miércoles, 11 de noviembre de 2009

Llevó un libro a casa


La vida se remontaba a tiempos distintos, cuyas costumbres eran recordadas sólo por unos cuantos. La existencia se alargaba hasta otros tiempos, donde había cosas que ya no era posible encontrar en el presente, salvo por alguna –descuidada– mención que, de ser descubierta, merecía una pena legal en extremo dura. La vida no era sólo aquello del día a día, y Montag lo descubrió por boca de una mujer que encontró cierto día por la acera de su calle: ella lo empujó a hurgar en los días con la intención de devolverle a la memoria su lugar, porque hasta eso le había sido arrebatado a todos en aquel país sin nombre ni pasado reciente.
Montag trabajaba de bombero. Era un empleado eficiente, cumplidor en sus tareas. La chica de la acera le contó que en otro tiempo, en una época extraviada, los bomberos se dedicaban a sofocar incendios, no a provocarlos, como Montag y sus compañeros de oficio lo hacían. Y esta labor tenía una razón honda, delicada: el edificio o casa incendiado se ganaba tal distinción porque en su interior se encontraban libros, en todas partes prohibidos, desterrados de todo hogar respetable y observador de las leyes; tal prohibición todos acataban aunque únicamente dos o tres se preguntaban el por qué. La chica de la acera, en torno a ello, despertó la curiosidad de Montag, y su vida dio un vuelco que al cabo no comprendió del todo.
En alguna ocasión, tras una jornada de trabajo en la que incendiaron una casa que atesoraba en sus rincones numerosos, cientos de libros, y cuya dueña decidió perecer en aquella pira que se elevó en el centro de su hogar, Montag volvió a su casa con un libro escondido entre las ropas. Le picaba en la mente aquella osada decisión de la gente de morir quemada junto con sus libros. ¿Qué tenían en su interior aquellos objetos? ¿De qué hablaban? A la mañana siguiente Mildred, la mujer de Montag, descubrió el libro que éste llevó, pero su sorpresa fue mayor cuando vio caer de un resquicio del techo un puñado de libros que Montag había ido atesorando en sus años de trabajo como provoca-incendios. Pero que nunca había leído. Ni hojeado siquiera.
Mientras pasaban las hojas los ojos de Montag acusaban una especie de incendio, que en lugar de consumirlo le avivaban el espíritu. Los de Mildred, por su parte, salían de sus órbitas: nada hay más incendiario que letras que se volatilizan y se regeneran a un mismo tiempo: Mildred encontró algo, se encontró a sí misma sin buscarse, y le bastó mirar apenas unos cuantos lomos, unas cuantas hojas, deletrearlas con la yema de los dedos. Mildred entendió que allí se encontraba el desciframiento del universo, tan incomprensible y escurridizo.

(Montag es el personaje principal de Fahrenheit 451, novela de Ray Bradbury, autor estadounidense que será homenajeado este año en la FIL de Guadalajara)

“Y todavía no hemos visto nada. / Espero que alguien venga, inexorable, / siempre temo y espero, / y acabe por nombrarnos en un signo, / por situarnos en alguna estación / por dejarnos allí, como dos gritos / de asombro. / Pero nunca será. Tú no eres ésa, / yo no soy ése, ésos, los que fuimos / antes de ser nosotros. // Eras sí pero ahora / suenas un poco a mí. / Era sí pero ahora / vengo un poco de ti. / No demasiado, solamente un toque, / acaso un leve riesgo familiar, / pero que fuerce a todos a abarcarnos / a ti y a mí cuando nos piensen solos”Mario Benedetti, “Asunción de ti” -1-

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