miércoles, 15 de julio de 2009

No lo resuelve


No ha partido aún, no se ha quedado siempre tampoco. En ese intersticio respira aún el último resabio de esperanza que sobrevive a toda tempestad angustiosa. Imagina que la vida puede ser extrañamente un círculo de aciertos y errores que estamos condenados a repetir cada cierto tiempo, cada cierta distancia, en cada nueva aventura de los días.
Va y viene. Sale y entra. Lee e interrumpe enseguida la lectura. Le da un trago a la cerveza. Intenta encender un cigarrillo. Desiste. Se asoma por la ventana. Cambia el disco en estéreo. Sube el volumen. Prepara la cafetera. La conecta. Revisa algunos cartones de películas a la mano. No lo convence ninguna. Abre una revista. Hojea distraídamente. La cierra. Piensa en bañarse. Lo descarta. Toma el periódico. Inicia un crucigrama. No lo resuelve. Vuelve a la lectura. Le da otro trago a la botella. Toma de nuevo el cigarro y el encendedor. Los arroja. El círculo se agranda y ensancha, y sus alcances son inciertos pues todo sucede sin su consentimiento; más aún, sin conciencia de nada casi.
En él hay letargo. Cansancio. Agobio. Desgana. Insufribles segundos. Poca inventiva. Nulos ánimos. Escasas risas. Mínimas palabras. Silencio. Algo, un poco, atisbos de silencio. El aire está intocable. Temor nocturno. Frío. Dolores (físicos, sobre todo). Miradas desde muchos ángulos, de distintas alturas. Abigarrados aconteceres. Actos por puro reflejo. Insomnios letales. Insomnios de todos colores. Insomnios veleidosos. Insomnios que zarpan temprano y atracan en cuanto anochece. Y a la vuelta a la página está ya a la vista, en espera, incansable, a punto.
El paisaje no ha variado en absoluto en los últimos tiempos; a lo mucho, se suceden algunas escenas no vistas antes que, sin embargo, no tienen el vigor suficiente para desbaratar un horizonte y construir otro al instante y aún más, sobre las viejas ruinas. El espejo de los días no acaba por empañarse, pero no pasa mucho tiempo antes que mude de gesto: hay allí, en su reflejo, otro que no es él y que lo suplanta, con descaro; o quizás sí lo es, sólo que por más que se empeña no logra reconocerse.

“Pasa el tren / silbando entre la noche. / ¿Es el tren que atraviesa las ciudades, / o es el tren interno / que rompe su sirena en mi memoria? / Lamento de metal, / bala de tiempo, / animal luminoso entre los llanos, / su rabia bamboleante / tiene algo que ver con mi silencio”
Carmen Villoro, “En sepia” –VI– en Que no se vaya el viento

Imagen: fotosgrises.blogspot.com

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