
La vida en una oficina no carece de descalabros, satisfacciones, sinsabores, buenos ratos, horas largas (entiéndase aburridas) y pequeñas bondades. El horario establecido da para eso, y aún para mucho más. Y si de tropiezos hablamos, éstos no se dan únicamente en el sentido laboral, pues el filón de la convivencia (obligada) tiene mucha veta para explotar: más de alguno se queja, con amargura, que sus compañeros de trabajo no son lo que habían esperado, más aún, no son ni mínimamente tan sólo eso: compañeros a secas. Hay otros pocos que, para su fortuna, miran desde el extremo opuesto.
En ese endeble abanico que suponen las horas oficinescas caben toda clase de sucesos y desacomodos: el tiempo que se invierte en una junta que a la postre resulta fastidiosa y poco (o nada) productiva es semejante a esa sensación apremiante de tener que volver a empezar, una y muchas veces más, la torre de naipes de la baraja cada vez que se viene abajo por un ligero movimiento en falso o porque un tercero, con toda alevosía, sopló sobre aquella ligera construcción. Las circunstancias y el sujeto son ajenos, no así la encomienda, que nunca dejará de ser individual.
El termómetro que regula la convivencia en horas de trabajo casi siempre –la excepción hace la regla– está dictada por el humor de los empleados: por más que se intente permanecer ajeno al barullo o al silencio general, según la ocasión, la inercia arrastra con tal ímpetu que no se tiene noción del momento exacto en que se intervino en la plática o se permaneció sumido en la burbuja de los pendientes y ocupaciones ordinarias. Y es que lo incompatible no tiene aquí cabida, pues se le destierra, incluso, desde la letra de los manuales de inducción y desde ese doctrinario objeto que es el reglamento interior de trabajo. Dos lastres que se cargan desde tiempos inmemoriales (diría perfectamente Saramago).
El mapa propio no muestra una ruta distinta cada vez: la geografía que se delinea entre escritorios, copiadoras, cubículo cafetero, computadoras, pasillos, baños, patio interior, y otras áreas comunes y por demás conocidas, es perfectamente recorrible aún cuando se deje de transitar por allí por un prolongado tiempo: la familiaridad con lo que compone ese universo llega a ser tal que cualquier modificación, por minúscula que sea, podrá ser percibida por todos los empleados, aún por aquél que, a contracorriente, maneja una agenda alterna a la común.
“Hoy viene a ser como la cuarta vez que espero, / desde que sé que no vendrás más nunca. / He vuelvo a ser aquel cantar del aguacero, / que hizo casi legal su abrazo en tu cintura. / Y tú apareces en mi ventana, / suave y pequeña, con alas blancas. / Yo ni respiro para que duermas / y no te vayas. / Qué maneras más curiosas, / de recordar tiene uno, / qué maneras más curiosas: / hoy recuerdo mariposas / que ayer sólo fueron humo. / Mariposas, mariposas / que emergieron de lo oscuro, / bailarinas, silenciosas”
Silvio Rodríguez, “Mariposas” en Mariposas
Imagen: www.bytgs.com
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