
¿Qué es el nacionalismo, cuánto vale? ¿Quién es más nacionalista, el que defiende de “ataques extranjeros” a su patria o el que la construye desde abajo? Me pregunto todo ello porque en mi bandeja de correo aparecen continuamente envíos (todos de conocidos) que promueven la defensa de tal o cual producto mexicano frente al de otro lugar, la votación de un sitio nacional para que pueda ingresar en las nuevas maravillas del mundo, la elección por medio del voto de la bandera más bonita del mundo, el desprestigio que se hace del “identitario nacional” por parte de compañías trasnacionales con el objeto de incrementar ventas o abrir nuevos mercados (ejemplos, Coca Cola, Memín Pingüín; que, debo aclararlo, no son del todo desechables), todo ello con un afán de resaltar lo nuestro ante lo venido de tierras extranjeras. Y sin embargo, a pesar de lo dicho, me cuento entre los que contemplan comprar lo hecho aquí.
Volviendo a las preguntas iniciales, ¿es ese reduccionismo ramplante el nacionalismo que impera? ¿Por qué tanto vigor se empeña, por ejemplo, cuando se trata de repeler las oleadas invasoras de discursos y declaraciones y, al mismo tiempo, tamaña dejadez ante el acostumbramiento del devenir de una vida tan mexicana como sajona? El punto de encuentro de dos culturas quedó diluido hace mucho tiempo: si se quiere permanecer al margen del trotar globalizante en que ha caído el mundo cerremos las fronteras terrestres, aéreas, marítimas y de toda índole, y arreglémonoslas como podamos. Y no me postulo en favor de una globalización descarnada, galopante, sólo pongo el acento en que es complicado (mas no imposible) hoy sustraerse ante el embate diario de tanto intento extranjerizante; y en el peligro de caer en la tentación de una defensa a rajatabla de todo ese conglomerado que consideramos “lo nuestro”, cuando lo cierto es que de “nuestro” ya no tiene ni una pizca.
No pido una aceptación gustosa y total de lo que nos acontece por mediación de intereses ajenos al territorio nacional, pero, lo aventuro, nuestro territorio, incluso, ya no tiene un estatus propio. Me viene a la mente ahora, por ejemplo, la argucia que divulgan algunos respecto a que cuando se trate de ir al súper a hacer compras lo hagamos en Soriana, una tienda de capital mexicano. Es loable la intención, no así lo que hay detrás: más de dos veces he ido a tal comercio y en todas esas ocasiones el servicio ha sido malo, cuando no pésimo y lamentable. ¿A dónde ir, entonces, a lugares que por un rasgo de identificación nos ligan a ellos aunque salgamos siempre decepcionados, o a otros donde acontece todo lo contrario, aunque, debo decirlo, a veces raya en una simplicidad bonachona y detestable?
Cárdenas, sin querer sonar reduccionistas, no fue más que un tipo que quiso apropiarse de un producto (la nacionalización del petróleo) que más que nacional era moneda de cambio por un progreso que de algún modo tendría que llegar. Ahora sí que el “Tata” Cárdenas estuvo en el momento y lugar exactos: nada más, y esa oportunidad le guardó un lugar en la historia. Con esto quiero decir que el nombrado nacionalista en realidad vende lo propio para poder acceder a lo ajeno. Así de sencillo, así de simple. ¿A qué apela, entonces, aquel que quiere hacer de un motivo propio-nacional un frente común? ¿De dónde brota ahora tanto nacionalista que defiende a ultranza tales postulados y, sin embargo, no contribuye a la construcción de un mejor país, comenzando por eliminar tales manifestaciones (posiciones cerradas, cadenas de correos, declaraciones insulsas) que únicamente perfilan un estado colectivo esquizofrénico y miope? Que quede asentado, sin embargo, que no aplaudo la “invasión” que se hace de los motivos nacionales, lo que denosto es el repentino interés por la reivindicación de todo aquello que nos es cercano, familiar casi, cuando de esto venimos sufriendo desde antes de que los españoles pisaran estas tierras. Después de contribuir al saqueo ahora se alarman al darse cuenta lo poco que queda.
