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sábado, 3 de abril de 2010

Palabrería


Las palabras son a menudo el único puente que nos pone en contacto con las cosas, pero sobre todo constituyen un vigoroso vínculo entre persona y persona. Nada se construye si no es con palabras: éstas son el engrudo, el pegoste primigenio. Las palabras brotan en un momento dado y enseguida se erige una nueva torre de Babel: en ocasiones son dichas para amalgamar visiones, para poner alto a un atropello, para pacificar posturas, para alentar, confesar, dictar, querer; en suma, para vivir. Es tan importante la palabra que la vida misma se empeña en lo que se dice.
Claudio, en La borra del café de Benedetti visita de vez en cuando a Mateo, un amigo de su barrio, ciego pero buen conversador. De hecho con nadie platica mejor que con él, ni siquiera con la palomilla con la que vive un sinfín de aventuras durante toda su infancia y adolescencia: que se precian de ser sus mejores amigos. Mateo, extrañamente, no necesita ver a Claudio cuando ya sabe que éste está ante su presencia: entonces las palabras los conectan, de algún modo los acercan, los van haciendo cada vez entrañables amigos. Pasados los años, siendo ya los dos adultos, no precisan ya de palabras para saberse ciertos uno en el otro, y de regreso.
Las palabras, o la ausencia de palabras también, definen el perfil de una relación, sea cual sea el tipo. Rosario Castellanos inicia el cuento “Las amistades efímeras” (contenido en Los convidados de agosto) del siguiente modo: “La mejor amiga de mi adolescencia era casi muda, lo que hizo posible nuestra intimidad”. En un, más que fluida conversación, monólogo ininterrumpido la protagonista da la tesitura de su relación amistosa con otra mujer: que ella hable y la otra calle es el estado perfecto para llevarse bien. Ningún tropiezo entre ellas, como puede verse, ha de fraguarse con las palabras dichas.
Más adelante agrega Castellanos: “No tenía la menor idea de lo que era ni de lo que iba a ser y me urgía organizarme y formularme, antes que con actos, por medio de las palabras”. Al fin, las palabras, antes que otra cosa, y mejor que un salvavidas, funcionan como motor de derroteros, de alcances y trayectos. En la argamasa palabrera radica, para ella, la brújula que la llevará a determinar los sueños a futuro, las decisiones próximas. Si las palabras poseen tales atributos, por qué entonces hay quien no les atribuye ninguna importancia. Será, tal vez, porque creen más en esa sentencia de que “a las palabras se las lleva el viento”; lo que desconocen es que, después, el mismo viento las devuelve.

“Es el viento que se remonta despertando más allá de nosotros, / en la paciencia inconstante de las noches. / Ahora, vuelvo a recibir tu aliento. / (….) Es el aliento que entibiará los mismos lugares / cuando abracemos la tierra que ahora nos sostiene; que a través de otras noches, de otros años, / llegará hasta nuestros siguientes cuerpos, / persistirá en nuestras siguientes vidas, / amándote con esta caricia, con esta piel que no seré yo, / besando otra vez tus ojos, tus manos, / el tibio cuerpo que no serás tú.”
Carlos Montemayor, “3” en Las armas del viento (1977)
Imagen: elespejoimposible.files.wordpress.com

martes, 10 de noviembre de 2009

Para vivir


En tiempos de crisis hasta las palabras faltan. Es curioso, como un modo de paliar la escasez, cómo se van elucubrando las cosas que han de decirse, echando mano de toda clase de recursos, menos de un buen decir: una mujer jovencísima, con una cara pintada en estilo arte abstracto, peleaba con la cajera de una farmacia de ésas que hay multiplicadas como vendedores ambulantes en las afueras de los templos. La chica alegaba que aquel paquete de toallas femeninas no lo había abierto ella, que así estaba ya cuando lo tomó del estante. La cajera, con unos ojos iracundos y rabiosos, le dijo categórica: “pues si no las paga, le van a hacer falta en los baños del reclusorio femenil, tonta cleptómana”. El signo de interrogación que se le cruzó por el rostro a la otra fue tan descomunal que, cabizbaja, acabó por pagar aquel producto. La cajera la vio salir por una de las puertas y respiró hondo, aliviada, vencedora.
El lenguaje en ocasiones puede convertirse en un arma a la que no es posible eludir, máxime cuando se vuelve contra uno mismo. Enfrascado en una discusión, un tipo creyó dotar a su perorata de una elegancia inestimable cuando, como una rápida respuesta ante los ataques de su interlocutor, vociferó: “es mejor ignorar a los ignorantes, aunque a veces no sepan de su ignorancia hasta que alguien los ignora”. ¿Cómo fue que dijo? ¿Dónde me perdí? En ese instante fue tan engorroso su argumento que me aventuro a pensar que el mismo Cantinflas hubiese pedido una explicación ante tamaña declaración. Burda manera de presumir el inventario de palabras.
“Fíjate de que….” es la frase más recurrente de un compañero de oficina. ¿Cómo siguió tu esposa del malestar de la otra noche?, le pregunta alguien. “Fíjate de que….” responde. La cuestión es que invariablemente comienza sus conversaciones con esas tres palabras “fíjate de que….”. Las muletillas son una piedra en el zapato de mucha gente (me cuento entre ellos): no se puede articular algún discurso, soliloquio o diálogo cualquiera si antes no se dan vueltas y vueltas por las muletillas, reconociéndolas: se trata de una especie de abrevadero ineludible para después emprender la marcha por otros senderos, donde las palabras desconocidas asoman pero no toman parte en el trayecto.
Hubo quien, en una ocasión, me dijo que las palabras no servían más que para enredar las cosas. Lo negué. Me gusta imaginar, por ejemplo, que Sabines apelaba a las palabras para describir su cotidianidad: en ella enclavaba su espíritu y su esperanza, y precisaba de las palabras para salvar las horas, para ir de la mañana a la noche, y para atravesar ésta ileso, tumbado en una hamaca en el corredor de su casa; se sabía del otro lado cuando el sol se colgaba por entre las ramas que le llevaban su luz a pedazos. Las palabras no son alebrijes ni inventos ni antigüedades ni estorbos: son la materia viva indispensable para no morir en el intento de vivir. Y para muestra, ahí está el poeta chiapaneco hijo del Mayor Sabines.

