martes, 17 de noviembre de 2009

Adeudos


Se dice que “echarse encima” una deuda es tan sencillo como colocar un letrero de renta o venta en el ventanal que da a la calle. Un mero trámite. Al fin que ya habrá tiempo de juntar el dinero para pagar. Se entrevé el paraíso cuando se adquiere algo con la encomienda de liquidarlo después, o cuando se pide dinero prestado mediando un juramento de pronto pago (ahora, ya papelito de por medio). El horizonte que se proyecta en ese momento carece, sin embargo, de un asidero frontal: las deudas, y el deudor con ellas, a menudo caminan sobre la cuerda floja, y la posible caída, como los avisos premonitorios, llega más pronto que tarde.
Hay deudas que quedan para después, aunque toda deuda implica un tiempo posterior para saldarla. Lo que se quiere decir con esto es que las que quedan para después es que su tiempo de pago nunca llegará o, por lo menos, así se vislumbra cuando se pacta. Las deudas constituyen pendientes que algunos saben sacarles la vuelta, aunque para otros se convierten en asignaturas que reinan en las casillas del calendario venidero: son lo que se dice comúnmente piedras en los zapatos: molestan a tal punto que hay que descalzarse para poder botar aquella minúscula desazón. Hay a quien, asimismo, no le gusta deber, ni que le deban, pero ésos son más bien escasos y constituyen una rara especie sobre la tierra.
Esconderse de los deudores es casi como vivir a la caza de los acreedores: en ese intento por desaparecer temporalmente va implícita una manera para figurar “hasta en la sopa” de aquel que algo nos debe. No se trata de la práctica de un tipo de escapismo, sino de una cualidad que no pocas veces es reconocida: estar en el lugar adecuado para recibir parabienes adeudados no asegura que éstos vendrán en cascada o que allí acabará la cosa, antes bien es la premonición de que en cuanto se cobre una deuda vendrá la oportunidad de liquidar otra, ahora del lado nuestro. Cobrar. Pagar. No hay dualidad más comprometedora.
Endeudarse no es otra cosa que acordar condiciones de tiempo, lugar y modo de saldar lo que se adquiere con la venia de pagar en su totalidad. Es decir, estar en deuda, económica o de cualquier otro tipo, es como prestarse en tiempo y espacio al deudor, a sus reales conveniencias, que es quien gobierna de cabo a rabo el devenir del deudor en tanto éste no finiquite el asunto que los liga. La cuestión es que toda deuda estriba en la razón de su existencia: el futuro está estrechamente vinculado con aquello que se salde a tiempo o que permanezca volátil en el desfile de la vida.

“Ahora qué miedo inútil, qué vergüenza / no tener oración para morder, / no tener fe para clavar las uñas, / no tener nada más que la noche, / saber que dios se muere, se resbala, / saber que dios retrocede con los brazos cerrados, / con los labios cerrados, con la niebla, / como un campanario atrozmente en ruinas / que desandara siglos de ceniza. // Es tarde. Sin embargo yo daría / todos los juramentos y las lluvias, / las paredes con insultos y mimos, / las ventanas de invierno, el mar a veces, / por no tener tu corazón en mí, / tu corazón inevitable y doloroso/ en mí que estoy enteramente solo / sobreviviéndote”
Mario Benedetti, “Ausencia de Dios”

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