lunes, 27 de abril de 2009

El beisbolito


Apenas se va rebasando el cerro que separa a Barra del mar, por uno de sus dificultosos costados, y ya la costa se abre como un pedazo de cielo caído: su azul es más que azul (es difícil entender una frase así, pero al mar no se le entiende sino de manera fragmentaria, a pedazos).
La franja de playa se abre como un abanico tras superar una pequeña laguna de agua dulce y tibia, que algunos kilómetros adelante, en Tapesco, va a vaciarse al mar: la arena es blanquísima, densa, pesada, y las olas vienen desgarbadas, como si de algún lado hubiesen blandido un látigo sobre su lomo: se despeñan, se abalanzan descomunales, pero su contacto es sobrecogedor.
Desde este lado de la laguna, bajo una ramada, no es posible ver el océano: hay una pequeña duna que hay que subir y luego bajar para meterse en sus olas. En esa esquina de arena que se planta entre el mar abierto y la laguna improvisamos un campito de béisbol: armamos dos equipos entre barreños, venidos de Santa Cruz y Guadalajara. Me tocó cubrir el jardín izquierdo; en toda la tarde sólo atrapé dos pelotas para igual número de outs. El mayor número de batazos fueron a dar al derecho, bordeando la laguna, donde había cuatro compañeros que resolvieron el juego, en lo que a los outs toca.
El beisbolito acabó con pizarra de 4-4 tras dos horas de refriega; la carrera del empate la anoté yo: tras depositar un hit entre izquierdo y central pisé la primera base; alguien bateó al derecho y llegué a tercera; vino entonces un roletazo al cuadro que fue out en primera, pero mientras lo concretaban timbré el empate en la pizarra.

“Alguien que he sido o soy, no sé, / oye o recuerda, / sí hay algo real dentro de mí son ellos, / más que yo mismo, más que el sol afuera, / si es musical la fuerza que hace girar el mundo, / no ha habido nunca sino pájaros, / el canto de los pájaros / que nos trae y nos lleva”
Eugenio Montejo, “Pájaros”

Imagen: www.andalucia.org

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