A veces sucede que de pronto “cae el veinte” de alguna cuestión, sin esperar, sin “mirarla venir”: y no se trata de puntiagudas y sesudas conclusiones, iluminaciones o aciertos, sino de que de repente se tiene conciencia de algo que antes no, aunque ese “algo” haya estado allí siempre, esperando el momento para saltar de su rincón y apresarnos el cuello.
Hoy, en uno de esos trámites como hay muchos, que de tan comunes y repetitivos no se piensa que puedan dar más allá de un mero resultado lógico, me di cuenta de algo en lo que nunca había pensado, y sin embargo siempre me persiguió: mi madre me trajo al mundo cuando ella tenía 30 años.
Al comparar fechas, sin intención de fijar lo que obtuve, ese dato que no es rimbombante ni trae consigo un ruido ensordecedor, se me presentó como una revelación, de ésas que vienen y no pasan de largo, se quedan, se estacionan, echan raíces y largan ramas por todas direcciones: no puedo alardear que acabé flotando, pero sí fui presa de un estremecimiento por lo menos nuevo.
Existen cosas que se disfrutan, hay otras que procuramos eludir, incluso las hay que ya conocidas preferimos no volver a frecuentar; sin embargo, ese dato, desde su alumbramiento en este día, lo frecuento con la intención de aprehenderlo en toda su luminosidad. A menudo lo simple trae, como envoltura, un trasluz que parpadea no obstante llevarlo en la oscuridad más profunda: ¡a los 30 años!
“No es sueño esa hora estática / donde me veo ir de tu mano / a través de los árboles quietos / de la casa sin nadie. / No es sueño el diálogo que vuelve / a nuestras dos límpidas llamas, / hasta fundirnos en la noche / al fondo de una lámpara. / ¿Cómo saber cuál de los pabilos / ha cortado la muerte? Uno de ambos / está soñando al otro, / pero en la luz que mezcla el tiempo / nos vemos y nos basta”
Eugenio Montejo, “Dos llamas” en Muerte y memoria
Imagen: fotosgrises.blogspot.com
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