miércoles, 29 de julio de 2009

Fragmentos


El paisaje cercano que rodea el edificio donde vivo es de un tremendo desaliño, como todo lo que suena a periferia. En él se puede encontrar un conglomerado de construcciones que funcionan más como anclajes de la cotidianidad que como incentivos para la desmesura: su simplicidad no radica en sus fachadas desgastadas, cúpulas horrorosas, calles bien cuadriculadas, o ese ejército de tinacos que van del claro al negro sin mediar otra tonalidad. Y en ese paisaje, no obstante, supongo que se esconde un misterio: escudriñarlo por un largo tiempo no supe el develamiento de que lo que allí se oculta. Y ni el paso del tiempo otorga el indulto.
Todo paisaje es un atributo de la geografía, un rincón del mundo que siempre está quieto: su estatismo, sin embargo, no implica que aguarde que sobrevenga algún acontecimiento que lo altere de algún modo; la espera no le preocupa ni le ocupa. El paisaje nunca cambia. Lo que de pronto sufre una transformación tiene que ver más con la mirada de quien lo contempla que con una mutación que surja de su interior: son tan minúsculas sus variaciones que no se les considera como tales.
El paisaje, dicen, es un pedazo de una amplia fotografía que a ningunos ojos es dable poder abarcar: en los paisajes, sin quererlo, guardamos cosas, sentimientos, urgencias, pesares; y en ese sentido “el mismo paisaje” (un fragmento, quiero decir) no dice lo mismo para todos: “el paisaje que mira José es mucho más rico que el que vemos nosotros: está más lleno de nombres y ausencias”, escribió Antonio Muñoz Molina.
Si como dice este escritor, “(un paisaje) es el paraíso detenido en el tiempo”, el paisaje más querido, el mayormente recordado, al que más veces recurrimos es el que se relaciona directamente con el modo en que miramos el mundo, con el tipo de vida que llevamos: todo paisaje, urbano, deslumbrante, borroso, lejano, construido, esperado, imprevisto, e incluso el nunca visto tiene la potestad de ser más largo que la propia vida: en su infinitud inicia y termina el mundo.

(Muñoz Molina en “El viaje en la arena”, crónica publicada apenas el sábado pasado en Babelia.)

“Casi me alegra la insolencia con que te instalas en mi corazón / y desvías la brújula del pensamiento / hacia los parajes que frecuentabas / tú / que eras secreta como una almendra / Ahora te atravieso como a una plaza sin sombras / Te adivino como a una moneda que ofrece cara y cruz al mismo tiempo / Te leo como a un libro que pudiera abrirse en todas sus páginas a la vez / Y creo que corriges / ay / tan a posteriori / nuestros malos recuerdos”
Ulalume González de León, “Muerta” en Descripciones

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