
Por un momento pensé que la mujer que se acercaba seguiría de largo. Error. Su cara, sombría, carecía de matices. Se detuvo frente a mí. Era joven, casi diría que inmensa en kilos y sudores. Me ofreció dulces de jamaica, “con splenda”, que ella misma preparaba para ganarse unos pesos y mantener a sus hijos; eso fue lo que dijo mientras mostraba aquellas pequeñas bolas rojas que llevaba envueltas en papel celofán. Lo curioso de su perorata había sido lo de la splenda. Una sutil palanca de mercadotecnia ad hoc a los tiempos y la moda. Y lo mencionó con un tono tan seguro que evité soltar la carcajada frente a su cara. Es cierto que los caramelos no se veían antojables; sin embargo, su recia seguridad al ofrecer el producto la salvaba del bochorno. Al final dije “gracias, otro día”.
Al poco rato apareció el vendedor de cacahuates garapiñados, “hechos en casa, sin mucho aceite, pa’ cuidar la salud del cliente”. Los pequeños tubos llenos de minúsculas bolas, también en celofán, semejaban dos largos pedazos de madera, tan oscuros como un abismo. El hombre no era joven ni viejo, su aspecto era nebuloso. “Jefe, cómpreme aunque sea uno pa’ sacar pa’ la cena”. Llevaba una mochila a la espalda, llena de material, según dijo, “pésela, pa’ qué vea que no he vendido más que dos o tres”. No le compré nada. Dio vuelta y se perdió en las columnas de los portales. Un segundo después volvió aquel aroma dulzón del garapiñado.
Catedral, enfrente, era una mole, silenciosa, iluminada en el descampado nocturno. Del lado de la avenida surgió un niño con una caja de chicles. Su cara abombada lo hacía parecer fatigado. Llevaba una playera raída, descolorida, que le colgaba como bata de doctor. “Dos por diez” dijo con una sonrisa negruzca, débil. “Ándele” insistió el chamaco, que calzaba unos zapatos tan deslucidos como viejos. Un momento después se dio por vencido y siguió su camino. Al verlo marcharse, cabizbajo, pateando un vaso desechable, pensé que en la calle hay un sinfín de señales inequívocas de que este mundo ha equivocado por mucho su ruta.
La plaza lucía cada vez más sola. Había todavía algunos charcos desperdigados: la lluvia partió cuando oscurecía. La anciana se veía lejos: su figura endeble fue agrandándose cada vez. Ya cerca, observé que del brazo le colgaban rosarios y en las manos llevaba folletos; eran sobre el rezo del rosario, leí. Con voz pastosa, casi deletreada, dijo el precio de la mercancía: “más barato que en los templos”, fue su argumento primero. Su mirada se torcía. Sus manos huesudas temblaban. “Si no los lleva va a condenarse” fue su argumento segundo y último al ver mi desánimo ante su oferta. Me sentí atosigado, acorralado. La miré sin sentimiento alguno y me alejé rumbo al estacionamiento. Volví el rostro para verla y hundí sin querer el pie en un charco.
“Llorar a lágrima viva. / Llorar a chorros. / Llorar la digestión. / Llorar el sueño. / Llorar ante las puertas y los puertos. / Llorar de amabilidad y de amarillo. / Abrir las canillas, / las compuertas del llanto. / Empaparnos el alma, la camiseta. / Inundar las veredas y los paseos, / y salvarnos, a nado, de nuestro llanto….”
Oliverio Girondo, “Llorar a lágrima viva”
Imagen: variacionesgoldberg.blogspot.com
Al poco rato apareció el vendedor de cacahuates garapiñados, “hechos en casa, sin mucho aceite, pa’ cuidar la salud del cliente”. Los pequeños tubos llenos de minúsculas bolas, también en celofán, semejaban dos largos pedazos de madera, tan oscuros como un abismo. El hombre no era joven ni viejo, su aspecto era nebuloso. “Jefe, cómpreme aunque sea uno pa’ sacar pa’ la cena”. Llevaba una mochila a la espalda, llena de material, según dijo, “pésela, pa’ qué vea que no he vendido más que dos o tres”. No le compré nada. Dio vuelta y se perdió en las columnas de los portales. Un segundo después volvió aquel aroma dulzón del garapiñado.
Catedral, enfrente, era una mole, silenciosa, iluminada en el descampado nocturno. Del lado de la avenida surgió un niño con una caja de chicles. Su cara abombada lo hacía parecer fatigado. Llevaba una playera raída, descolorida, que le colgaba como bata de doctor. “Dos por diez” dijo con una sonrisa negruzca, débil. “Ándele” insistió el chamaco, que calzaba unos zapatos tan deslucidos como viejos. Un momento después se dio por vencido y siguió su camino. Al verlo marcharse, cabizbajo, pateando un vaso desechable, pensé que en la calle hay un sinfín de señales inequívocas de que este mundo ha equivocado por mucho su ruta.
La plaza lucía cada vez más sola. Había todavía algunos charcos desperdigados: la lluvia partió cuando oscurecía. La anciana se veía lejos: su figura endeble fue agrandándose cada vez. Ya cerca, observé que del brazo le colgaban rosarios y en las manos llevaba folletos; eran sobre el rezo del rosario, leí. Con voz pastosa, casi deletreada, dijo el precio de la mercancía: “más barato que en los templos”, fue su argumento primero. Su mirada se torcía. Sus manos huesudas temblaban. “Si no los lleva va a condenarse” fue su argumento segundo y último al ver mi desánimo ante su oferta. Me sentí atosigado, acorralado. La miré sin sentimiento alguno y me alejé rumbo al estacionamiento. Volví el rostro para verla y hundí sin querer el pie en un charco.
“Llorar a lágrima viva. / Llorar a chorros. / Llorar la digestión. / Llorar el sueño. / Llorar ante las puertas y los puertos. / Llorar de amabilidad y de amarillo. / Abrir las canillas, / las compuertas del llanto. / Empaparnos el alma, la camiseta. / Inundar las veredas y los paseos, / y salvarnos, a nado, de nuestro llanto….”
Oliverio Girondo, “Llorar a lágrima viva”
Imagen: variacionesgoldberg.blogspot.com
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