martes, 23 de junio de 2009

Ventana en blanco


La página blanco es semejante a una planicie que se avista desde una cima cercana. Los primeros pasos dados en aquella sabana blancuzca carecen de dirección, a menos que en cada pisada se deje una incisión reconocible aun pasado el tiempo. Es fácil perderse, aunque es más sencillo hallarse: puede parecer una contradicción porque no se trata de ir a la deriva, sino de seguir una ruta previamente estipulada mirando siempre al frente, no cejar en la marcha, detenerse cuando el cansancio lo indique, reanudar el camino apenas se tengan fuerzas suficientes y no temer ante ningún embate que amenace con sembrarnos allí, donde no haya señal ninguna.
Una ventana que se abre distraídamente, eso es la página en blanco: una posibilidad (remota, sí) en toda su dimensión, en todo ese esplendor que a ratos resulta tan difícil de aprisionar. Más aún, que nunca es sencillo aprehender. Una ventana en blanco que se niega a cerrarse sobre sí, hacía sí: un mar de veras ampuloso, lechoso, que descarta de inmediato toda intromisión y desbandada cuando se le ha poblado, no sin batallar ni insistir hasta el hastío.
Es un sueño recurrente que no tiene vuelta de hoja, y en dado caso el poder darle vuelta se deberá a su doble condición de atmósfera reluciente: llega un momento, deslumbrante, en que la planicie va poblándose de minúsculos rastros que tienen vida y sin embargo permanecen quietos, no se atreven a deslizarse ni un poco por considerar que un movimiento en falso provocará que aquella ventana se cierre de un golpe para siempre. La página en blanco en un instante es la geografía de un pueblo que aunque fragmentado presume una barrera hecha de piedra y lodo, que impide su invasión.
La página en blanco apareció desde los primeros tiempos, y ha logrado sobrevivir a pesar de la vorágine que ha envuelto al mundo desde entonces: en su condición primigenia, universal, histórica pueden encontrarse las claves que detonan el significado de su presencia, ya anquilosada, entre nosotros: en ella tiene lugar la única maravilla que se puede crear sin arrebatos ni aspavientos: la escritura, la lectura, las otras vidas, el encuentro con el mundo.

“La vida de un pájaro en vuelo, / la vida de un amanecer, / la vida de un crío, / de un bosque y de un río, / la vida me ha hecho saber. / La vida del sordo y del ciego, / la vida que no sabe hablar, / la del triste loco, / la que sabe a poco, / la vida me ha hecho soñar. / La vida voraz que se enreda, / la vida que sale a jugar, / la vida consciente que queda, / la vida que late en el mar”
Silvio Rodríguez, “La vida” en Rodríguez

Imagen: koketaporsiempre.spaces.live.com

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