
Lo que menos uno desea cuando asiste a un restaurante es que el mesero ande todo vuelto loco: en ese lapsus de destanteo sobrevienen toda clase de desatinos y exabruptos, de los que la víctima acaba siendo invariablemente el comensal; el menos culpable de aquel proceder frenético. La quietud mañanera de un día de asueto puede convertirse por ejemplo en un inicio de día no del todo deseable, más aún, podría tratarse del escenario menos proyectado para la ocasión; más allá de que el restaurante, a la hora del desayuno, por la cantidad de gente, se parezca más a una kermés de plaza que a un sitio donde se pretende pasar un momento de deleite y regocijo.
Hace unos días acudí a desayunar con Elda a uno de esos restaurantes. La cosa, calmada de suyo, se transformó por momentos en el tiro al blanco de toda manía y apuro de la mesera, a la que, al momento, bautizamos como Celerina. Su prisa era más bien una cuestión interna que producto del ambiente que privaba en el lugar: había algo que le hacía bullir por dentro y entonces llevaba a la mesa, con marcada anticipación, todo lo necesario y lo innecesario, incluida la cuenta, que nos hizo llegar sin habérsela pedido siquiera. Quizá vio en nuestros rostros algún signo de pesos o tal vez el tono de voz le pareció el de una caja registradora.
La mujer, que ahora no recuerdo bien físicamente, parecía más bien sujeta a disposiciones ajenas (a ella misma y a los comensales) que movida por un mecanismo bien aceitado de atención y surtido de pedidos en las mesas. Su vaivén de un lado a otro, de la cocina a los pasillos entre mesas y de éstas a la caja había sido fijado de antemano: es curioso cómo el caballo de calandria, por lo menos, lleva una dirección fija aunque desconozca toda información al respecto, Celerina, por su parte, con toda la información parecía no seguir una dirección determinada. No sabía quién le hincaba las espuelas en el costillar. Sólo avanzaba.
El apuro y la desesperación de Celerina días después me hizo recordar aquella carrera frenética, tras estar varados por horas, de cientos de autos en “La autopista del sur” con rumbo a París, en el cuento cortazariano. En ese raudo impulso los ocupantes de los vehículos olvidaron todo lazo trenzado mientras estuvieron en medio de la carretera: la situación llegó a tal extremo que los vehículos apenas vieron campo libre dejaron atrás la historia compartida con quienes vivieron aquella especie de tragedia, y largaron en el camino las horas que pesaban sobre sus hombros porque la prisa se había apoderado de ellos. Había que llegar. Y Celerina, como ellos, parecía ir a un lugar desconocido, pero sobre todo no visible.
“Después de todo ese dolor redondo y eficaz, / pacientemente agrio, de invencible ternura, / ya no importa que use tu insoportable ausencia / ni que me atreva a preguntar si cabes / como siempre en una palabra. // Lo cierto es que ahora ya no estás en mi noche / desgarradoramente idéntica a las otras / que repetí buscándote, rodeándote. / Hay solamente un eco irremediable / de mi voz como niño, esa que no sabía”
Hace unos días acudí a desayunar con Elda a uno de esos restaurantes. La cosa, calmada de suyo, se transformó por momentos en el tiro al blanco de toda manía y apuro de la mesera, a la que, al momento, bautizamos como Celerina. Su prisa era más bien una cuestión interna que producto del ambiente que privaba en el lugar: había algo que le hacía bullir por dentro y entonces llevaba a la mesa, con marcada anticipación, todo lo necesario y lo innecesario, incluida la cuenta, que nos hizo llegar sin habérsela pedido siquiera. Quizá vio en nuestros rostros algún signo de pesos o tal vez el tono de voz le pareció el de una caja registradora.
La mujer, que ahora no recuerdo bien físicamente, parecía más bien sujeta a disposiciones ajenas (a ella misma y a los comensales) que movida por un mecanismo bien aceitado de atención y surtido de pedidos en las mesas. Su vaivén de un lado a otro, de la cocina a los pasillos entre mesas y de éstas a la caja había sido fijado de antemano: es curioso cómo el caballo de calandria, por lo menos, lleva una dirección fija aunque desconozca toda información al respecto, Celerina, por su parte, con toda la información parecía no seguir una dirección determinada. No sabía quién le hincaba las espuelas en el costillar. Sólo avanzaba.
El apuro y la desesperación de Celerina días después me hizo recordar aquella carrera frenética, tras estar varados por horas, de cientos de autos en “La autopista del sur” con rumbo a París, en el cuento cortazariano. En ese raudo impulso los ocupantes de los vehículos olvidaron todo lazo trenzado mientras estuvieron en medio de la carretera: la situación llegó a tal extremo que los vehículos apenas vieron campo libre dejaron atrás la historia compartida con quienes vivieron aquella especie de tragedia, y largaron en el camino las horas que pesaban sobre sus hombros porque la prisa se había apoderado de ellos. Había que llegar. Y Celerina, como ellos, parecía ir a un lugar desconocido, pero sobre todo no visible.
“Después de todo ese dolor redondo y eficaz, / pacientemente agrio, de invencible ternura, / ya no importa que use tu insoportable ausencia / ni que me atreva a preguntar si cabes / como siempre en una palabra. // Lo cierto es que ahora ya no estás en mi noche / desgarradoramente idéntica a las otras / que repetí buscándote, rodeándote. / Hay solamente un eco irremediable / de mi voz como niño, esa que no sabía”
Mario Benedetti, “Ausencia de Dios”
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