“Quién hubiera creído que se hallaba / sola en el aire, oculta, / tu mirada. / Quién hubiera creído esa terrible / ocasión de nacer puesta al alcance / de mi suerte y mis ojos, / y que tú y yo iríamos, despojados / de todo bien, de todo mal, de todo, / a aherrojarnos en el mismo silencio, a inclinarnos sobre la misma fuente / para vernos y vernos / mutuamente espiados en el fondo, / temblando desde el agua, / descubriendo, pretendiendo alcanzar / quién eras tú detrás de esa cortina, / quién era yo detrás de mí”
Mario Benedetti, “Asunción de ti” -1-

Imagen: javcasta.wordpress.com

viernes, 23 de octubre de 2009

Inquilino (2)


Quise detenerlo. Fue más rápido. Si se mira bien no hay sorpresa en que escapase. Al fin es un pájaro. En ese intento de captura acabó estrellando sus alas en los barrotes. Pareció destantearse, perder impulso, irse en picada en un brevísimo segundo. Tras unos momentos realzó el vuelo. Y se perdió entre los viejos tinacos de cemento: ésos que hoy son los menos en ese cielo bajo de azoteas y tendederos, por el menor precio y mayor duración, dicen. Y que no son más que enormes botargas oscuras, destempladas, intrusas. Lo que no entiendo a estas alturas es por qué quise agarrarlo, y para colmo al vuelo.
Ahora pienso, respecto a su aparición, que quizás regresó de la muerte. O tal vez era otro. Se parecía mucho al anterior. Tal vez esa semejanza no sea una coincidencia, sino una señal que le permitiese entrar en aquel reducto de mi departamento. El pájaro volvió al nido. Lo vi allí arriba, mirando con desconfianza en derredor. ¿Es posible que haya retornado? ¿Que aquella imagen de su cabeza desmembrada, llevada en pedazos por un conglomerado de hormigas fuera una alucinación producto de no sé qué desvarío interno? Tan cerca lo tuve que no podría afirmar que se tratara de aquel, o de una segunda ave; lo que sí puedo decir es que allí había un pájaro, nítido.
La cuestión es que el nido hoy ya no está. Cayó al suelo y se hizo añicos. En el piso no había más que pequeñas ramas y basura. Ningún huevo. Ninguna señal que indicase que tal vez retornaría otra vez, a buscar lo olvidado, lo suyo, lo protegido durante mucho tiempo. Es curioso cómo se acomoda a cualquier escenario: un pájaro es como los árboles, si llueve ahí están, bajo el agua; si hace viento, ahí están, hallando el modo de esquivar las corrientes; si hace frío, ahí están, bajo ningún resguardo, en la noche helada, con ganas de acurrucarse; si tunde el sol, ahí están, casi mimetizados con el calor ondulante.
La otra noche se refugió donde había estado el nido, en el techo del bóiler, siempre con un dejo de desconfianza en la mirada. Al cabo se elevó, batió las alas y se perdió en esa nebulosa masa que a veces es la noche. Y desde esa ocasión lo he perdido de vista. Tal vez ya no lo veré más. No hay motivo para pensar lo contrario. El nido, la niña de sus ojos, desapareció; la quietud de la tarde y la noche en ese espacio ya no existe; y su posible pareja hace ya días que no vuela más, que emprendió la retirada batiendo no sólo las alas sino el cuerpo entero.

“Gracias aroma / azul, / fogata / encelo. / Gracias pelo / caballo / mandarino. / Gracias pudor / turquesa / embrujo / vela, / llamarada / quietud / azar / delirio. / Gracias a los racimos / a la tarde, / a la sed / al fervor / a las arrugas, / al silencio / a los senos / a la noche, / a la danza / a la lumbre / a la espesura. / Muchas gracias al humo / a los microbios, / al despertar / al cuerno / a la belleza, / a la esponja / a la duda / a la semilla / a la sangre / a los toros / a la siesta….”
Oliverio Girondo, “Gratitud”

Imagen: http://www.spanisharts.com/ (“Los pájaros muertos” de Pablo Picasso)

jueves, 17 de septiembre de 2009

Inquilino


Recién me había convencido de que no podía estar en otro lugar mejor. En los primeros días no dejaba de preguntarme cómo es que había ido a parar al patio. En realidad, el proceder de un pájaro no es una cuestión de la que se sepa mucho. Incluso, encontrar información al respecto resulta una tarea con aires titánicos. Un pájaro entre miles había venido a montar su nido en el bóiler de mi departamento. En la parte superior: justo debajo del techo. Su presencia había pasado de ser inquietante a saberlo como una sensación cálida, cercana.
A menudo, cuando asomaba al patio por alguna cuestión trivial, estaba allí: señorial en su nido, mirándome de reojo, con una actitud inquisitiva, casi podría decirse que de temor. Un pájaro que no se tiene en una jaula no puede considerarse una mascota propiamente, sin embargo, la presencia de éste, dueño ya de mi reducido patio, no dejaba de producirme un extraño sentido de pertenencia. Únicamente nos pertenece, se dice, aquello que está ligado a nosotros por medio de la querencia. Y había empezado a considerarlo.
Volar es un misterio. Una imposibilidad humana. Una remota certeza. Mi inquilino sabía hacerlo, y con tal desparpajo que me dejaba atónito cuando desde la ventana de uno de los cuartos lo miraba perderse en aquel mundo de tinacos y nubes bajas. Sin titubeo alguno se asomaba al precipicio y emprendía un peregrinaje que culminaba, las más de las veces, con un regreso trayendo algo en el pico: una pequeña rama, un pedazo de hoja, incluso restos de comida. Volar es, también, un medio para aprehender la vida y alimentarse de ella.
El mejor lugar del mundo para ese pájaro, de un modo extraño, había sido mi departamento. Lo eligió siguiendo quién sabe qué corazonada. El asunto es que en un día de esta semana salí al patio y no lo vi en su nido. Pensé que en un rato más volvería. Pasado algún tiempo regresé. No estaba. En el momento de dejar el patio con un movimiento brusco del pie tiré un trapeador: en el suelo estaba el pájaro. Llevaba ya días muerto. Su cabeza había desaparecido: una columna de hormigas cuyo rastro se perdía en la ventana del patio del departamento contiguo la llevaba en minúsculos pedazos. El nido sigue ahí, encima del bóiler, a medio hacer.

