
“Tengo un poema escrito más de mil veces, en él repito siempre que mientras alguien, proponga muerte, sobre esta tierra….”. Esto recuerdo de la primera canción –“Sobreviviendo”– que escuché de doña Mercedes Sosa en el sabatino programa radiofónico “El Tintero” (de Radio UdeG) hace ya algunos años. Por esos días comenzaba a descubrir otro tipo de música, ésa que en sus letras están contenidas historias, narraciones, fábulas, cuentos que, música de por medio, son contados como si se le abriera la llave a cualquier conversación.
La voz de ronca de esa mujer tucumana, volviendo a doña Mercedes, tenía la gracia de salirse del corsé de toda bocina, de dispararse como el sonido atronador de la tambora, estruendo vivo y puro; su hermosa voz papaloteaba por encima del canon más riguroso para una cantante femenina: ella se encargó de romper todos los moldes, y de rehacerlos según su tesitura y posibilidades. Doña Mercedes partió la historia en dos: antes de ella sólo había caos, tras su paso quedó una estela que por más empeño se ponga nadie podrá diluir o velar.
La Negra la llamaban. La Negra de los desheredados. La Negra del sur latinoamericano. La Negra de las voces rompe vientos. La Negra del poncho y el cabello lacio. La Negra que probó suerte en un programa de aficionados y pisó los escenarios musicales más encumbrados del orbe. La Negra que elevó la voz por los mudos y sordos y desoídos sin importar si el viento soplaba a favor o si le azotaba el cuerpo. La Negra de la provincia de Tucumán. La Negra que cantó con Gieco, con Silvio, con Páez, con Charly; que miró en el horizonte a Violeta. La Negra. La Negra…. que pasó hace pocos días de este mundo.
Doña Mercedes, lejos de un sentimentalismo ramplón y siempre deudor, fue una señora inmensa, un océano rompiente y desbordado. Su figura delataba la presencia de una mujer que más que una potente voz tenía dos manos y un corazón para compartir. Su canto y coherencia de vida por los más desprotegidos de su país –y de esta gran patria llamada América Latina– es el más grande legado de La Negra. La Negra de ese país argentino pero que, por derecho propio, por su canto invencible nos pertenece a todos.
“Me parece que vivo / que estoy entre los ruidos / que miro las paredes, / que estas manos son mías, / pero quizás me engañe / y paredes y manos / sólo sean recuerdos / de una vida pasada. / He dicho ‘me parece’ / yo no aseguro nada.”
Oliverio Girondo, “Escrúpulo”
La voz de ronca de esa mujer tucumana, volviendo a doña Mercedes, tenía la gracia de salirse del corsé de toda bocina, de dispararse como el sonido atronador de la tambora, estruendo vivo y puro; su hermosa voz papaloteaba por encima del canon más riguroso para una cantante femenina: ella se encargó de romper todos los moldes, y de rehacerlos según su tesitura y posibilidades. Doña Mercedes partió la historia en dos: antes de ella sólo había caos, tras su paso quedó una estela que por más empeño se ponga nadie podrá diluir o velar.
La Negra la llamaban. La Negra de los desheredados. La Negra del sur latinoamericano. La Negra de las voces rompe vientos. La Negra del poncho y el cabello lacio. La Negra que probó suerte en un programa de aficionados y pisó los escenarios musicales más encumbrados del orbe. La Negra que elevó la voz por los mudos y sordos y desoídos sin importar si el viento soplaba a favor o si le azotaba el cuerpo. La Negra de la provincia de Tucumán. La Negra que cantó con Gieco, con Silvio, con Páez, con Charly; que miró en el horizonte a Violeta. La Negra. La Negra…. que pasó hace pocos días de este mundo.
Doña Mercedes, lejos de un sentimentalismo ramplón y siempre deudor, fue una señora inmensa, un océano rompiente y desbordado. Su figura delataba la presencia de una mujer que más que una potente voz tenía dos manos y un corazón para compartir. Su canto y coherencia de vida por los más desprotegidos de su país –y de esta gran patria llamada América Latina– es el más grande legado de La Negra. La Negra de ese país argentino pero que, por derecho propio, por su canto invencible nos pertenece a todos.
“Me parece que vivo / que estoy entre los ruidos / que miro las paredes, / que estas manos son mías, / pero quizás me engañe / y paredes y manos / sólo sean recuerdos / de una vida pasada. / He dicho ‘me parece’ / yo no aseguro nada.”
Oliverio Girondo, “Escrúpulo”
Imagen: folklore-raiz.blogspot.com
No hay comentarios:
Publicar un comentario