martes, 28 de abril de 2009

El pez Zapato


Al siguiente día del beisbolito volvimos a la playa, con ánimo sólo de nadar un poco y regresar temprano (eso de nadar es un puro decir, porque no sé hacerlo), pues en la jornada anterior oscureció y todavía chocábamos las últimas cervezas bajo la ramada. Y es que la cerveza en Barra es, prácticamente, agua de uso.
Desde temprano nos acercamos a las rocas, ésas que divisamos desde un día antes, en que va a topar esta franja de mar, donde con paciencia los surfistas esperan una buena ola para trepársele. Ahí, mientras estábamos en el agua y jugábamos un poco, hasta la orilla venían cangrejos, caracoles, e incluso causó revuelo un pez Zapato, que semeja una mantarraya pequeña.
Según el abuelo Ramón el pez lleva ese nombre porque Dios, al comerlo, lo partió por la mitad y devoró una primera pieza, y en cuanto iba a engullir lo restante alguien lo distrajo con algún asunto y ya no la comió. Entonces, el pez quedó así, como partido en dos mitades.
Por la noche, en las hamacas y vigilados por la luz delgada de la luna, el pez fue el tema de conversación: aunque nadie logró atraparlo, bastaba sólo con tomarlo de la cola y sacarlo del agua de un envión, dijo después el abuelo.
El abuelo Ramón, a diferencia de los dos primeros días, hoy se metió al mar con nosotros, aunque en la orilla nada más: es un hombre alto, que siempre camina con huaraches, sombrero y machete en mano. A esa imagen por demás solitaria, es cierto, le hace falta el perro que corra detrás de sus huellas, pero no le gusta tener animales en casa. En la huerta sí tiene uno, Atila se llama: es juguetón, negro todo, que mira con fiereza pero que, pasado un rato, se acerca en busca de alguna caricia.

“Lo que escribí en el vientre de mi madre / ante la luz desaparece. / El sueño de mi letra antigua / tatuado en espera del mundo / se borró a la crecida del tiempo. / […] Lo que escribí en el vientre de mi madre / quizás no fue sino flor / porque más hiere cuando desvanece. / Una flor viva que no tiene recuerdo”
Eugenio Montejo, “Letra profunda”

Imagen: oidoentierra.blogsome.com

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