / y de mañana, / desazón / avidez / calma / alegría, / nostalgia / desamor / ceniza / llanto. / Gracias a lo que nace, / a lo que muere, / a las uñas / las alas / las hormigas, / los reflejos / el viento / la rompiente, / el olvido / los granos / la locura. / Muchas gracias gusano. / Gracias huevo. / Gracias fango, / sonido. / Gracias piedra. / Muchas gracias por todo. / Muchas gracias. / Oliverio Girondo, / agradecido”
Oliverio Girondo, “Gratitud”

miércoles, 7 de octubre de 2009

Sabores


El centro de Guanatos siempre sabe a café de la flor, a empanadas que se postergan al tiempo de cuaresma, a fuentes vistosas pero malolientes, a semáforos que siempre tardan en cambiar del rojo al verde, a un sol que llega a cuenta gotas, por entre rendijas y edificios, por entre ventanillas de camiones y toldos viejos y empolvados; sabe a ese olor peculiar y popular de las donitas, a campanadas y voces y gritos y murmullos y extraños silencios, a grupos de palomas que se empecinan en recorrer el suelo mientras los chamacos se esfuerzan en querer alcanzarlas antes de que emprendan el vuelo. En su ímpetu desbordado los niños quieren hacerles saber que su lugar está en el aire, no aquí, pecho a tierra; eso que nos lo dejen a nosotros.
En el centro es posible encontrar lo mejor y lo peor del mundo, por sus calles cerradas, abiertas, andadores y pasajes se aquilata todavía la moneda de la convivencia, del desconocimiento primigenio e incluso del extrañamiento radical: no hay sitio mejor para conocer a los paisanos que la calle, allí se les encuentra en su tinta, sin envoltorios, sin dobles poses o intereses encubiertos; por sus aceras y plazas transitan toda clase de personas que a ratos bien puede pensarse que se trata de una ciudad inventada y nunca plausible, aunque en esa distancia que se abre entre uno y otro tenga lugar el arraigo urbano, corra la savia cosmopolita.
Guanatos es su centro, ahí radica su signo identitario por antonomasia: el reconocimiento de sí mismo pasa por los adentros y por lo ajeno, por la revisión metódica de lo que se ha sido y deaquello que no sé es, e incluso de lo que se está convencido no se llegará a ser. Las señales más significativas de esa asimilación están enraizadas en el aire cercano, familiar, asequible que es posible respirar en el ambiente de Guanatos: si el emparentamiento del hombre con la ciudad no saca buenas cuentas después de ese encuentro la brújula indicará entonces un norte que no será posible ubicar en ningún material cartográfico que se consulte.
El centro de la ciudad es el punto de reunión, sobre el cual gira el universo metropolitano: todo confluye hacia él, y todo en él adquiere sentido, su fuerza de gravedad atrae hacia sí lo que pulula en los alrededores, lo que nace y se reproduce en las afueras de su circunferencia y que, sin embargo, sólo en su contacto adquiere verdadera vida. El centro ha llegado a convertirse en una tierra nuestra, en un “campo-nuestro”: donde únicamente se sobrevive merced a un mimetismo que llevea fundir para sí hasta el más leve latido.

“(…) Cuando voy a sentarme / advierto que mi cuerpo / se sienta en otro cuerpo que acaba de sentarse / adonde yo me siento. // Y en el preciso instante / de entrar en una casa, / descubro que ya estaba / antes de haber llegado. // Por eso es muy posible que no asista a mi entierro, / y que mientras me rieguen de lugares comunes / ya me encuentre en la tumba, / vestido de esqueleto, / bostezando los tópicos y los llantos fingidos”
Oliverio Girondo, “Dicotomía incruenta”