“Cómo darte las gracias / por la luz palpitante de aquel faro, / por el sonido suave de los remos / en esta noche grande. / Es más ancho mi pecho. / Hoy le caben los puertos, / hoy que encallas / tibiamente / junto a mí”Carmen Villoro, “Ulises cotidiano”
Volviendo a las preguntas iniciales, ¿es ese reduccionismo ramplante el nacionalismo que impera? ¿Por qué tanto vigor se empeña, por ejemplo, cuando se trata de repeler las oleadas invasoras de discursos y declaraciones y, al mismo tiempo, tamaña dejadez ante el acostumbramiento del devenir de una vida tan mexicana como sajona? El punto de encuentro de dos culturas quedó diluido hace mucho tiempo: si se quiere permanecer al margen del trotar globalizante en que ha caído el mundo cerremos las fronteras terrestres, aéreas, marítimas y de toda índole, y arreglémonoslas como podamos. Y no me postulo en favor de una globalización descarnada, galopante, sólo pongo el acento en que es complicado (mas no imposible) hoy sustraerse ante el embate diario de tanto intento extranjerizante; y en el peligro de caer en la tentación de una defensa a rajatabla de todo ese conglomerado que consideramos “lo nuestro”, cuando lo cierto es que de “nuestro” ya no tiene ni una pizca.
No pido una aceptación gustosa y total de lo que nos acontece por mediación de intereses ajenos al territorio nacional, pero, lo aventuro, nuestro territorio, incluso, ya no tiene un estatus propio. Me viene a la mente ahora, por ejemplo, la argucia que divulgan algunos respecto a que cuando se trate de ir al súper a hacer compras lo hagamos en Soriana, una tienda de capital mexicano. Es loable la intención, no así lo que hay detrás: más de dos veces he ido a tal comercio y en todas esas ocasiones el servicio ha sido malo, cuando no pésimo y lamentable. ¿A dónde ir, entonces, a lugares que por un rasgo de identificación nos ligan a ellos aunque salgamos siempre decepcionados, o a otros donde acontece todo lo contrario, aunque, debo decirlo, a veces raya en una simplicidad bonachona y detestable?
Cárdenas, sin querer sonar reduccionistas, no fue más que un tipo que quiso apropiarse de un producto (la nacionalización del petróleo) que más que nacional era moneda de cambio por un progreso que de algún modo tendría que llegar. Ahora sí que el “Tata” Cárdenas estuvo en el momento y lugar exactos: nada más, y esa oportunidad le guardó un lugar en la historia. Con esto quiero decir que el nombrado nacionalista en realidad vende lo propio para poder acceder a lo ajeno. Así de sencillo, así de simple. ¿A qué apela, entonces, aquel que quiere hacer de un motivo propio-nacional un frente común? ¿De dónde brota ahora tanto nacionalista que defiende a ultranza tales postulados y, sin embargo, no contribuye a la construcción de un mejor país, comenzando por eliminar tales manifestaciones (posiciones cerradas, cadenas de correos, declaraciones insulsas) que únicamente perfilan un estado colectivo esquizofrénico y miope? Que quede asentado, sin embargo, que no aplaudo la “invasión” que se hace de los motivos nacionales, lo que denosto es el repentino interés por la reivindicación de todo aquello que nos es cercano, familiar casi, cuando de esto venimos sufriendo desde antes de que los españoles pisaran estas tierras. Después de contribuir al saqueo ahora se alarman al darse cuenta lo poco que queda.
“Cómo darte las gracias / por la luz palpitante de aquel faro, / por el sonido suave de los remos / en esta noche grande. / Es más ancho mi pecho. / Hoy le caben los puertos, / hoy que encallas / tibiamente / junto a mí”Carmen Villoro, “Ulises cotidiano”
Imagen: http://www.elpais.com/
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