
A más de algún conocido, pariente o amigo le ha acontecido algo extraño, algo que carece de una explicación más o menos coherente, que más allá de tener como eje transversal lo razonable pende de un hilo tan delgado que raya en lo inverosímil, que en cuanto lo cuentan se les tacha de mentirosos, lunáticos, inventores: se les acusa, en el fondo, de no querer pertenecer a todo este conglomerado de seres terrenales con los que convivimos y con los que nos confundimos.
Se sabe de fantasmas, apariciones, voces, presencias, imágenes, arrastre de cadenas, pláticas de vivos con muertos que no pertenecen a este mundo práctico y sólido que vemos a diario: quien ha sido testigo de tamaña desproporción mental, visual o auditiva no siempre la tiene fácil para convencer a sus semejantes del hecho: su tarea es de proporciones titánicas, desmedidas en fondo y forma. Quizás el solo hecho de divulgar ese fenómeno le valga para pasar por un ser extraño, por un sujeto al que por siempre se le conocerá como a alguien al que le falta un tornillo.
Más allá de la pertinencia –o despropósito– de discutir aquí acerca de la veracidad o falsedad de todas estas cosas, quiero poner el acento en la cualidad determinista que adquieren: de boca de un vecino si llega a los oídos, por ejemplo, de un futuro inquilino que en la casa o departamento que está por rentar o adquirir se escuchan ruidos extraños o se aparece de vez en cuando una anciana que ahí murió, éste optará por seguir buscando a dónde mudarse, descartando radicalmente tal oportunidad. La consigna de esa información cumple dos cometidos: enterar a las personas de qué es lo que va a rentar o comprar y, de paso, hacer mella en su decisión que, valga decirlo, las más de las veces acaba por no concretarse.
Esos edificios en que “se aparece…”, “se escucha…”, “se ve…” se distinguen de entre los demás, se les endilga una condición que no podrán desprenderse ya, a menos que los echen abajo o adquieran una fisonomía cien por ciento distinta a aquella que tenían cuando en su interior sucedían cosas extrañas: acontece incluso con las personas, si un buen día se les encuentra diferentes a aquella imagen que los acompañó por muchos años se abre, por principio, un paréntesis de sorpresa y, después, se rebobinan, a una velocidad inaudita, toda esa gama de recuerdos que luchan por ganar un pequeño espacio en la nueva impresión: batalla perdida, dirían algunos, pues la nueva fachada desplaza en un respiro a la antigua.
“Hace apenas un pensamiento estabas vivo / Decíamos, / él dice / él quiere / nos pregunta / Qué pronto nos pusimos a llorar / y a hablar de ti en pretérito imperfecto / No hubieras preferido menos duelo y más asombro? / Pero nadie quiso brindarte la oportunidad de la duda: / ahora sé lo que quiere decir el “muerto muerto” / Lloramos para perderte con todo y fantasma / por miedo a convertirnos en tu última casa”
Ulalume González de León, “Recién muerto” en Descripciones
Se sabe de fantasmas, apariciones, voces, presencias, imágenes, arrastre de cadenas, pláticas de vivos con muertos que no pertenecen a este mundo práctico y sólido que vemos a diario: quien ha sido testigo de tamaña desproporción mental, visual o auditiva no siempre la tiene fácil para convencer a sus semejantes del hecho: su tarea es de proporciones titánicas, desmedidas en fondo y forma. Quizás el solo hecho de divulgar ese fenómeno le valga para pasar por un ser extraño, por un sujeto al que por siempre se le conocerá como a alguien al que le falta un tornillo.
Más allá de la pertinencia –o despropósito– de discutir aquí acerca de la veracidad o falsedad de todas estas cosas, quiero poner el acento en la cualidad determinista que adquieren: de boca de un vecino si llega a los oídos, por ejemplo, de un futuro inquilino que en la casa o departamento que está por rentar o adquirir se escuchan ruidos extraños o se aparece de vez en cuando una anciana que ahí murió, éste optará por seguir buscando a dónde mudarse, descartando radicalmente tal oportunidad. La consigna de esa información cumple dos cometidos: enterar a las personas de qué es lo que va a rentar o comprar y, de paso, hacer mella en su decisión que, valga decirlo, las más de las veces acaba por no concretarse.
Esos edificios en que “se aparece…”, “se escucha…”, “se ve…” se distinguen de entre los demás, se les endilga una condición que no podrán desprenderse ya, a menos que los echen abajo o adquieran una fisonomía cien por ciento distinta a aquella que tenían cuando en su interior sucedían cosas extrañas: acontece incluso con las personas, si un buen día se les encuentra diferentes a aquella imagen que los acompañó por muchos años se abre, por principio, un paréntesis de sorpresa y, después, se rebobinan, a una velocidad inaudita, toda esa gama de recuerdos que luchan por ganar un pequeño espacio en la nueva impresión: batalla perdida, dirían algunos, pues la nueva fachada desplaza en un respiro a la antigua.
“Hace apenas un pensamiento estabas vivo / Decíamos, / él dice / él quiere / nos pregunta / Qué pronto nos pusimos a llorar / y a hablar de ti en pretérito imperfecto / No hubieras preferido menos duelo y más asombro? / Pero nadie quiso brindarte la oportunidad de la duda: / ahora sé lo que quiere decir el “muerto muerto” / Lloramos para perderte con todo y fantasma / por miedo a convertirnos en tu última casa”
Ulalume González de León, “Recién muerto” en Descripciones
Imagen: alhventana.blogspot.com
No hay comentarios:
Publicar un comentario