lunes, 9 de noviembre de 2009

Días fríos


Desde hace días a la ciudad la recorre una ola fría, que paraliza, que planea líquida sobre edificios, casas y personas. Un frío bienvenido, desde mi perspectiva. Sin embargo, el frío no le gusta a mucha gente: porque a veces obliga a quedarse en casa, bajo las cobijas o cobertores, bebiendo un café caliente o mirando el televisor mientras de vez en cuando se otea el cielo templado por la rendija de las persianas. No hay cielo más azul, me digo, que el que se busca cuando acometen las bajas temperaturas. Otras tantas veces el frío provoca una desgana de salir al trabajo, de compras, a la escuela, a dar la vuelta, en fin, de hacer cualquier cosa: se instala en los huesos y va inundando de a poco todas las extremidades e, incluso, el alma y las palabras mismas.
El frío es un clima en el que me desenvuelvo más o menos sin inconvenientes, con la salvedad de una dolencia menor en un pie, vieja, olvidable a ratos. No es sólo ilusión la idea de vivir algún día en una ciudad donde el frío sea el clima idóneo, citadino: salir a la calle, todos los días, aparejado con el frío, respirándolo, pegado al cuerpo. Me aventuro a decir que las mejores mañanas son las que llegan con vientos que rodean las paredes y las humedecen, las congelan: en su atmósfera polar se transparentan las horas, se acomodan mejor las ideas que después darán rumbo a las actividades signadas –u olvidadas– en todo calendario.
El asunto es que el frío, ya lo decía renglones atrás, se mete con los huesos, los horada. Y eso, para muchos, se convierte en una calamidad cuando no en una intensa molestia inestimable. Los dolores producto de esa intromisión son un tanto soportables. A menudo llegan con tanto ímpetu que enconcharse sobre sí mismo no es suficiente para menguar aquella molesta oleada. Eso sí, hay que mantener el cuerpo como si se tratara de beberse un té tibio, abrigador, humeante. En ese estado cálido es posible, de algún modo, sortear esa desmedida sensación de frío.
En este momento, no obstante la poca lucidez que pudiera invadirme, me digo que el frío es apto para salir a conducir en una mañana gris, desolada, despintada de sol: rodar por la ciudad sin un cometido específico, dar una y otra vuelta a la ciudad entera, pasando calles, escudriñando esquinas, volviendo el rostro a los semáforos que se han quedado atrás, partiendo las arterias viales en cuantas mitades sea posible. Y si en ese lapso circular una llovizna destiende su horizonte frente al parabrisas: ya no habrá modo –ninguno– de volver a casa.
(Este post iba a publicarse el viernes pasado por la tarde-noche, pero una falla en la programación del mismo blog permitió subirlo hasta esta mañana.)

“Se avanza a tientas, vacilante / no importan la distancia ni el horario / ni que el futuro sea una vislumbre / o una pasión deshabitada / a tientas hasta que una noche / se queda uno sin cómplices ni tacto / y a ciegas otra vez y para siempre / se introduce en un túnel o destino / que no se sabe dónde acaba”
Mario Benedetti, “A tientas”


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