jueves, 27 de agosto de 2009

De urbes


No conozco muchas ciudades. La Ciudad de México, por ejemplo. Ni París. Tampoco he ido a Nueva York, Amsterdam o Bogotá. Sin embargo, puedo decir que he estado ahí. De algún modo las he recorrido, husmeado sus recovecos. O por lo menos se trata de una pretensión no del todo irrealizable. Elda siempre dice que no es necesario viajar para conocer lugares, y eso coincide con lo que afirmaba mi maestro de Geografía en la preparatoria: como mejor se conoce los sitios es a través de un mapa, no se requiere recorrerlos con los pies, viajar, moverse de un lado a otro. Eso es un asunto de cansancio e itinerarios que nunca se cumplen al pie de la letra.
Toda ciudad, transparente para los ojos citadinos, envuelve misterios a las miradas ajenas, signos que carecen de un develamiento si no media un estímulo emocional; los cuadros o escenas que se encuentran al paso en cada calle, en cambio, desentrañan rasgos identitarios que se erigen como nortes cuando se intenta comprender su dinámica y a sus habitantes: en los sucesos urbanos es donde mejor se puede conocer, con señales y detalles, aquello que delinea el universo todo de una ciudad que se visita con asiduidad no obstante vivir en su interior.
Una ciudad termina siendo un lugar al que nos habituamos, un sitio al que a menudo dejamos por un rato pero, pasado un tiempo o cumplido el cometido, retornamos con la querencia renovada: en esa mecánica de vueltas y partidas trocamos lo que hemos sido por un sueño que lleva signado en la frente la ilusión de lo venidero. Si en la ciudad cercana, propia, inteligible, familiar no hay lugar para una simbiosis inalterable, imbatible entre cada habitante y ella, no hay otro nexo que pueda religarlos al mundo. La pérdida, de ser así, es descomunal, irreparable casi.
Toda ciudad, ciega, torpe al avanzar, despliega sus tentáculos y atenaza lo que la rodea. Es un imán que con renovado vigor atrae hacia sí a quienes diariamente la ponen patas para arriba, no hay escapatoria. La ciudad, dicen, está hecha para recorrerse, para aspirar sus olores, para escudriñar sus rincones, para morirse en ella: esas largas estadías mirando una calle, detenido en el centro del tráfico del mundo, enclavado en una noche de ésas que se tragan todo, preso de ese viento que deambula en la alta noche constituyen los mejores asideros para no permanecer en ella muriendo estérilmente.

“Pañuelo del adiós, / camisa de la boda, / en el río, entre peces / jugando con las olas. / Como un recién nacido / bautizado, esta ropa / ostenta su blancura / total y milagrosa. / Mujeres de la espuma / y el ademán que limpia, / halladme un río hermoso / para lavar mis días”
Rosario Castellanos, “Lavanderas del Grijalva” en El rescate del mundo

miércoles, 12 de agosto de 2009

Pertenencias


Una ciudad es tan inescrutable como puede ser transparente a un mismo tiempo. Oscura. Blanca. Abrupta. Delicada. En esa capacidad dual se inscribe Guadalajara, esta ciudad de la que a veces renegamos y siempre echamos de menos. En su aire contaminado, aunque azul si se mira bien, flotan todos esos días en que reconocerla ha constituido un asidero ante tanto azoro, esperanza frente a tanto dolor imprevisto, bálsamo ante tanta euforia que salta en un momento inesperado. Y sin embargo es huidiza, asequible, cercana, emocionalmente remota.
Guanatos, a simple vista, puede parecer un amasijo de calles y edificios, un lugar cuyo crecimiento en los últimos años se ha vuelto incontrolable, disparado en las cuatro direcciones que lleva el viento. El reconocimiento de este sitio pasa por los lugares conocidos, por los lugares que día tras día se descubren, o se redescubren, por todas esas señales que la hacen distinguible y diferente de otras urbes. En sus rincones y sitios más visibles se halla contenida una identificación que corre por la sangre, que se lleva y se trae, que se guarda y se saca al sol con el menor pretexto: querencias, recuerdos, razones, dolores, añoranzas, silencios, palabras.
Más allá de ese escenario urbanístico que recorremos a diario y que presenta alteraciones superficiales mas no cambia sustancialmente, esta ciudad desempolva todos sus mecanismos de abrigo y nos da cabida pese a la avalancha que amenaza con deformarla para siempre: no importa cuántas veces salgamos y volvamos a ella, no importa cuánto discutamos acerca de su afeamiento o composturas necesarias, su sed por nosotros, o viceversa, no caduca ni pide requisitos de lealtad, va implícita en el carné de identidad: todo ello viene incluido al haber nacido aquí.
En Guadalajara, y perdonéseme si peco de localista y folclórico, inicia y termina el mundo: aquí vivo, aquí trabajo, aquí leo, aquí respiro, aquí nací, aquí sobrevivo, aquí camino, aquí conozco, aquí sé, aquí invento, aquí crecí, aquí descubro, aquí razono, aquí mis querencias, aquí mis (reducidos) amigos, aquí escribo, aquí oigo, aquí veo, aquí ayudo, aquí sufro, aquí muero poco a poco, aquí me elevo, aquí transformo, aquí sigo, aquí siento, aquí traslado, aquí guardo, aquí.... es aquí.

