
En ocasiones pareciera que, desde temprano, entro en un espejo: vivo tan inmerso en esos días que se suceden con caras semejantes, que a menudo me pasa desapercibido todo aquello que me llega por los cuatro lados del mundo.
Lo que hago a diario puede no variar en demasía: la repetición es un acto tan cotidiano que, sorprendentemente, las horas transcurren de muchas maneras. Y no todas presentan, aún cuando el libreto en una primera hojeada no muestre sendas variaciones, el mismo desenlace.
En este sentido, quiero anotar que el día tiene la potestad, incluso, de detener sus horas y quedarse ahí por un buen rato: el estatismo, por paradójico que suene, inunda todo instante, se adueña de cada una de esas veces en que se intenta desprenderse de ese amodorramiento atroz.
He de decir que no poseo la capacidad para hallarle con facilidad el tiempo al tiempo, es un asunto complicado; sí tengo, en contraparte, la marcada imposibilidad de eludir la inercia que me lleva, por ejemplo, a dormir del mismo lado de la cama y salir de casa con el mismo pie: ahí inicia la verdadera aventura del mundo.
“Ser el esclavo que perdió su cuerpo / para que lo habiten las palabras. / Llevar por huesos flautas inocentes / que alguien toca de lejos / o tal vez nadie. (Sólo es real el soplo / y la ansiedad por descifrarlo.) / Ser el esclavo cuando todos duermen / y lo hostiga el claror incisivo / de su hermana, la lámpara. / Siempre en terror de estar en vela / frente a los astros / sin que pueda mentir cuando despierten, / aunque diluvie el mundo / y la noche ensombrezca la página”
Eugenio Montejo, “El esclavo” en Terredad
Imagen: www.tebeosfera.com
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