
La memoria, de suyo sometida a su circularidad, no posee mecanismos que le aseguren mantenerse en una misma trayectoria siempre: si de pronto se trae algo al presente se debe a una vieja encomienda: todo recuerdo está destinado a guardarse en un sitio de clasificados para facilitar su presencia en un día cualquiera. No hay peor manera de querer deshacerse de la memoria que recordar sólo aquello que se quiere: lo no deseado, lo no pretendido, por cualquier razón, dolorosa o de otra índole, también puede saltar en el instante menos esperado. De esa capacidad no se habla porque se tiene la creencia de que sabe mucho.
Hay ciertos días en los que la memoria constituye el único asidero para permanecer en el mundo. Y no se trata, como bien podría pensarse, de vivir de lo pasado, de respirar con recuerdos, sino de ver desfilar, ante los ojos alucinados y anhelantes, imágenes que se creían desterradas de la existencia, y cuya fecha de caducidad no es visible a nadie. Lo sorprendente de la memoria es que, anteponiendo un velo de juegos pirotécnicos primero y una atmósfera silenciosa después, en el fondo siempre trae más de lo que se esperaba.
Cristina Rivera-Garza, citando a la escritora Susana García Iglesias, dice que “la memoria es como ese perro al que le avientan algo y siempre regresa con más”. A borbotones viene lo que se recuerda, máxime si ello tiene que ver con lo que se creía desclasificado: los vericuetos memoriosos aparecen teñidos de recuerdos que, no obstante su fugacidad recordatoria, se las ingenian para describir un nuevo círculo tras de sí, y otro, y otro más, y así ad infinitum. Los años entonces, antes que ser acumulativos, son de algún modo progresivos: lo ido vuelve, y aún más, volverá después.
La memoria, abunda Rivera-Garza de nuevo en alusión a García Iglesias, es el único tema de la vida: la memoria como el abrigo primigenio, la esperanza de hallar en cualquier momento una puerta, la única mañana dispuesta a repetirse, el silencio más buscado para acomodar una palabra, el tiempo que se solaza en su escenario de cartón, la emoción desenvuelta entre respiro y respiro ante una imagen soñada más de una vez, el agobio producto de un quehacer cotidiano a menudo emocionante, la vida misma como un devenir irrepetible e inaudito. Sí, la memoria, lo he creído con firmeza, es el único tema de la vida, y de la literatura, como bien lo apuntan las escritoras arriba citadas.
“… Pero tampoco creas / este falso abandono / estaré donde menos / lo esperes / por ejemplo / en un árbol añoso / de oscuros cabeceos / estaré en un lejano / horizonte sin horas / en la huella del tacto / en tu sombra y mi sombra / estaré repartido / en cuatro o cinco pibes / de esos que vos mirás / y enseguida te siguen / y ojalá pueda estar / de tu sueño en la red / esperando tus ojos / y mirándote”.
Mario Benedetti, “Chau número tres”
Imagen: www.meduss.cl
Hay ciertos días en los que la memoria constituye el único asidero para permanecer en el mundo. Y no se trata, como bien podría pensarse, de vivir de lo pasado, de respirar con recuerdos, sino de ver desfilar, ante los ojos alucinados y anhelantes, imágenes que se creían desterradas de la existencia, y cuya fecha de caducidad no es visible a nadie. Lo sorprendente de la memoria es que, anteponiendo un velo de juegos pirotécnicos primero y una atmósfera silenciosa después, en el fondo siempre trae más de lo que se esperaba.
Cristina Rivera-Garza, citando a la escritora Susana García Iglesias, dice que “la memoria es como ese perro al que le avientan algo y siempre regresa con más”. A borbotones viene lo que se recuerda, máxime si ello tiene que ver con lo que se creía desclasificado: los vericuetos memoriosos aparecen teñidos de recuerdos que, no obstante su fugacidad recordatoria, se las ingenian para describir un nuevo círculo tras de sí, y otro, y otro más, y así ad infinitum. Los años entonces, antes que ser acumulativos, son de algún modo progresivos: lo ido vuelve, y aún más, volverá después.
La memoria, abunda Rivera-Garza de nuevo en alusión a García Iglesias, es el único tema de la vida: la memoria como el abrigo primigenio, la esperanza de hallar en cualquier momento una puerta, la única mañana dispuesta a repetirse, el silencio más buscado para acomodar una palabra, el tiempo que se solaza en su escenario de cartón, la emoción desenvuelta entre respiro y respiro ante una imagen soñada más de una vez, el agobio producto de un quehacer cotidiano a menudo emocionante, la vida misma como un devenir irrepetible e inaudito. Sí, la memoria, lo he creído con firmeza, es el único tema de la vida, y de la literatura, como bien lo apuntan las escritoras arriba citadas.
“… Pero tampoco creas / este falso abandono / estaré donde menos / lo esperes / por ejemplo / en un árbol añoso / de oscuros cabeceos / estaré en un lejano / horizonte sin horas / en la huella del tacto / en tu sombra y mi sombra / estaré repartido / en cuatro o cinco pibes / de esos que vos mirás / y enseguida te siguen / y ojalá pueda estar / de tu sueño en la red / esperando tus ojos / y mirándote”.
Mario Benedetti, “Chau número tres”
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