
Kari es una mujer que no resulta fácil acomodarla en alguna definición. Quien la conoce sabrá a qué me refiero con eso de su no sencillo encasillamiento. Por donde se le vea, aún con ojos de sangre –como los míos, es mi hermana–, el encuadre de sus emociones se dispara a la menor provocación, al más ínfimo roce o inútil palabra. He tratado de entenderla en todos estos años, y debo decir que las más de las veces, los más de los días, me vence su proceder imprevisto, sus conclusiones de arrebato, sus sentencias inverosímiles.
A Kari la supe cercana una noche en que en un evento multitudinario nos le perdimos a mi papá: ella y yo, siendo todavía niños, tuvimos que recorrer algunos kilómetros para volver a casa, a ratos caminando, a ratos casi corriendo, a veces con un miedo atroz, pero nunca nos soltamos las manos: en ese gesto casi de auxilio se selló una complicidad que, muy pocas veces, a lo largo de los años, ha vuelto a disparar los laureles al cielo.
La vida de Kari tomó un cauce que nadie esperábamos, más aún, que nadie deseábamos: es cierto que está donde quiere estar, sin embargo eso no quita que hasta hoy cargue más tristeza que buenos momentos. De aquella adolescente y joven que irradiaba tantas contradicciones como aciertos, hoy ya no queda más que el resabio de una mujer que da tristeza, incluso, tan sólo mirarla; Kari sigue cerca, como lo ha estado siempre, que resulta casi imposible pretender no verla cuando cruza frente a los ojos.
“Karetina”, le decía mi abuela, y nos reíamos de ello, con la consecuente molestia de Kari. “Kare, Kare….”, le hablaba y nosotros ya estábamos celebrando aquella pronunciación: es cierto que mi abuela no lo hacía con ninguna intención de burla o de distracción, pero también es cierto que no podía desprenderse esa manera de llamar a sus nietos. A Octavio le decía “Payo”, y “Chochel” a Xóchitl. Y así podría extenderme. Kari, a diferencia de los otros dos, no aguantaba que nos burláramos, pero apreciaba en el fondo aquella distinción de mi abuela.
“Comenzamos un día / por los senderos / de siempre y todavía; / comenzamos felices / por juntar cicatrices, / como buenas señales de los años, / y, peldaño a peldaño, / levantamos paisaje / sin excusa, sin ruego / y sin ultraje. / ¿Quién se atreve a decirme / que debo arrepentirme de la esperma quemante / que me trajo? / Porque sangra de abajo / yo no vendo ni rajo / mi pasión”
Silvio Rodríguez, “Compañera” en Silvio
Imagen: fotosgrises.blogspot.com
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