viernes, 23 de octubre de 2009

Inquilino (2)


Quise detenerlo. Fue más rápido. Si se mira bien no hay sorpresa en que escapase. Al fin es un pájaro. En ese intento de captura acabó estrellando sus alas en los barrotes. Pareció destantearse, perder impulso, irse en picada en un brevísimo segundo. Tras unos momentos realzó el vuelo. Y se perdió entre los viejos tinacos de cemento: ésos que hoy son los menos en ese cielo bajo de azoteas y tendederos, por el menor precio y mayor duración, dicen. Y que no son más que enormes botargas oscuras, destempladas, intrusas. Lo que no entiendo a estas alturas es por qué quise agarrarlo, y para colmo al vuelo.
Ahora pienso, respecto a su aparición, que quizás regresó de la muerte. O tal vez era otro. Se parecía mucho al anterior. Tal vez esa semejanza no sea una coincidencia, sino una señal que le permitiese entrar en aquel reducto de mi departamento. El pájaro volvió al nido. Lo vi allí arriba, mirando con desconfianza en derredor. ¿Es posible que haya retornado? ¿Que aquella imagen de su cabeza desmembrada, llevada en pedazos por un conglomerado de hormigas fuera una alucinación producto de no sé qué desvarío interno? Tan cerca lo tuve que no podría afirmar que se tratara de aquel, o de una segunda ave; lo que sí puedo decir es que allí había un pájaro, nítido.
La cuestión es que el nido hoy ya no está. Cayó al suelo y se hizo añicos. En el piso no había más que pequeñas ramas y basura. Ningún huevo. Ninguna señal que indicase que tal vez retornaría otra vez, a buscar lo olvidado, lo suyo, lo protegido durante mucho tiempo. Es curioso cómo se acomoda a cualquier escenario: un pájaro es como los árboles, si llueve ahí están, bajo el agua; si hace viento, ahí están, hallando el modo de esquivar las corrientes; si hace frío, ahí están, bajo ningún resguardo, en la noche helada, con ganas de acurrucarse; si tunde el sol, ahí están, casi mimetizados con el calor ondulante.
La otra noche se refugió donde había estado el nido, en el techo del bóiler, siempre con un dejo de desconfianza en la mirada. Al cabo se elevó, batió las alas y se perdió en esa nebulosa masa que a veces es la noche. Y desde esa ocasión lo he perdido de vista. Tal vez ya no lo veré más. No hay motivo para pensar lo contrario. El nido, la niña de sus ojos, desapareció; la quietud de la tarde y la noche en ese espacio ya no existe; y su posible pareja hace ya días que no vuela más, que emprendió la retirada batiendo no sólo las alas sino el cuerpo entero.

“Gracias aroma / azul, / fogata / encelo. / Gracias pelo / caballo / mandarino. / Gracias pudor / turquesa / embrujo / vela, / llamarada / quietud / azar / delirio. / Gracias a los racimos / a la tarde, / a la sed / al fervor / a las arrugas, / al silencio / a los senos / a la noche, / a la danza / a la lumbre / a la espesura. / Muchas gracias al humo / a los microbios, / al despertar / al cuerno / a la belleza, / a la esponja / a la duda / a la semilla / a la sangre / a los toros / a la siesta….”
Oliverio Girondo, “Gratitud”

Imagen: http://www.spanisharts.com/ (“Los pájaros muertos” de Pablo Picasso)

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