“¿Y quién entre las sombras de una calle desierta, / en el muro, lívido espejo de soledad, / no se ha visto pasar o venir a su encuentro / y no ha sentido miedo, angustia, duda mortal? / El miedo de no ser sino un cuerpo vacío / que alguien, yo mismo o cualquier otro, puede ocupar, / y la angustia de verse fuera de sí, viviendo, / y la duda de ser o no ser realidad”
Xavier Villaurrutia, “Nocturno miedo” en Nostalgia de la muerte

Imagen: wnfeliz.wordpress.com

miércoles, 29 de julio de 2009

Fragmentos


El paisaje cercano que rodea el edificio donde vivo es de un tremendo desaliño, como todo lo que suena a periferia. En él se puede encontrar un conglomerado de construcciones que funcionan más como anclajes de la cotidianidad que como incentivos para la desmesura: su simplicidad no radica en sus fachadas desgastadas, cúpulas horrorosas, calles bien cuadriculadas, o ese ejército de tinacos que van del claro al negro sin mediar otra tonalidad. Y en ese paisaje, no obstante, supongo que se esconde un misterio: escudriñarlo por un largo tiempo no supe el develamiento de que lo que allí se oculta. Y ni el paso del tiempo otorga el indulto.
Todo paisaje es un atributo de la geografía, un rincón del mundo que siempre está quieto: su estatismo, sin embargo, no implica que aguarde que sobrevenga algún acontecimiento que lo altere de algún modo; la espera no le preocupa ni le ocupa. El paisaje nunca cambia. Lo que de pronto sufre una transformación tiene que ver más con la mirada de quien lo contempla que con una mutación que surja de su interior: son tan minúsculas sus variaciones que no se les considera como tales.
El paisaje, dicen, es un pedazo de una amplia fotografía que a ningunos ojos es dable poder abarcar: en los paisajes, sin quererlo, guardamos cosas, sentimientos, urgencias, pesares; y en ese sentido “el mismo paisaje” (un fragmento, quiero decir) no dice lo mismo para todos: “el paisaje que mira José es mucho más rico que el que vemos nosotros: está más lleno de nombres y ausencias”, escribió Antonio Muñoz Molina.
Si como dice este escritor, “(un paisaje) es el paraíso detenido en el tiempo”, el paisaje más querido, el mayormente recordado, al que más veces recurrimos es el que se relaciona directamente con el modo en que miramos el mundo, con el tipo de vida que llevamos: todo paisaje, urbano, deslumbrante, borroso, lejano, construido, esperado, imprevisto, e incluso el nunca visto tiene la potestad de ser más largo que la propia vida: en su infinitud inicia y termina el mundo.

(Muñoz Molina en “El viaje en la arena”, crónica publicada apenas el sábado pasado en Babelia.)

“Casi me alegra la insolencia con que te instalas en mi corazón / y desvías la brújula del pensamiento / hacia los parajes que frecuentabas / tú / que eras secreta como una almendra / Ahora te atravieso como a una plaza sin sombras / Te adivino como a una moneda que ofrece cara y cruz al mismo tiempo / Te leo como a un libro que pudiera abrirse en todas sus páginas a la vez / Y creo que corriges / ay / tan a posteriori / nuestros malos recuerdos”
Ulalume González de León, “Muerta” en Descripciones

miércoles, 22 de julio de 2009

Luna lunera


La luna, desde que recuerdo, ha estado allí, colgada de la nada, como un horizonte que por más intentos de acercamiento sigue distante y, al mismo tiempo, tan cercana como el primer día. Pretender alcanzarla con tan sólo estirar el brazo se convirtió, con el paso del tiempo, en un fracaso menor: al principio, su lejanía implicaba la no realización de un sueño; ahora no pasa de ser una certeza sensible aunque tremenda e implacable.
Sabines escribió que “la luna se podía tomar a cucharadas, o como una cápsula cada dos horas”. No obstante la distancia descomunal entre la luna y nosotros, la familiaridad que se circunscribe en nuestra cotidianidad con respecto a ese satélite natural ha llegado a un estado parecido al paroxismo: la exaltación en el afecto por su blancura y redondez ha marcado una relación tan inexistente como extrema.
Hay quien afirma que la luna es buena para la escucha de tragedias, soledades, desatinos y cuanta desmesura se le pueda ocurrir a alguien. El secreto mejor guardado, dice más de uno, es aquel que se le cuenta a la luna. La distancia mayor y, por consiguiente, la menos probable en salvar es la que se abre de aquí a la luna: en esa dimensión puede tener cabida toda clase de acontecimientos o, por el contrario, no suceder gran cosa. Allí hay guardadas asimismo tantas cosas olvidadas de la infancia, tantas calles, tantas vidas, tantos dolores.
“Anda en la luna”, por otro lado, es una frase que se le atribuye a quien muestra una actitud ausente, desinteresada e informe ante toda manifestación que de algún modo le atañe. Andar en la luna, sin embargo, podría considerarse también una delicada manera de salirse del mundo sin poner siquiera un pie fuera de él. Andar en la luna es, con todo, andar con uno mismo: la vuelta a la tierra tiene lugar, entonces, cuando se deja de estar en esa anchura que hay entre nosotros y la luna lunera.
(A propósito del aniversario celebrado en esta semana acerca del acontecimiento lunar de hace 40 años.)

“Hay sumideros que se tragan al tiempo / Momentos sin imágenes que el ojo vive sin parpadear / y de los que nada queda ni en las retinas ni en la memoria / Y habrá que probar después que allí estaba mi ventana al mundo / la vehemente bugambilia / el muro con su crónica en clave de humedades / la historia más difícil más amada / el dolor y todas las cataplasmas / los libros terminados perdidos para siempre….”
Ulalume González de León, “Fascinación de la ausencia de tiempo” en Comentarios

