martes, 16 de junio de 2009

Pancracio


a la Rendidora Sabelotodo, antes Mascarita Sagrada

A propósito de haber visto la película Nacho Libre (sin aludir concretamente a ésta), quisiera anotar (o denunciar) que la lucha libre hoy es más que un enfrentamiento entre dos (o más rivales, según la modalidad que se adopte) sobre un cuadrilátero, un lamentable espectáculo en el que se arrastra el prestigio ganado por muchos años. El arte del pancracio, como lo llaman los viejos locutores, no es, ni por mucho, un deporte ya, sino un remedo falso de aquél, de poses de cartón e ínfulas dantescas. Un circo de acrobacias que nada debe a las más aplaudidas exhibiciones de un payaso callejero.
He presenciado en vivo solamente dos funciones de lucha libre: de ese par de memorables encuentros saqué en claro una cosa: la lucha, bien cuidada y expuesta, supera la escenificación de un pleito en el que hoy la imagen que proyecta el luchador es lo más importante, donde lo de más valía radica en lo que tiene lugar fuera del encordado y no sobre esa superficie en la que un luchador debiera esperar la tercera caída de cara a los reflectores.
La apantallante musculatura, la vestimenta estrafalaria, las poses de levantador de pesas abombado, los dimes y diretes entre luchadores bajo micrófono abierto para toda la arena, (dice un chompa que) las agarradables edecanes que acompañan al luchador hasta el ring, la máscara más colorida y esperpéntica, las mayas y botines atestados de brillantina mal pegada; todo ello es hoy la mitad, si no es que más, del espectáculo de una función de lucha libre. Devaluación infame, simplemente.
El espíritu de la lucha libre que tanto enaltecieran el Huracán Ramírez, Mil Máscaras, el Solitario, el Matemático, el Dr. Wagner, Septiembre Negro, Blue Demon, y el mismo Santo, se halla extraviado, con un tanque de oxígeno a la espalda, respirando con dificultad, arrastrando los pies en su andar, con la mirada botada y perdida sin remedio, desorientado a tal punto…. acosado por esos empresarios que han hecho de ese deporte un emporio deplorable. Gritar desde las butacas, alentando al luchador favorito o demeritando a los contrarios, es hoy lo único que puede salvar de la total perdición al viejo arte del pancracio. Porque, más allá, sobre el cuadrilátero, ya no acontece nada que pueda dar para pensar en un ejercicio propio de la vida.

“Supo la gran aventura, / supo la estación más triste, / supo el dolor que se viste / de redención la cintura; / supo la traición más dura, / luego el silencio, el rumor, / luego el murmullo, el clamor, / y al fin supo el aullido, / y del último estallido / mi abuelo supo el amor. / Así lo sé porque quiero / echarme en su misma fosa, / sin oración y sin losa, / hueso con hueso viajero; / lo sé como el aguacero / sabe que acaba en la orilla….”
Silvio Rodríguez, “Yo soy de donde hay un río” (o “Décimas a mi abuelo”) en Silvio autobiográfico

Imagen: www.mexside.com

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