
La luna, desde que recuerdo, ha estado allí, colgada de la nada, como un horizonte que por más intentos de acercamiento sigue distante y, al mismo tiempo, tan cercana como el primer día. Pretender alcanzarla con tan sólo estirar el brazo se convirtió, con el paso del tiempo, en un fracaso menor: al principio, su lejanía implicaba la no realización de un sueño; ahora no pasa de ser una certeza sensible aunque tremenda e implacable.
Sabines escribió que “la luna se podía tomar a cucharadas, o como una cápsula cada dos horas”. No obstante la distancia descomunal entre la luna y nosotros, la familiaridad que se circunscribe en nuestra cotidianidad con respecto a ese satélite natural ha llegado a un estado parecido al paroxismo: la exaltación en el afecto por su blancura y redondez ha marcado una relación tan inexistente como extrema.
Hay quien afirma que la luna es buena para la escucha de tragedias, soledades, desatinos y cuanta desmesura se le pueda ocurrir a alguien. El secreto mejor guardado, dice más de uno, es aquel que se le cuenta a la luna. La distancia mayor y, por consiguiente, la menos probable en salvar es la que se abre de aquí a la luna: en esa dimensión puede tener cabida toda clase de acontecimientos o, por el contrario, no suceder gran cosa. Allí hay guardadas asimismo tantas cosas olvidadas de la infancia, tantas calles, tantas vidas, tantos dolores.
“Anda en la luna”, por otro lado, es una frase que se le atribuye a quien muestra una actitud ausente, desinteresada e informe ante toda manifestación que de algún modo le atañe. Andar en la luna, sin embargo, podría considerarse también una delicada manera de salirse del mundo sin poner siquiera un pie fuera de él. Andar en la luna es, con todo, andar con uno mismo: la vuelta a la tierra tiene lugar, entonces, cuando se deja de estar en esa anchura que hay entre nosotros y la luna lunera.
(A propósito del aniversario celebrado en esta semana acerca del acontecimiento lunar de hace 40 años.)
“Hay sumideros que se tragan al tiempo / Momentos sin imágenes que el ojo vive sin parpadear / y de los que nada queda ni en las retinas ni en la memoria / Y habrá que probar después que allí estaba mi ventana al mundo / la vehemente bugambilia / el muro con su crónica en clave de humedades / la historia más difícil más amada / el dolor y todas las cataplasmas / los libros terminados perdidos para siempre….”
Ulalume González de León, “Fascinación de la ausencia de tiempo” en Comentarios
Sabines escribió que “la luna se podía tomar a cucharadas, o como una cápsula cada dos horas”. No obstante la distancia descomunal entre la luna y nosotros, la familiaridad que se circunscribe en nuestra cotidianidad con respecto a ese satélite natural ha llegado a un estado parecido al paroxismo: la exaltación en el afecto por su blancura y redondez ha marcado una relación tan inexistente como extrema.
Hay quien afirma que la luna es buena para la escucha de tragedias, soledades, desatinos y cuanta desmesura se le pueda ocurrir a alguien. El secreto mejor guardado, dice más de uno, es aquel que se le cuenta a la luna. La distancia mayor y, por consiguiente, la menos probable en salvar es la que se abre de aquí a la luna: en esa dimensión puede tener cabida toda clase de acontecimientos o, por el contrario, no suceder gran cosa. Allí hay guardadas asimismo tantas cosas olvidadas de la infancia, tantas calles, tantas vidas, tantos dolores.
“Anda en la luna”, por otro lado, es una frase que se le atribuye a quien muestra una actitud ausente, desinteresada e informe ante toda manifestación que de algún modo le atañe. Andar en la luna, sin embargo, podría considerarse también una delicada manera de salirse del mundo sin poner siquiera un pie fuera de él. Andar en la luna es, con todo, andar con uno mismo: la vuelta a la tierra tiene lugar, entonces, cuando se deja de estar en esa anchura que hay entre nosotros y la luna lunera.
(A propósito del aniversario celebrado en esta semana acerca del acontecimiento lunar de hace 40 años.)
“Hay sumideros que se tragan al tiempo / Momentos sin imágenes que el ojo vive sin parpadear / y de los que nada queda ni en las retinas ni en la memoria / Y habrá que probar después que allí estaba mi ventana al mundo / la vehemente bugambilia / el muro con su crónica en clave de humedades / la historia más difícil más amada / el dolor y todas las cataplasmas / los libros terminados perdidos para siempre….”
Ulalume González de León, “Fascinación de la ausencia de tiempo” en Comentarios
Imagen: http://www.ovillan.com/
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