viernes, 10 de julio de 2009

De chismes y otros gritos


Dicen que el pregón en el barrio fue el antecedente más cercano del chisme, esa especie de voz pública que recorre rostros y rebasa días dejando marcas indelebles: ambos cumplen una función comunicativa que, de algún modo extraño, ensancha el acontecer en los alrededores. Y no sólo eso: ya nada es igual después del chisme. Todo muta y presenta un horizonte distinto: descifrar esos signos implica enterarse, sin ninguna pretensión, acerca de lo que el chisme ha llevado al otro lado del mundo, o quizá de la calle.
Dicen, también, que “los chismes prefiguran una gran batalla”. Y es que más allá de su cometido primero, los chismes son auténticos, grandes duelos a muerte: lo épico le guarda un reducto especial a este pasajero que igual viaja despacio, lento que a una velocidad incontrolable. Numerosas de esas peleas, lo aventuro únicamente, se habrán dirimido tras un vaivén verbal: la saliva, en esas lides, juega un papel protagónico, puesto que no de en balde se afirma que “quien tiene más saliva traga más pinole”. Quien dice más palabras es que tenía mejor preparada la estrategia.
La disputa, sin embargo, no se da sin un cometido particular; no hay chisme ni duelo a muerte que no busque la disolución de algo concreto: los vericuetos y canales que recorre el chisme para alcanzar su clímax, tras el cual no desaparecerá sino que expandirá sus redes, conducen, como antaño todos los caminos llevaban a Roma, al sitio de su origen: en esa vuelta a sus primeras voces busca legitimar lo que dejó en el otro extremo: lo dicho y comunicado no podrá ser ya deshecho, desmentido ni se verá disminuido en lo más mínimo.
De las cualidades de los chismes, a estas alturas, todos están enterados, de sus alcances, sin embargo, pocos saben, o quizá nadie, qué esferas o vidas puede llegar a romper, descuartizar, aniquilar: la vorágine que lleva en su interior sólo es comparable con aquel ímpetu que muestra quien arremete contra esos molinos de viento que pueblan la memoria de todos los que, alguna vez, han jugado a decir al oído algunas palabras que tras compartirse se convierten en una aseveración, no comprobada ni probada por nadie en ningún tiempo.

“Mis juguetes volvieron con la tarde, / culpa de un quejido en la escalera / (su madera nostálgica y podrida), / o de aquella bombilla que no prende. / Fantasmas certeros / me desnudan de tiempo. / Pequeños tranvías / recorren mis arterias en silencio. / Párpados de metal multiplicado / esconden las ventanas / de tal suerte / que bien podría la ciudad / haberse sumergido”
Carmen Villoro, “En sepia” en Que no se vaya el viento

Imagen: farceck1.wordpress.com

viernes, 26 de junio de 2009

"Resudor copioso"


Las lluvias vinieron ya para quedarse, al menos por un tiempo. La ciudad, de un día para otro prácticamente, presenta un rostro distinto, renovado, ha guardado en algún rincón su gesto deslucido. Las venas de las calles se apuran a destaponarse, pues las nuevas cosas que trae el agua necesitan ser llevadas por todos los resquicios de una metrópoli que ya se había acostumbrado a su respirar polvoriento.
Quien piense que los tiempos de lluvia complican la vida cotidiana se debe a que, a veces, los días lluviosos, por su incesante martilleo prolongado, llegan a irritar a más de alguno: el alivio para tales aflicciones tiene que ver con aquello que sostenía Rulfo en Pedro Páramo: “puede tronar el cielo, puede venir la lluvia, puede llegar la primavera”. La lluvia es la antesala de otro tiempo que no puede considerarse ligado al anterior; es decir, tras las lluvias sobrevendrá un tiempo de quietud: las siguientes horas, largas y delicadas, traerán un sabor a lluvia ida, a una lluvia desaparecida sin remedio.
Y como cada año, vuelve el mismo rito, la misma sensación, el mismo proceder ante el despedazamiento del cielo: todo mundo corre en todas direcciones buscando no ser tentado por el agua. Hay que decir que la mayoría no con buena suerte: las gotas cada vez vienen más aguzadas, más afiladas para bordear toda clase de instrumentos y obstáculos de los que ingeniosamente los transeúntes echan mano para evitar ese contacto milenario. Al final, el mito de la mujer vestida de rojo bañada por un chubasco hace presa de todo aquel que va por la calle cuando las nubes desatan el nudo que las contenía.
¿Qué puede escribirse acerca de la lluvia que no haya quedado ya dicho, en otros tiempos, en otras hojas, bajo distintas circunstancias? Quizás que no obstante el paso de los años el agua sigue siendo una buena noticia, quizás que con su presencia se abre la hora de los inventos delicados, quizá que guardarse del agua es semejante a viajar dormido y perderse toda clase de horizontes, quizá que toda lluvia acontece cuando en el mundo se sincronizan todas las palabras que no se pronunciaron y se pensaba que morirían en el olvido más humillante. La lluvia, insisto, es una feria popular que reúne al cielo con la tierra: la distancia que hasta entonces los separaba baja su telón, guarda sus pertenencias y se marcha a otro lugar.

“Sueño con serpientes, con serpientes de mar, / con cierto mar, ay, de serpientes sueño yo. / Largas, transparentes, y en sus barrigas llevan, / lo que pueden arrebatarle al amor. / Oh, la mato y aparece una mayor; / oh, con mucho más infierno en digestión”
Silvio Rodríguez, “Sueño con serpientes” en Días y flores

(El título del post, “Resudor copioso”, es una frase del poema “Árboles” de Eduardo Hurtado)
Imagen: www.experienciapersonal.es

sábado, 20 de junio de 2009

Espejeando


Se cuenta en La Habana una loca historia que dice que en un bar perdido en las zonas viejas de esa ciudad, al fondo de un oscuro callejón, existe un bar en cuya pared al final del establecimiento cuelga un espejo: todo aquél que ahí se mira al instante pierde la memoria. Hay quienes han viajado expresamente a la isla en busca de ese portento: unos, buscan aliviarse de su pasado; otros lo hacen con un ánimo de retar al destino.
Otra versión apunta a que quien se refleja en aquel cristal descubre, así sin más, su propósito en la vida; es decir, se trata de una especie de brújula que alivia los tormentos de aquellos que desconocen toda clase de señales que les indiquen hacia dónde dirigir sus pasos. Se ha sabido de algunos que, viajando con esa finalidad, se les ha revelado un futuro que se abre con toda clase de imágenes y certezas.
Un espejo no presta oídos a nada que no sea emitir un reflejo: hay en su fondo, que no en su superficie, un punto en el que, de tocarse, se estaría imposibilitado para el retorno: buscarse en un espejo es abismarse, asomarse a los resquicios que pasan desapercibidos. Si alguna vez se ha hablado del sitio del eterno retorno, ése no es ni por asomo el interior de un espejo.
El que se ve en el espejo no es el que está de pie, frente a éste, mirándolo con curiosidad: el que habita el objeto es otro, no totalmente diferente, aunque sí responde a otros estímulos y necesidades. Tomar la decisión de mirarse en un espejo es similar a abandonarse, a dejarse ir, a saber, en el fondo, que a la vuelta de esos ojos abiertos ya no podrá ser el mismo: algo se queda allí, y ese algo no es remotamente posible recuperarlo.