“Yo no voy a morir de enfermedad / ni de vejez, de angustia o de cansancio. / Voy a morir de amor, voy a entregarme / al más hondo regazo. / Yo no tendré vergüenza de estas manos vacías / ni de esta celda hermética que se llama Rosario. / En los labios del viento he de llamarme / árbol de muchos pájaros”
Rosario Castellanos, “Dos poemas –2” en De la vigilia estéril

miércoles, 8 de octubre de 2008

Más allá de la mitad del día


Las tardes en Guanatos son así: traen un sabor delicado, imposible de discenir a la primera, escurridizo para aquellos que son ajenos. Las tardes aquí son quietas, lánguidas, blandas “como alma de caracol”. Más allá de la mitad del día aquí ya no despuntan las luces, más bien se repliegan y arremeten ya cuando el silencio lo es todo: las tardes son, al fin, el principio de la noche, y ésta no es otra cosa que el cobijo de una tarde cuyos ecos han ido de un lugar a otro dejando tras de sí un tintineo inquieto, un aroma que hace hondura. Las tardes en Guanatos son así, insistentes, tercas, desde que las recuerdo así las identifico: aquí es preciso llevar a todos lados una disposición invencible para encontrarle la gama de colores con los que las tardes vienen untadas, colores discretos, que no hablan, se desviven en tenues murmuraciones. En Guanatos, esas tardes endebles, de relámpagos deslumbrantes, a menudo vienen con lluvia: ese vestido a veces ampuloso, ceñido otras tantas, que da la sensación de que la atmósfera adquiere un matiz de vaivén –en contadas tardes más bien-, por lo que se vuelve imperioso salir a la calle a atrapar esos miles de murmullos que se van elevando y dejan la tarde, la abandonan a su suerte, a su húmedo estatismo tantas veces meloso. Las tardes en Guanatos son así, siempre lo han sido, y me recuerdan, invariablemente, esa sensación fascinante que envuelve a las planicies amarillentas donde rebosa un viento apacible, melodioso, exquisito, que renueva todo lo que toca. Las tardes aquí, qué se le va a hacer, son así, y no de otro modo.

“Escuchar. Olvidar. Dos neblinas. / La espuma del sufrimiento / cala en el encaje náufrago / de mi silbido matinal. / Aquí están los sonidos / olvidadizos, las crepitaciones / que amarillean. / Una vez más, / todo será escuchar / u olvidar”
David Huerta, “Olvidar”

jueves, 8 de mayo de 2008

In extremis



En Guanatos todos los días miles de personas practican un deporte extremo: viajar en camión. Subirse a una unidad de transporte público supone ya una maniobra arriesgada: más de alguno ha ido a morder el polvo al trepar los escalones porque el chofer ha hundido el acelerador urgido por ganar pasaje, por jugar carreras con otra unidad de la misma ruta, por las deplorables condiciones del camión, por ir embebido con las rolas de la Ke Buena, o por alcanzar a la mujer que camina por la acera contoneándose en un ritmo mariposero y silbarle o lanzarle un piropo.
Transitar en automóvil también tiene sus asegunes: el tráfico vehicular es cada vez mayor, los automovolistas son cada vez más groseros y frenéticos frente al volante, los cajones de estacionamiento resultan insuficientes –esto se agudiza si consideramos que los espacios públicos ya no lo son más, pues ahora tienen dueños: los apartalugares, viene-viene o miembros de la cofradía de la santa cubeta–; un conocido cambió su auto por una moto y siempre que viaja lleva en la espalda esta leyenda “un auto menos”.
Una opción descabellada por todo lo anterior, es limitarse a ser peatón, pero Guanatos es una ciudad pensada para automóviles no para peatones. El peatón, frente a los automotores, no existe, es un ciudadano-gasparín: no se le cede el paso, se le arrincona en las aceras –que cada vez son usadas más como estacionamiento–, se le persigue; es, en suma, una presa puesta al mejor postor de toda la gama de bólidos que surcan nuestras calles.
Quizá podría recurrirse entonces a la bicicleta, pero este vehículo, en condiciones semejantes a la motocicleta, no comporta seguridad, y lo que es más, puede ser fácilmente blanco de una embestida de automóvil.
El asunto de la movilidad en la ciudad puede resolverse, de a poco, con la instrumentación de líneas del metro o tren ligero, en su defecto. Se trata de un sistema de transporte rápido, seguro, no contaminante, barato, y capaz de articular una urbe que se desparrama sin ton ni son.

“El puerto que sueño es sombrío y es pálido / y a este lado el paisaje está lleno de sol… / Pero en mi espíritu el sol de este día es un puerto sombrío / y las naves que zarpan del puerto son esos árboles al sol”
Fernando Pessoa, “Lluvia oblicua”

(“Un metro para Guadalajara” anda por la ciudad recabando firmas para llevar adelante un proyecto de transporte que nos urge.
“Hasta donde llega la corrupción y la compra de árbitros”: esta frase la dijo un amigo al enterarse del resultado de ayer de los azulcremas en Brasil. Buen resultado, por otro lado.
Ahí se los dejo: Cien mil muertos pudo haber dejado el ciclón que azotó Birmania en días pasados. Dicen algunos, al respecto, que uno de los jinetes del Apocalipsis se adelantó un poquito.)
Imagen: www.es.geocities.com