
La jornada del lunes, con el mismo número de horas que otras, había sido tremendamente larga: dos llamadas telefónicas, por la mañana, alteraron para el resto de la jornada (y la semana entera) la tranquilidad en la oficina. A partir de allí se iba y venía llevando y trayendo papeles, buscando firmas, concretando citas, cerrando posibles proyectos a futuro. No se pudo, sin embargo, por más que se intentó, dejar en claro el rumbo de los trabajos: lo definido no siempre alude a la concreción en el presente.
Por la tarde de ese lunes (y en los días subsecuentes) ya no era el mismo desenfreno entre escritorios, ruidos de impresiones y copiadoras; pero, como si se saliera de una batalla larga y delicada, dejar la oficina fue como escapar de prisión a campo traviesa, sin otro horizonte que un terreno baldío y desangelado, en cuyo último tramo se avistaba una llana quietud, cálida, inalterable.
En la calle el aire traía algo inusual. Es cierto, los autos, en la avenida, pasaban (en su prisa de carrera de fórmula uno) en direcciones contrarias como lo hacen todos los días. El tráfico, sin embargo, a esa hora, había disminuido considerablemente: se podía atravesar la calle sin peligro, sin necesidad de ir esquivando autos estacionados de esquina a esquina, detenidos en espera del cambio de luces.
En el aire, lo noté en cuanto atravesé el umbral de la puerta, había algo: respirarlo, con hondura, con afán canino casi, era más que llenarse de aire los pulmones. Algo flotaba, sí, un algo que enrarecía la noche y que sepultó de un tirón la desmesura y el insano trajín de la mañana.
“Oigo los pájaros afuera, / otros, no los de ayer que ya perdimos, / los nuevos silbos inocentes. / Y no sé si son pájaros, / si alguien que ya no soy los sigue oyendo / a media vida bajo el sol de la tierra. / Quizás es el deseo de retener su voz salvaje / en mitad de la estación / antes que de los árboles se alejen”
Eugenio Montejo, “Pájaros”
Imagen: fotosgrises.blogspot.com
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