
Las lluvias vinieron ya para quedarse, al menos por un tiempo. La ciudad, de un día para otro prácticamente, presenta un rostro distinto, renovado, ha guardado en algún rincón su gesto deslucido. Las venas de las calles se apuran a destaponarse, pues las nuevas cosas que trae el agua necesitan ser llevadas por todos los resquicios de una metrópoli que ya se había acostumbrado a su respirar polvoriento.
Quien piense que los tiempos de lluvia complican la vida cotidiana se debe a que, a veces, los días lluviosos, por su incesante martilleo prolongado, llegan a irritar a más de alguno: el alivio para tales aflicciones tiene que ver con aquello que sostenía Rulfo en Pedro Páramo: “puede tronar el cielo, puede venir la lluvia, puede llegar la primavera”. La lluvia es la antesala de otro tiempo que no puede considerarse ligado al anterior; es decir, tras las lluvias sobrevendrá un tiempo de quietud: las siguientes horas, largas y delicadas, traerán un sabor a lluvia ida, a una lluvia desaparecida sin remedio.
Y como cada año, vuelve el mismo rito, la misma sensación, el mismo proceder ante el despedazamiento del cielo: todo mundo corre en todas direcciones buscando no ser tentado por el agua. Hay que decir que la mayoría no con buena suerte: las gotas cada vez vienen más aguzadas, más afiladas para bordear toda clase de instrumentos y obstáculos de los que ingeniosamente los transeúntes echan mano para evitar ese contacto milenario. Al final, el mito de la mujer vestida de rojo bañada por un chubasco hace presa de todo aquel que va por la calle cuando las nubes desatan el nudo que las contenía.
¿Qué puede escribirse acerca de la lluvia que no haya quedado ya dicho, en otros tiempos, en otras hojas, bajo distintas circunstancias? Quizás que no obstante el paso de los años el agua sigue siendo una buena noticia, quizás que con su presencia se abre la hora de los inventos delicados, quizá que guardarse del agua es semejante a viajar dormido y perderse toda clase de horizontes, quizá que toda lluvia acontece cuando en el mundo se sincronizan todas las palabras que no se pronunciaron y se pensaba que morirían en el olvido más humillante. La lluvia, insisto, es una feria popular que reúne al cielo con la tierra: la distancia que hasta entonces los separaba baja su telón, guarda sus pertenencias y se marcha a otro lugar.
“Sueño con serpientes, con serpientes de mar, / con cierto mar, ay, de serpientes sueño yo. / Largas, transparentes, y en sus barrigas llevan, / lo que pueden arrebatarle al amor. / Oh, la mato y aparece una mayor; / oh, con mucho más infierno en digestión”
Silvio Rodríguez, “Sueño con serpientes” en Días y flores
(El título del post, “Resudor copioso”, es una frase del poema “Árboles” de Eduardo Hurtado)
Imagen: www.experienciapersonal.es
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