martes, 14 de julio de 2009

Otro domingo (ahora sí) sin sol


Es imposible. No puede tratarse de otro día: es domingo. Todas las señales indican que se trata de un domingo como cualquier otro que ha venido y se ha ido sin más alteración que un número distinto en el calendario o en la casilla del mes en turno. Amaneció, ese día, sin embargo, con un telón gris pendiendo del cielo bajo: al poco rato se desató una de esas lloviznas que se ven a menudo y que, por más ímpetu y persistencia que muestren, no pueden llamárseles tormentas. Tienen, a lo mucho, cierta condición ineluctable, una humedad que se unta con desparpajo.
El domingo no puede instalarse en otro día, pues se trata de una vieja condición que no podrá ya desprenderse. En sus horas de invención acontecen toda una sarta de actos que inequívocamente no podrían ser reconocidos si vinieran en el fatídico sábado o en el jueves aguafiestas: de ello depende su permanencia en el imaginario semanal, de su inquebrantable decisión de escindir todo aquello que amenaza con la invasión de sus oquedades bien llamadas “dominicales”.
Y es que el domingo no es otra cosa que un paréntesis, un letargo que vientre adentro no guarda un espacio, ni uno siquiera para que la intuición se instale: de ese mandato al sonambulismo no media ni un metro, ni una palabra, ni una puerta, ni una ventana abierta, ni un tendedero, ni un mediodía abrasador, ni un pretexto para no dejar la cama en todo el día, en todo el domingo, en un domingo que no se parece a otro porque así lo evidencian las páginas ominosas del calendario.
En un día domingo no hay tiempo para los juegos pirotécnicos: en su pardo atardecer, cuando mucho, surcan los aires una retahíla de cometas extraviados que han viajado miles de kilómetros para venir a morir en el horizonte que se divisa en el marco de la ventana que da a la calle: hay allí una consigna y una decisión de no irse de boca, trastabilleo de por medio, al saberse condenado a la tristeza en un día para siempre.

“Me prendo de la cama en mi naufragio. / Hago de las almohadas mi trinchera / porque detrás de la cortina / está la boca, el hoyo, / ese sepulcro. / Y sin embargo aquí no pasa nada, / es solamente que tengo seis años / y es de noche”
Carmen Villoro, “En sepia” –V– en Que no se vaya el viento

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