“Yo te quiero libre, / como te viví, / libre de otras penas / y libre de mí. / La libertad tiene alma clara / y sólo canta cuando va batiendo alas, / vuela y canta, libertad. / La libertad / nació sin dueño, / y yo quién soy para colmarle cada sueño, y yo quién soy para colmarle cada sueño”
Silvio Rodríguez, “Yo te quiero libre” en Tríptico, v. 2

Imagen: fotosgrises.blogspot.com

lunes, 15 de junio de 2009

Desde ahí, el mundo


El eje. De color azul, el tacón del zapato era el eje sobre el cual giraban todas aquellas voces que a ratos parecían sólo bocas alborotadas. De todas las conversaciones que brotaban aquí y allá, sin embargo, prevalecía un tono sosegado, que mezclado con los otros no semejaba otra cosa que un zumbido de congojas, de murmullo sostenido.
A veces con parsimonia, otras con elegancia, con desventura, incluso con desparpajo iban esos pies por el piso de ladrillo: las secas junturas azuleaban cada tanto, resentían fugazmente aquel paso casi flotante. Si no hubiera sido por la dureza del suelo, bien podría yo haber creído que se trataba de un mar que enceguecía, de una especie de planicie azulosa a la que no se lo podía tocar el fondo.
En el reflejo que recorría las paredes, aún húmedas por una lluvia que recién se había marchado, se proyectaba un rastro azul que se mezclaba con el verde lamoso añejo que los cubría. El tacón enterró su punta entre los ladrillos, giró ligeramente: de aquella rápida volantina se dispersaron en todas direcciones unas minúsculas colas de cometa que rebotaron en el suelo y se perdieron de vista apenas se elevaron un poco.
Y, no obstante que por mucho rato se perdieran de vista, los zapatos seguían allí. Al cabo de esas ausencias dosificadas, reaparecían, asomaban de nuevo sus destellos. Ahora siendo el odumodneurtse –estruendo mudo– de Vallejo. Los zapatos de tacón de aquella mujer –¿o niña?, ¿o anciana?– fueron el primer rayo de la mañana. El único, quizás.

“Si me levanto temprano, / fresco y curado, / claro y feliz, / y te digo: ‘voy al bosque / para aliviarme de ti’, / sabe que dentro tengo un tesoro / que me llega a la raíz. / Si luego vuelvo cargado / con muchas flores / (mucho color) / y te las pongo en la risa, / en la ternura, en la voz, / es que he mojado en flor mi camisa, / para teñir su sudor”
Silvio Rodríguez, “Días y flores” en Días y flores

Imagen: pintura de Joaquim Falco, encontrada en www.artesdominicanas.org

jueves, 14 de mayo de 2009

Últimos dinosaurios


(A la CA)

Las vacas siempre están ahí. Al doblar una curva, colgadas del horizonte, con la cabeza gacha en las márgenes de algún río o bordo, cruzando con pensada lentitud la carretera, detenidas en la languidez del paisaje, incólumes bajo el escarmiento cotidiano del sol, entretenidas en el quehacer más antiguo: pastar. Las vacas siempre están ahí, como esperando algo, incomensurables, con una geografía en blanco y negro inconfundible.
La vaca, desde tiempos inciertos y lejanos, ha sido, quizá más que el perro, el animal más cercano al hombre. No es sencillo concebir a una vaca en el patio de la casa, y no lo es porque sus características físicas la acomodan en espacios imposibles de delimitar: su existencia tiene algo de ilimitado, de infinito. Pese a ello, sí es factible convertirla en una acompañante cuando los derroteros de la imaginación se internan por toda clase de querencias: ese terso bólido de dos colores (¿lo son el blanco y el negro?) es, quizás, el animal más noble que jamás ha pisado estos lugares.
Su parsimonia, su triste mirar, sus cuatro patas desganadas, el último trazo de su cola, su testa de paredes fortificadas, sus enormes ojos, su volumen que semeja un barco de cabeza, su destino aletargado, sus ubres de donde mana el blanco más brillante, su sola inspiración de sobrevivencia: estar allí, pastar como un oficio milenario, transitar sin extravío de la mañana a la noche, morir con miedo.
“Dinosaurios en el siglo de las máquinas” las llama Alfredo Zitarrosa en “Guitarra negra”. Sí, los últimos dinosaurios, ésos que, lo aventuro nada más, seguirán poblando esta tierra aún a pesar de que se desaten todo tipo de catástrofes y eventos apocalípticos. A menos, claro, que se desate una guerra kubrickiana para exterminarlas.

“Yo soñé con aviones, que nublaban el día, justo cuando la gente más cantaba y reía, más cantaba y reía. Yo soñé con aviones, que entre sí se mataban, destruyendo la gracia de la clara mañana, de la clara mañana.
Si pienso que fui hecho para soñar el sol y para decir cosas que despierten amor, ¿cómo es posible entonces que duerma entre saltos de angustia y horror?”
Silvio Rodríguez, “Sueño de una noche de verano” en Causas y azares

Imagen: wunaladreaming.wordpress.com

miércoles, 6 de mayo de 2009

Tapesco


Estar allí fue como adelantarse un poco a esa porción de paraíso que a todos nos toca: en Tapesco el mar vive a sus anchas, cabalga sin dirección, como si avanzara desbocado, con una prisa por demás marcada. Las olas venían a romper en un paredón afilado de rocas con un vigor desmedido: y el océano, desarticulado, deshecho en el aire volátil, se elevaba y segundos eternos después iba a caer con parsimonia, produciendo un eco sordo que acababa atiplado.
Entre los últimos restos de arena y el mar ensanchado, voluminoso, obeso, se abría paso, entre una duna alargada blanquísima, un río que iba a vaciarse al océano; el encuentro que tenía lugar era de alcances titánicos: el mar queriendo abrirse paso y horadar todo lo que se le atravesase en su ruta, y el agua del río, apacible pero a la vez voluntariosa, intentando atravesar el búnker oleoso, acalorado.
Asimilar la fotografía de Tapesco, olorosa vivamente, en el momento fue como tararear un manojo de canciones de Silvio, como saborear una y otra vez lo ya vivido y que brota de la memoria apenas recibe un mínimo estímulo, como escribir sobre lo fantástica que resulta a veces la vida, aún a pesar de esa avalancha de fantasmas que no nos dejan a sol y sombra.
Tapesco, no obstante la distancia y los subsecuentes velos de horizontes que le han caído encima, sigue allí, bregando entrañas adentro, viviendo con respiros dificultosos pero regulares: a Tapesco lo vi elevarse, ir y regresar con un caminar aletargado al principio, y furibundo en el último tramo: Tapesco, estoy seguro, cayó del cielo y plantó su lugar de vida aquí, en ese mar luminoso, respirable, infatigable, deslumbrante, invencible para acabar de una vez.

