
El mundo funciona más o menos bien de seguirse algunas reglas que acordonan la convivencia y regulan el devenir en distintos campos de acción. Las normas, en todos los órdenes, son dictadas por “gente que sabe” y divulgadas para que la sociedad las siga en aras de llevar, como se dice por lo común, la fiesta en paz. No falta, en este ejercicio cotidiano que es la vida, quien asome la cabeza y rebase la línea de los límites estipulados y acordados. En esto, sin embargo, consiste el juego del observar y el cumplir: premio al que cumple, castigo al que falta. Las reglas no están hechas para romperse, como a veces se dice; sino para adecuarse según las circunstancias y el contexto, que no es lo mismo.
Tal cosa le sucedió a Montag, quien había aprendido a cumplir toda regla sin mediar preguntas ni objetar nada al respecto, y sin importar lo duro o descabellado que pudiera resultar lo dicho o mandado. Cuando aquel día, en mitad de la sala de su casa, le leyó un poema a Millie, su mujer, y a dos de sus amigas, no dimensionó lo que ese inusitado hecho podría desencadenar: una de las amigas de su mujer, en cuanto Montag terminó de leer, rompió en llanto, y las otras dos le recriminaron tal acto al hombre. Mas allí no acabó la cosa: Millie, más tarde, daría la alarma en la central de bomberos para que acudieran a incendiar su propia casa. Montag fue empujado a romper una regla: no te quedes con nada, mucho menos si eso acaba quemándote.
En este rubro de las reglas y normas se abre, no obstante, una veta no muy iluminada que conduce a la desmesura pero que, al mismo tiempo, apunta hacia una convivencia más o menos llevadera: las reglas no escritas. Cosas sabidas de un semblante desencajado o tremendamente dubitativo. Se trata de un legajo de disposiciones que nadie nunca trazó en piedra, en papel o en cualquier material con objeto de darlas a conocer, una suerte de preceptos a saber llevar aunque se carezca de sanciones por su incumplimiento. Lo estipulado no oficial, no riguroso, aunque sí llevado a la práctica y respetado por la mayoría de algún modo.
Cuando sonó la alarma en la central de bomberos, en medio de una partida de póker, Montag, un provoca incendios de muchos años aunque en los últimos tiempos consciente de cosas e ideas de otra naturaleza, no imaginó siquiera que la casa a incendiar en esa ocasión sería la suya: el camión se detuvo frente a su hogar y supo que, en el fondo, no habría ya modo de volver atrás: él mismo, azuzado por su superior, prendió fuego a lo que había sido su hogar mientras veía a Millie salir corriendo con maleta en mano y abordar un taxi. No oyó que la llamaba. O si lo escuchó, no le importó. Al final, frente a su jefe, sosteniendo la manguera apretó el gatillo una vez más. Montag había creado una regla que estaba destinada a no escribirse: si tu vida corre peligro prende fuego a tu enemigo y no mires atrás so pena de convertirte en una estatua de sal, o de llamas.
“Te dejo con tu vida / tu trabajo / tu gente/ con tus puestas de sol / y tus amaneceres/ sembrando tu confianza / te dejo junto al mundo / derrotando imposibles / seguro sin seguro / te dejo frente al mar / descifrándote a solas / sin mi pregunta a ciegas / sin mi pregunta rota / te dejo sin mis dudas / pobres y malheridas / sin mis inmadureces / sin mi veteranía….”
Tal cosa le sucedió a Montag, quien había aprendido a cumplir toda regla sin mediar preguntas ni objetar nada al respecto, y sin importar lo duro o descabellado que pudiera resultar lo dicho o mandado. Cuando aquel día, en mitad de la sala de su casa, le leyó un poema a Millie, su mujer, y a dos de sus amigas, no dimensionó lo que ese inusitado hecho podría desencadenar: una de las amigas de su mujer, en cuanto Montag terminó de leer, rompió en llanto, y las otras dos le recriminaron tal acto al hombre. Mas allí no acabó la cosa: Millie, más tarde, daría la alarma en la central de bomberos para que acudieran a incendiar su propia casa. Montag fue empujado a romper una regla: no te quedes con nada, mucho menos si eso acaba quemándote.
En este rubro de las reglas y normas se abre, no obstante, una veta no muy iluminada que conduce a la desmesura pero que, al mismo tiempo, apunta hacia una convivencia más o menos llevadera: las reglas no escritas. Cosas sabidas de un semblante desencajado o tremendamente dubitativo. Se trata de un legajo de disposiciones que nadie nunca trazó en piedra, en papel o en cualquier material con objeto de darlas a conocer, una suerte de preceptos a saber llevar aunque se carezca de sanciones por su incumplimiento. Lo estipulado no oficial, no riguroso, aunque sí llevado a la práctica y respetado por la mayoría de algún modo.
Cuando sonó la alarma en la central de bomberos, en medio de una partida de póker, Montag, un provoca incendios de muchos años aunque en los últimos tiempos consciente de cosas e ideas de otra naturaleza, no imaginó siquiera que la casa a incendiar en esa ocasión sería la suya: el camión se detuvo frente a su hogar y supo que, en el fondo, no habría ya modo de volver atrás: él mismo, azuzado por su superior, prendió fuego a lo que había sido su hogar mientras veía a Millie salir corriendo con maleta en mano y abordar un taxi. No oyó que la llamaba. O si lo escuchó, no le importó. Al final, frente a su jefe, sosteniendo la manguera apretó el gatillo una vez más. Montag había creado una regla que estaba destinada a no escribirse: si tu vida corre peligro prende fuego a tu enemigo y no mires atrás so pena de convertirte en una estatua de sal, o de llamas.
“Te dejo con tu vida / tu trabajo / tu gente/ con tus puestas de sol / y tus amaneceres/ sembrando tu confianza / te dejo junto al mundo / derrotando imposibles / seguro sin seguro / te dejo frente al mar / descifrándote a solas / sin mi pregunta a ciegas / sin mi pregunta rota / te dejo sin mis dudas / pobres y malheridas / sin mis inmadureces / sin mi veteranía….”
Mario Benedetti, “Chau número tres”
Imagen: http://www.sdcdn.com/
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