
Las palabras son a menudo el único puente que nos pone en contacto con las cosas, pero sobre todo constituyen un vigoroso vínculo entre persona y persona. Nada se construye si no es con palabras: éstas son el engrudo, el pegoste primigenio. Las palabras brotan en un momento dado y enseguida se erige una nueva torre de Babel: en ocasiones son dichas para amalgamar visiones, para poner alto a un atropello, para pacificar posturas, para alentar, confesar, dictar, querer; en suma, para vivir. Es tan importante la palabra que la vida misma se empeña en lo que se dice.
Claudio, en La borra del café de Benedetti visita de vez en cuando a Mateo, un amigo de su barrio, ciego pero buen conversador. De hecho con nadie platica mejor que con él, ni siquiera con la palomilla con la que vive un sinfín de aventuras durante toda su infancia y adolescencia: que se precian de ser sus mejores amigos. Mateo, extrañamente, no necesita ver a Claudio cuando ya sabe que éste está ante su presencia: entonces las palabras los conectan, de algún modo los acercan, los van haciendo cada vez entrañables amigos. Pasados los años, siendo ya los dos adultos, no precisan ya de palabras para saberse ciertos uno en el otro, y de regreso.
Las palabras, o la ausencia de palabras también, definen el perfil de una relación, sea cual sea el tipo. Rosario Castellanos inicia el cuento “Las amistades efímeras” (contenido en Los convidados de agosto) del siguiente modo: “La mejor amiga de mi adolescencia era casi muda, lo que hizo posible nuestra intimidad”. En un, más que fluida conversación, monólogo ininterrumpido la protagonista da la tesitura de su relación amistosa con otra mujer: que ella hable y la otra calle es el estado perfecto para llevarse bien. Ningún tropiezo entre ellas, como puede verse, ha de fraguarse con las palabras dichas.
Más adelante agrega Castellanos: “No tenía la menor idea de lo que era ni de lo que iba a ser y me urgía organizarme y formularme, antes que con actos, por medio de las palabras”. Al fin, las palabras, antes que otra cosa, y mejor que un salvavidas, funcionan como motor de derroteros, de alcances y trayectos. En la argamasa palabrera radica, para ella, la brújula que la llevará a determinar los sueños a futuro, las decisiones próximas. Si las palabras poseen tales atributos, por qué entonces hay quien no les atribuye ninguna importancia. Será, tal vez, porque creen más en esa sentencia de que “a las palabras se las lleva el viento”; lo que desconocen es que, después, el mismo viento las devuelve.
“Es el viento que se remonta despertando más allá de nosotros, / en la paciencia inconstante de las noches. / Ahora, vuelvo a recibir tu aliento. / (….) Es el aliento que entibiará los mismos lugares / cuando abracemos la tierra que ahora nos sostiene; que a través de otras noches, de otros años, / llegará hasta nuestros siguientes cuerpos, / persistirá en nuestras siguientes vidas, / amándote con esta caricia, con esta piel que no seré yo, / besando otra vez tus ojos, tus manos, / el tibio cuerpo que no serás tú.”
Claudio, en La borra del café de Benedetti visita de vez en cuando a Mateo, un amigo de su barrio, ciego pero buen conversador. De hecho con nadie platica mejor que con él, ni siquiera con la palomilla con la que vive un sinfín de aventuras durante toda su infancia y adolescencia: que se precian de ser sus mejores amigos. Mateo, extrañamente, no necesita ver a Claudio cuando ya sabe que éste está ante su presencia: entonces las palabras los conectan, de algún modo los acercan, los van haciendo cada vez entrañables amigos. Pasados los años, siendo ya los dos adultos, no precisan ya de palabras para saberse ciertos uno en el otro, y de regreso.
Las palabras, o la ausencia de palabras también, definen el perfil de una relación, sea cual sea el tipo. Rosario Castellanos inicia el cuento “Las amistades efímeras” (contenido en Los convidados de agosto) del siguiente modo: “La mejor amiga de mi adolescencia era casi muda, lo que hizo posible nuestra intimidad”. En un, más que fluida conversación, monólogo ininterrumpido la protagonista da la tesitura de su relación amistosa con otra mujer: que ella hable y la otra calle es el estado perfecto para llevarse bien. Ningún tropiezo entre ellas, como puede verse, ha de fraguarse con las palabras dichas.
Más adelante agrega Castellanos: “No tenía la menor idea de lo que era ni de lo que iba a ser y me urgía organizarme y formularme, antes que con actos, por medio de las palabras”. Al fin, las palabras, antes que otra cosa, y mejor que un salvavidas, funcionan como motor de derroteros, de alcances y trayectos. En la argamasa palabrera radica, para ella, la brújula que la llevará a determinar los sueños a futuro, las decisiones próximas. Si las palabras poseen tales atributos, por qué entonces hay quien no les atribuye ninguna importancia. Será, tal vez, porque creen más en esa sentencia de que “a las palabras se las lleva el viento”; lo que desconocen es que, después, el mismo viento las devuelve.
“Es el viento que se remonta despertando más allá de nosotros, / en la paciencia inconstante de las noches. / Ahora, vuelvo a recibir tu aliento. / (….) Es el aliento que entibiará los mismos lugares / cuando abracemos la tierra que ahora nos sostiene; que a través de otras noches, de otros años, / llegará hasta nuestros siguientes cuerpos, / persistirá en nuestras siguientes vidas, / amándote con esta caricia, con esta piel que no seré yo, / besando otra vez tus ojos, tus manos, / el tibio cuerpo que no serás tú.”
Carlos Montemayor, “3” en Las armas del viento (1977)
Imagen: elespejoimposible.files.wordpress.com
1 comentario:
¿Y qué sería de esto sin tus palabras? / ¿Y que sería de nosotros sin las letras? / Objetos y entes sin alma, arrastrándonos por un hálito de significado.
Publicar un comentario