“Si me dijeran, pide un deseo, yo pediría un rabo de nube, un torbellino en el suelo y una gran ira que sube, un barredor de tristezas, un aguacero en venganza, que cuando escampe parezca nuestra esperanza”
Silvio Rodríguez, “Rabo de nube” en Rabo de nube

jueves, 30 de abril de 2009

Canijo


No era lo que se dice un iguanero propiamente. Se salía del canon más riguroso a ese respecto. Simplemente, lo pienso ahora, no le daba la gana ser de ese modo. Y es que el perro iguanero es aquel que acompaña al cazador en sus jornadas, va adelante de él, en dirección de sus propias huellas, husmeando el horizonte; al final, exhausto, con la lengua colgando, sabe que su amo lo recompensará con un buen plato de agua y una caricia que le hace llegar mediando la voz.
Cuando el cazador, seguro del tiro, dispara sobre la iguana el perro, presto y sin orden de por medio, corre a atrapar al animal herido antes de que toque el suelo; con la presa en el hocico, sin clavarle los colmillos, la lleva a su amo sin hacerle daño alguno. En caso de que no la logre atrapar en el aire, va detrás de la iguana hasta alcanzarla; la trae de vuelta, entera.
Canijo era el perro del abuelo Ramón hace muchos años. Creían que Canijo era un perro iguanero. El abuelo salía a cazar dos veces por semana; temprano agarraba vereda. Canijo se le emparejaba, le ganaba el paso, pero pasados algunos metros se devolvía y se echaba a dormir. Canijo no era un perro iguanero propiamente, no quiso serlo nunca. No acompañaba en la caza, pero cuando le daban de comer o lo llamaban para jugar, allí estaba, dispuesto y encimoso y único.
Dicen, allá en la Barra, que Canijo murió de cansancio. Que pasaba el día echado; prácticamente muerto sobre el suelo miraba transcurrir los días, inmerso en el más absoluto tedio, enfermizo, sofocante. Quiero pensar que era un perro aletargado, con un paso más que lento, y sin embargo de delirantes ademanes. Desde hace tiempo quiero tener un perro. Y he decidido, desde ahora, llamarlo así, Canijo.

“Desde que nace nada ya lo aparta / de su deber terrestre, / trabaja al sol, procrea, busca sus migas / y es sólo su voz lo que defiende / porque en el tiempo no es un pájaro / sino un rayo en la noche de su especie, / una persecución sin tregua de la vida / para que el canto permanezca”
Eugenio Montejo, “La terredad de un pájaro”

Imagen: naturaleza-abeldesestress.blogspot.com

martes, 28 de abril de 2009

El pez Zapato


Al siguiente día del beisbolito volvimos a la playa, con ánimo sólo de nadar un poco y regresar temprano (eso de nadar es un puro decir, porque no sé hacerlo), pues en la jornada anterior oscureció y todavía chocábamos las últimas cervezas bajo la ramada. Y es que la cerveza en Barra es, prácticamente, agua de uso.
Desde temprano nos acercamos a las rocas, ésas que divisamos desde un día antes, en que va a topar esta franja de mar, donde con paciencia los surfistas esperan una buena ola para trepársele. Ahí, mientras estábamos en el agua y jugábamos un poco, hasta la orilla venían cangrejos, caracoles, e incluso causó revuelo un pez Zapato, que semeja una mantarraya pequeña.
Según el abuelo Ramón el pez lleva ese nombre porque Dios, al comerlo, lo partió por la mitad y devoró una primera pieza, y en cuanto iba a engullir lo restante alguien lo distrajo con algún asunto y ya no la comió. Entonces, el pez quedó así, como partido en dos mitades.
Por la noche, en las hamacas y vigilados por la luz delgada de la luna, el pez fue el tema de conversación: aunque nadie logró atraparlo, bastaba sólo con tomarlo de la cola y sacarlo del agua de un envión, dijo después el abuelo.
El abuelo Ramón, a diferencia de los dos primeros días, hoy se metió al mar con nosotros, aunque en la orilla nada más: es un hombre alto, que siempre camina con huaraches, sombrero y machete en mano. A esa imagen por demás solitaria, es cierto, le hace falta el perro que corra detrás de sus huellas, pero no le gusta tener animales en casa. En la huerta sí tiene uno, Atila se llama: es juguetón, negro todo, que mira con fiereza pero que, pasado un rato, se acerca en busca de alguna caricia.

“Lo que escribí en el vientre de mi madre / ante la luz desaparece. / El sueño de mi letra antigua / tatuado en espera del mundo / se borró a la crecida del tiempo. / […] Lo que escribí en el vientre de mi madre / quizás no fue sino flor / porque más hiere cuando desvanece. / Una flor viva que no tiene recuerdo”
Eugenio Montejo, “Letra profunda”

Imagen: oidoentierra.blogsome.com

lunes, 27 de abril de 2009

El beisbolito


Apenas se va rebasando el cerro que separa a Barra del mar, por uno de sus dificultosos costados, y ya la costa se abre como un pedazo de cielo caído: su azul es más que azul (es difícil entender una frase así, pero al mar no se le entiende sino de manera fragmentaria, a pedazos).
La franja de playa se abre como un abanico tras superar una pequeña laguna de agua dulce y tibia, que algunos kilómetros adelante, en Tapesco, va a vaciarse al mar: la arena es blanquísima, densa, pesada, y las olas vienen desgarbadas, como si de algún lado hubiesen blandido un látigo sobre su lomo: se despeñan, se abalanzan descomunales, pero su contacto es sobrecogedor.
Desde este lado de la laguna, bajo una ramada, no es posible ver el océano: hay una pequeña duna que hay que subir y luego bajar para meterse en sus olas. En esa esquina de arena que se planta entre el mar abierto y la laguna improvisamos un campito de béisbol: armamos dos equipos entre barreños, venidos de Santa Cruz y Guadalajara. Me tocó cubrir el jardín izquierdo; en toda la tarde sólo atrapé dos pelotas para igual número de outs. El mayor número de batazos fueron a dar al derecho, bordeando la laguna, donde había cuatro compañeros que resolvieron el juego, en lo que a los outs toca.
El beisbolito acabó con pizarra de 4-4 tras dos horas de refriega; la carrera del empate la anoté yo: tras depositar un hit entre izquierdo y central pisé la primera base; alguien bateó al derecho y llegué a tercera; vino entonces un roletazo al cuadro que fue out en primera, pero mientras lo concretaban timbré el empate en la pizarra.

