viernes, 10 de julio de 2009

De chismes y otros gritos


Dicen que el pregón en el barrio fue el antecedente más cercano del chisme, esa especie de voz pública que recorre rostros y rebasa días dejando marcas indelebles: ambos cumplen una función comunicativa que, de algún modo extraño, ensancha el acontecer en los alrededores. Y no sólo eso: ya nada es igual después del chisme. Todo muta y presenta un horizonte distinto: descifrar esos signos implica enterarse, sin ninguna pretensión, acerca de lo que el chisme ha llevado al otro lado del mundo, o quizá de la calle.
Dicen, también, que “los chismes prefiguran una gran batalla”. Y es que más allá de su cometido primero, los chismes son auténticos, grandes duelos a muerte: lo épico le guarda un reducto especial a este pasajero que igual viaja despacio, lento que a una velocidad incontrolable. Numerosas de esas peleas, lo aventuro únicamente, se habrán dirimido tras un vaivén verbal: la saliva, en esas lides, juega un papel protagónico, puesto que no de en balde se afirma que “quien tiene más saliva traga más pinole”. Quien dice más palabras es que tenía mejor preparada la estrategia.
La disputa, sin embargo, no se da sin un cometido particular; no hay chisme ni duelo a muerte que no busque la disolución de algo concreto: los vericuetos y canales que recorre el chisme para alcanzar su clímax, tras el cual no desaparecerá sino que expandirá sus redes, conducen, como antaño todos los caminos llevaban a Roma, al sitio de su origen: en esa vuelta a sus primeras voces busca legitimar lo que dejó en el otro extremo: lo dicho y comunicado no podrá ser ya deshecho, desmentido ni se verá disminuido en lo más mínimo.
De las cualidades de los chismes, a estas alturas, todos están enterados, de sus alcances, sin embargo, pocos saben, o quizá nadie, qué esferas o vidas puede llegar a romper, descuartizar, aniquilar: la vorágine que lleva en su interior sólo es comparable con aquel ímpetu que muestra quien arremete contra esos molinos de viento que pueblan la memoria de todos los que, alguna vez, han jugado a decir al oído algunas palabras que tras compartirse se convierten en una aseveración, no comprobada ni probada por nadie en ningún tiempo.

“Mis juguetes volvieron con la tarde, / culpa de un quejido en la escalera / (su madera nostálgica y podrida), / o de aquella bombilla que no prende. / Fantasmas certeros / me desnudan de tiempo. / Pequeños tranvías / recorren mis arterias en silencio. / Párpados de metal multiplicado / esconden las ventanas / de tal suerte / que bien podría la ciudad / haberse sumergido”
Carmen Villoro, “En sepia” en Que no se vaya el viento

Imagen: farceck1.wordpress.com

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