martes, 10 de noviembre de 2009

Para vivir


En tiempos de crisis hasta las palabras faltan. Es curioso, como un modo de paliar la escasez, cómo se van elucubrando las cosas que han de decirse, echando mano de toda clase de recursos, menos de un buen decir: una mujer jovencísima, con una cara pintada en estilo arte abstracto, peleaba con la cajera de una farmacia de ésas que hay multiplicadas como vendedores ambulantes en las afueras de los templos. La chica alegaba que aquel paquete de toallas femeninas no lo había abierto ella, que así estaba ya cuando lo tomó del estante. La cajera, con unos ojos iracundos y rabiosos, le dijo categórica: “pues si no las paga, le van a hacer falta en los baños del reclusorio femenil, tonta cleptómana”. El signo de interrogación que se le cruzó por el rostro a la otra fue tan descomunal que, cabizbaja, acabó por pagar aquel producto. La cajera la vio salir por una de las puertas y respiró hondo, aliviada, vencedora.
El lenguaje en ocasiones puede convertirse en un arma a la que no es posible eludir, máxime cuando se vuelve contra uno mismo. Enfrascado en una discusión, un tipo creyó dotar a su perorata de una elegancia inestimable cuando, como una rápida respuesta ante los ataques de su interlocutor, vociferó: “es mejor ignorar a los ignorantes, aunque a veces no sepan de su ignorancia hasta que alguien los ignora”. ¿Cómo fue que dijo? ¿Dónde me perdí? En ese instante fue tan engorroso su argumento que me aventuro a pensar que el mismo Cantinflas hubiese pedido una explicación ante tamaña declaración. Burda manera de presumir el inventario de palabras.
“Fíjate de que….” es la frase más recurrente de un compañero de oficina. ¿Cómo siguió tu esposa del malestar de la otra noche?, le pregunta alguien. “Fíjate de que….” responde. La cuestión es que invariablemente comienza sus conversaciones con esas tres palabras “fíjate de que….”. Las muletillas son una piedra en el zapato de mucha gente (me cuento entre ellos): no se puede articular algún discurso, soliloquio o diálogo cualquiera si antes no se dan vueltas y vueltas por las muletillas, reconociéndolas: se trata de una especie de abrevadero ineludible para después emprender la marcha por otros senderos, donde las palabras desconocidas asoman pero no toman parte en el trayecto.
Hubo quien, en una ocasión, me dijo que las palabras no servían más que para enredar las cosas. Lo negué. Me gusta imaginar, por ejemplo, que Sabines apelaba a las palabras para describir su cotidianidad: en ella enclavaba su espíritu y su esperanza, y precisaba de las palabras para salvar las horas, para ir de la mañana a la noche, y para atravesar ésta ileso, tumbado en una hamaca en el corredor de su casa; se sabía del otro lado cuando el sol se colgaba por entre las ramas que le llevaban su luz a pedazos. Las palabras no son alebrijes ni inventos ni antigüedades ni estorbos: son la materia viva indispensable para no morir en el intento de vivir. Y para muestra, ahí está el poeta chiapaneco hijo del Mayor Sabines.

“Quién hubiera creído que se hallaba / sola en el aire, oculta, / tu mirada. / Quién hubiera creído esa terrible / ocasión de nacer puesta al alcance / de mi suerte y mis ojos, / y que tú y yo iríamos, despojados / de todo bien, de todo mal, de todo, / a aherrojarnos en el mismo silencio, a inclinarnos sobre la misma fuente / para vernos y vernos / mutuamente espiados en el fondo, / temblando desde el agua, / descubriendo, pretendiendo alcanzar / quién eras tú detrás de esa cortina, / quién era yo detrás de mí”
Mario Benedetti, “Asunción de ti” -1-

Imagen: javcasta.wordpress.com

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