martes, 20 de octubre de 2009

Retorno al mundo


Fui presa de un sonambulismo que me mantuvo alejado del mundo por varios días. Una enfermedad de moda me plantó cara y se inmiscuyó a mis adentros. La marcada debilidad que acusó mi cuerpo no dio para mucho: a lo más, de la cama de convaleciente al sillón de lectura, de ahí al televisor, al refrigerador y al baño. La ruta no tocaba más puntos que ésos. Si acaso entreabría la puerta y divisaba el balcón, y más allá los edificios, era sólo para convencerme de que el mundo seguía ahí afuera, como el dinosaurio monterrosiano.
Casi diez días estuve a la sombra. El encierro que padeció Ana Frank durante el holocausto, y del que me enteré cuando cursaba la secundaria, entonces adquirió un renovado significado: ella se limitaba a escuchar, con marcado entusiasmo, los ruidos que venían del exterior con el fin de descifrarlos, yo en cambio miraba el sol desde mi ventana, literalmente, queriendo encontrar alguna noticia luminosa. Es cierto, salí a ratos: por trámites inexcusables y medicamentos con sabor delicado, diluido –y es que, como tantas otras cosas, ya no los hacen como antes–. El cautiverio por momentos pareció infinito.
La fiebre, altísima, de dos noches consecutivas, me condujo al desierto. Descubrí que los espejismos no son un mito: están ahí, al alcance de los ojos, no de la mano. De esos calurosos arenales emprendí el regreso en la madrugada del tercer día. La planicie, a la vuelta de aquellos montículos arenosos, aparecía como un paisaje abrigador: no obstante que ninguna voz parecía venir de sus entrañas circulaba en el ambiente una melodía que fue calmando de a poco aquel torrente de estertores y calosfríos. Sin casi darme cuenta estaba ya en el umbral, de regreso, echando una vista atrás como quien mira y sabe que no desea más aquello.
Mi retorno al mundo no mereció un repique de campanas, tampoco que el tráfico vehicular en alguna conflictiva avenida se detuviera o que los cientos de automovilistas hicieran sonar sus cláxones por un minuto: lo agradezco sin embargo porque, como el recordado Sabines, tengo en gran valía esa indiferencia del mundo para con mi persona. En las periferias, en lo más alejado de los reflectores es que se respira con más hondura y pausa, donde los pasos no resuenan pero sí conducen al lugar deseado. A paso quedo.

“Hay que ingerir distancia, / lanudos nubarrones, / secas parvas de siesta, / arena sin historia, / llanura, / vizcacheras, / caminos con tropillas / de nubes, / de ladridos, / de briosa polvareda. / Hay que rumiar la yerba / que sazonan las vacas / con su orín, / y sus colas; / la tierra que se escapa / bajo los alambrados, / (….) Hay que agarrar la tierra, / calientita o helada, / y comerla / ¡comerla!”
Oliverio Girondo, “Dietética”

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