jueves, 11 de junio de 2009

Voy, salgo, abro, hablo


Voy y vengo. En los pasos, más que en otra cosa, se da una circularidad irremediable. Voy y vengo; y en el regreso, inconscientemente, busco rehacer los círculos de mis andanzas. En un momento dado, al detenerme, contemplo el escenario: los pasos, más que cualquier otra cosa, se inclinan con devoción a la circularidad, al siempre inacabado rodeo de los caminos.
Salgo y entro. Las acciones todas, incluso las que podrían calificarse de vanas, en su realización conllevan entrar o salir: si se sale, se trata de una acción que carece de valía inmediata, o de algo que, de entre todo, es preferible dejar de lado; si se entra, en cambio, lo hecho obedece a una ley no escrita y, por ende, no divulgada con demasía: el impulso de la mano (creadora, obediente, costumbrista, mecánica) es igualmente proporcional al empuje que brota de los adentros.
Abro y cierro. Cualquier intento en estos dos rubros viene, sin dudarlo un momento, del anhelo de descubrir otros horizontes. Lo que se encuentra tras abrir o cerrar, cerrar o abrir, varía, y se alinea en función de lo buscado; es decir, si se abre, aquello que se quiere alcanza una dimensión que no es posible ceñir. Pero si se cierra, lo allí dejado, tras el retorno, no será ya lo mismo, y su confinamiento definitivo será el paso a seguir.
Hablo y callo. Palabras habladas, palabras calladas. ¿Es posible callar las palabras si en su pronunciamiento ya les es imposible conservar su mudez? Hablar y callar son indisolubles, irreconciliables, invencibles, interminables. Cuando una y otra alternan lugares en algún mismo momento, sobreviene entonces un caos mínimo que podría salirse de control si, con ningún tipo de escrúpulo, un mismo individuo calla mientras habla, o habla sin cansancio desde su silencio.

“Ojalá que las hojas no te toquen el cuerpo cuando caigan / para que no las puedas convertir en cristal. / Ojalá que la lluvia deje de ser milagro que baja por tu cuerpo. / Ojalá que la luna pueda salir sin ti. / Ojalá que la tierra no te bese los pasos. / Ojalá se te acabe la mirada constante, / la palabra precisa, la sonrisa perfecta. / Ojalá pase algo que te borre de pronto: / una luz cegadora, un disparo de nieve. / Ojalá por lo menos que me lleve la muerte, / para no verte tanto, para no verte siempre / en todos los segundos, en todas las visiones: / ojalá que no pueda tocarte ni en canciones”
Silvio Rodríguez, “Ojalá” en Cuando digo futuro

Imagen: fotosgrises.blogspot.com

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