“Alguien que he sido o soy, no sé, / oye o recuerda, / sí hay algo real dentro de mí son ellos, / más que yo mismo, más que el sol afuera, / si es musical la fuerza que hace girar el mundo, / no ha habido nunca sino pájaros, / el canto de los pájaros / que nos trae y nos lleva”
Eugenio Montejo, “Pájaros”

Imagen: www.andalucia.org

miércoles, 1 de abril de 2009

A los 30 años


A veces sucede que de pronto “cae el veinte” de alguna cuestión, sin esperar, sin “mirarla venir”: y no se trata de puntiagudas y sesudas conclusiones, iluminaciones o aciertos, sino de que de repente se tiene conciencia de algo que antes no, aunque ese “algo” haya estado allí siempre, esperando el momento para saltar de su rincón y apresarnos el cuello.
Hoy, en uno de esos trámites como hay muchos, que de tan comunes y repetitivos no se piensa que puedan dar más allá de un mero resultado lógico, me di cuenta de algo en lo que nunca había pensado, y sin embargo siempre me persiguió: mi madre me trajo al mundo cuando ella tenía 30 años.
Al comparar fechas, sin intención de fijar lo que obtuve, ese dato que no es rimbombante ni trae consigo un ruido ensordecedor, se me presentó como una revelación, de ésas que vienen y no pasan de largo, se quedan, se estacionan, echan raíces y largan ramas por todas direcciones: no puedo alardear que acabé flotando, pero sí fui presa de un estremecimiento por lo menos nuevo.
Existen cosas que se disfrutan, hay otras que procuramos eludir, incluso las hay que ya conocidas preferimos no volver a frecuentar; sin embargo, ese dato, desde su alumbramiento en este día, lo frecuento con la intención de aprehenderlo en toda su luminosidad. A menudo lo simple trae, como envoltura, un trasluz que parpadea no obstante llevarlo en la oscuridad más profunda: ¡a los 30 años!

“No es sueño esa hora estática / donde me veo ir de tu mano / a través de los árboles quietos / de la casa sin nadie. / No es sueño el diálogo que vuelve / a nuestras dos límpidas llamas, / hasta fundirnos en la noche / al fondo de una lámpara. / ¿Cómo saber cuál de los pabilos / ha cortado la muerte? Uno de ambos / está soñando al otro, / pero en la luz que mezcla el tiempo / nos vemos y nos basta”
Eugenio Montejo, “Dos llamas” en Muerte y memoria

Imagen: fotosgrises.blogspot.com

lunes, 30 de marzo de 2009

Rumoreando


El rumor que salpica el mar es inconfundible. A tal punto saboreable. Un rumor que se puede identificar de buenas a primeras: no se requiere aguzar el oído, él viene sin envoltura, carente de dobleces; se viste de luminosidad, corre, sobrevuela, ha aprendido a perderse entre todo lo que lo rodea: su habilidad mimética rebasa los márgenes del paroxismo. No hay modo de esquivarlo. Y no conozco quien lo haya intentado siquiera.
Ese ronroneo, ese rumor, sin pierde, se apareja sin invitación, aún cuando se le contemple mediando una distancia considerable. Es infatigable. En sus vueltas al origen carga con toda esa clase de largas expresiones que se lanzan cuando se le mira. Se lleva –¿quién sabe en qué dirección?– todo lo que dejamos en la orilla: allí donde el mundo tiene la capacidad de descubrirse y revestirse de oscura calma, de tibia desazón en camino de convertirse en una alegría desenfundada.
Ese rumor, no obstante sus límites marcados por batientes de arena, se abalanza por cualquier flanco, copa las esquinas, cierra todas las oscuridades, se encarama a las palabras, se incrusta en el paisaje, se deja llevar río abajo, se calza en cada huella que es signada en la arena: hay quienes intentan no perder tan de pronto el rumor, sin embargo hasta hoy ha sido imposible retenerlo según los deseos que se tengan.
Como de cualquier otra cosa, hay de rumores a rumores; sin embargo, este rumor, el rumor por antonomasia, sale al paso, se hace de todo rincón, va y vuelve, arranca y se queda quieto, se eleva y se arrastra, se desnuda y se disfraza sin más, sin otro motivo que ése que lo hace volcarse desde hace siglos: venir a las orillas a mirarnos cómo lo miramos y tratamos de llevarlo de regreso a nuestro día a día, a sabiendas de la milenaria imposibilidad de avanzar con él a cuestas tan sólo unos cuantos pasos.

“Pasaron noches, nieves y solsticios; / pasó el tiempo en minutos y milenios. / Una carreta que iba para Nínive / llegó a Nebraska. / Un gallo cantó lejos del mundo / en la previda a menos mil de nuestros padres. / La tierra giró musicalmente / llevándonos a bordo; / no cesó de girar un solo instante, / como si tanto amor, tanto milagro / sólo fuera un adagio hace ya mucho escrito / entre las partituras del simposio”
Eugenio Montejo, “La tierra giró para acercarnos”

Imagen: renacecomoel.blogspot.com

lunes, 23 de marzo de 2009

Otro domingo sin sol


El domingo y su inmovilidad. Otro domingo sin sol. Otro domingo sin más afán que la lectura, entrecortada por escenas cinematográficas y reiterados sorbos de cerveza, café y miradas fotográficas; otro domingo sin sol, y sin embargo abotagado de atardecer por todas las ventanas. Otro domingo de desierto, de pesadumbre no mal vista, sí angustiosa, aunque desternillada de risa.
El domingo y su inmovilidad. Un domingo más de un trotar lentísimo y apagado. La inmovilidad de los domingos va siendo cada vez más aguda, quizás sofocante, delirante. Sin embargo, no encuentro hoy otra manera de identificarlos: su inmovilidad, por cercana y delicada, me parece una cualidad que los vuelve disfrutables, por más disparatado que pueda sonar esto. En su no-transcurrir encalla el único horizonte al que se puede aspirar: sus horas son como abrazos que traen, desde la calle, una atmósfera reconocible, y por eso mismo, asequible, hasta tal punto inclasificable.
La inmovilidad de los domingos está dictada desde sus entrañas, desde ese fondo del que surge a pesar de los otros seis días que lo separan de su repetición: ese trago que supone su vivencia va calándose en la garganta, ganando presencia conforme se desliza a los adentros y dejando una estela de quietud tan deliciosa como única, incapaz de repartirse, de repatriarse, de revertirse.
Otro domingo sin sol. Y no es que se trate de un día oscuro, sino que un domingo sin sol es un domingo sin calle, un domingo que avanza “detenido”. Esa inmovilidad tan inherente a los domingos no propicia ningún desequilibrio, antes bien recompone los trazos torcidos de los otros días semanales: en el domingo se vierten toda clase de acciones y pensamientos que, por ningún motivo y bajo ninguna clase de amenaza o inventiva, pueden tener lugar en los días restantes. Otro domingo sin sol vino, y no obstante que el calendario señala que hoy ya se trata de otro día, el domingo sin sol continúa columpiándose más allá de mi puerta.

