martes, 21 de julio de 2009

Tienes cara de....


No es posible atravesar los días sin ser visto (a menos que alguien haya descubierto ya la fórmula de la invisibilidad). Estar al alcance de ojos extraños supone, a veces, andar por un camino tortuoso: no falta quien, echando mano de quien sabe qué malditos oficios, te endilga alguna profesión que nada tiene que ver con tu existencia diaria. En esa exposición a los pareceres ajenos si se sucumbe ante la fatídica declaración se pueden sufrir mutaciones diversas y sucesivas de tan particular fuerza que se acaba siendo aquello que no se es. Hay que andarse con cuidado.
Cuando menos se piensa, incluso cuando más empeño se pone en cierta actividad, alguien suelta la frase lapidaria: “tú tienes cara de que… eres matemático”. ¡Carajo! Y entonces las evidencias apuntan a que el susodicho lleva los números en los ojos, colgando de los brazos, signados en la frente, como un escudo entre pecho y espalda, y además va dejando en el suelo una serie de cuatro en cuatro –como las que dejaban de tarea en la primaria– impresa con sus huellas. ¿En qué se basan esos endilgadores de talento para determinar quién es bueno en qué cosa?
Y los oficios y profesiones que esgrimen los sabelotodos van desde lo irrisorio, lo ridículo, lo impositivo, hasta lo estrambótico, desalentando incluso a aquel que ya había comprobado, por ejemplo, que su desempeño en el deporte era óptimo pero que, para ellos, para su ojo experto, podrían ser buenos chóferes de taxis del aeropuerto: la desgracia tiene distintos rostros, y uno de los más crudos es la desaparición ipso facto de una certeza largamente trabajada.
Si los rasgos del rostro, producto de una herencia a la que no se puede renunciar, y los gestos repartidos ante toda clase de situaciones determinan a qué se puede dedicar uno el resto de la vida, habría entones que institucionalizar una nueva manera de test vocacional, cuyos parámetros estarían dictados por un vistazo multidisciplinario pero del todo ajeno a nosotros. Si “la realidad de la máscara es el rostro”, como decía Xavier Villaurrutia, saquemos de los armarios todas las máscaras que hemos guardado a lo largo de los años y ajustémoslas a nuestra nueva manera de conducirnos por el mundo, quizá allí haya algo escondido que nos reditúe satisfacciones a largo plazo.

(El pasado viernes murió en la Ciudad de México la poeta y cuentista Ulalume González de León, nacida en Montevideo pero nacionalizada mexicana cuando tenía 17 años. Interrumpo la serie dedicada a Carmen Villoro para incluir textos poéticos de Ulalume, como un pequeñísimo homenaje por sus letras.)

“Inventando que vivo / en palabras me pierdo / Dónde empieza la vida? / Dónde acaba mi cuento? / Se abren todas las puertas: / busco la que se niega / Cada cinco minutos / gano y pierdo una apuesta”
Ulalume González de León, “Inventando que vivo” en Juegos

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