“A tientas, al fondo de la niebla / que cae de los remotos días, / volvemos a sentarnos / y hablamos ya sin vernos. / Rectas sillas vacías / aguardan a quienes, desde lejos / retornarán más tarde. Comenzamos a hablar / sin vernos y sin tiempo. / A tientas, en la vaharada / que crece y nos envuelve, / charlamos horas sin saber / quién vive todavía, quién está muerto”
Eugenio Montejo, “Sobremesa” en Muerte y memoria

(No estoy del todo seguro, pero "Otro domingo sin sol" es una frase que tal vez leí o escuché en algún lado.)

Imagen: mifotosegundaparte.blogspot.com

lunes, 9 de febrero de 2009

Oscura querencia


Una taza de café puede traer alivio, conducir a estados de ensimismamiento, de sobrada efusividad, de disfrute total, de fiebre dispuesta a compartirse, de aletargamiento incluso; puede provocar un sinfín de sensaciones, pero al final también es un mero pretexto. Una rara manera de acercarse sin pretender siquiera estar cerca. Beber café, que de acto solitario tiene mucho, constituye asimismo un intento de apropiarse de lo común, incluso de lo que resulta de una conversación consigo mismo. Nadie dice, sin embargo, que tomará café para platicarse los pormenores de su día (por lo menos, no en voz alta): es tan intrínseco el asunto que no es posible vislumbrar la línea de su división, su invisible cometido es lo que se persigue, pero rara vez se alcanza.
El café, que para mí como para muchos, se ha convertido en una necesidad cotidiana no del todo popular, se ha de beber con la consigna de mirarse para adentro: puede pensarse que estoy elevando el café a alturas insospechadas, mas el café es tan terrenal como lo es un árbol, aunque la distancia de uno y otro sea siempre insalvable.
Cuando se comparte café se da una parte de sí, se deja al descubierto todo ese embrollo que se anida en los adentros: es tan importante ofrecer una taza de café como lo es preguntar el estado particular de las personas. Y no intento, como se podría suponer, redactar aquí una apología del café; sí quiero, en contraparte, dejar en claro que el café es un aliciente nada comparable con un millón de cosas o palabras: y es que en su más pura esencia está contenida la querencia y la inquietud por beberlo, el apuro y el deleite cuando va garganta abajo.
El café sabe mejor si va acompañado de la certeza de los instantes: el café es más que una compañía, sin embargo su solo disfrute trae aparejado el modo más visible de estarse bebiendo a uno mismo.
Alguien pudiera decir, y con cierta razón, a estas alturas, que tomar café nunca antes le había parecido tan complicado: no obstante, el café es una bebida sencilla, tan difícil de tomar por partes que de un solo trago puede uno atragantarse con el universo. El café mora allí, en uno de los resquicios más ocultos de la cámara de maravillas en que se ha venido convirtiendo la cotidianidad más abrupta.

“(…) El joven corazón de la nostalgia / no es lumbre suficiente / para forjar su delicada imagen. / Y la tinta / devora el siglo que la nutre. / Amor. Grito amor / con todas mis fuerzas. / Y nada permanece. / Han huido (Allá van. ¡Alerta!) / los furiosos cuchillos que sustentan mi lengua”
Jaime García Terrés, “Correo nocturno III” en Las provincias del aire

Imagen: www.lacoctelera.com

miércoles, 4 de febrero de 2009

Tubo de ensayo


No siempre el repetir las palabras que se han decir en cierta situación prevista augura el éxito deseado. Por más maneras que se ensayen para abordar la cuestión con la otra persona, en ocasiones no se atina a articular una oración bien hecha, ya no digamos inteligente. Incluso, llega a tal grado el atolondramiento o desconfianza, que al momento se olvidan todas aquellas palabras o frases construidas por muchas horas en la cabeza, y se acaba diciendo una sarta de cosas que nada tienen que ver con el tema previsto.
A menudo sucede que aquello por tanto rato ensayado, considerando una posible gama de respuestas o silencios de la otra parte, no figura en la conversación y ni siquiera una parte de eso se recuerda con exactitud. La desmemoria, tan de suyo traicionera e hipocondriaca, tiene unas maneras extrañas de proceder. Sucede asimismo que, en no pocas ocasiones, al final de la interlocución no se ha obtenido el resultado esperado, pero lo más grave a veces no es que incluso no haya ningún tipo de respuesta, sino que se carga, de vuelta, más desazón e incertidumbre que antes de tratar la cuestión.
La carga emotiva tiene también su zona de influencia en estos menesteres. Y si no, ¿cómo explicar entonces el tartamudeo o el sudor exagerado cuando, por ejemplo, se trata de entablar una conversación con una persona por siempre admirada o incluso temida? Echar mano de toda clase de argucias y escapismos –bruscos cambios de tema, sonrisas por demás fingidas, ser presa de un involuntario ataque agudo de tos, entre otras estratagemas– no siempre da buen resultado: la inventiva tiene su lado verosímil, y no todas las personas saben hallárselo.
Por más que se ensaye frente a un espejo toda clase de fórmulas, por más que se anote en un papel todo lo que se prevé preguntar o dejar en claro, por más que se practique con variantes, trampas y salidas fáciles, por más que se use un tono seguro de voz y ademanes por demás firmes, al final lo sucedido dista mucho de lo que con tanta insistencia se fue madurando. Ni las palabras escogidas se pronuncian ni, muchas veces, se dice lo que en realidad quiso decirse.

“Quisiera, un día, quisiera / que las sonrisas / y los surcos, y las penas / diminutas, aprendiesen / bajo mi tenue guía, / el alto, no marchito, / viaje de los pájaros. Quisiera. / Pero no tengo manos. Ni sabría / inventar los caminos. ¡Ay, / difícil redención! No tengo / manos ni caminos”
Jaime García Terrés, “Correo nocturno II” en Las provincias del aire

Imagen: www.zonalibre.org