miércoles, 21 de abril de 2010

Certeza antigua


Hay en el modo de acercarnos a las cosas nuevas un temor infundado: eso que atajamos no nos es del todo desconocido, sabemos algo ya por el pasado que llevamos a cuestas. No todo, sin embargo, es reconocible y cercano como, por ejemplo, aprender a andar en bicicleta: que basta subirse en ella para recordar cómo pedalear; hay cuestiones que requieren un esfuerzo un poco mayor. A veces basta rebuscar un poco y aquello que creemos nuevo no será más que la reminiscencia de algo ya visto, conocido y entonces de algún modo se le revisita, nada más.
El cúmulo de las horas vividas dejan su marca indeleble en el cuerpo: en ellas es posible distinguir el delirio de un pasado, de un pasado que se las arregla para estar volviendo siempre, como si llevara al frente esa consigna que canta Calamaro, “nos volveremos a ver”. A nadie le es dado renegar de forma categórica de aquello de donde viene, ni de lo que trajo o vio allá. Dice esa frase popular “nadie puede negar la cruz de su parroquia”: es decir, ninguno sabría cómo deshacerse de esos rasgos que lo presentan ante el mundo de tal o cual modo, antes bien por ellos se le reconocerá al instante y en adelante.
“En los últimos tiempos me ha ocurrido a menudo ser consciente de que tengo un pasado”, escribe Sergio Pitol en El arte de la fuga. Y esa certeza, más que echársele encima para impedirle visualizar lo que se viene acercando, lo posibilita para esperanzarse en el futuro: la isla Barataria para Sancho fue la recompensa a aquel trajinar insensato e inacabable al que don Quijote lo arrastró por mucho tiempo, donde la desazón y los infortunios fueron el pan de cada día. El fiel escudero, sin embargo, agradece a su amo aquel pasado, porque eso lo hizo saborear de un modo más grato el que estuviera ahora a cargo de la ínsula de la que se sabe merecedor.
De la criba que se haga del pasado, de todo eso que significa el pasado, va a depender en sumo grado la visión futurista: si aquella legión de niños que se lanzó en busca de Jerusalén, guiada tan sólo por la certeza de una aparición, hubiera sabido desde un principio el fracaso a que era conducida, quizá no se habría lanzado a tan disparatada aventura. La certeza es uno de esos preciados frutos que el pasado proporciona. “(Ser consciente de tener un pasado) me hace concebir el futuro como una zona infinita, desconocida y promisoria” agrega Pitol como un corolario a ese descubrimiento azaroso.

“(….) Trato de recordar y meto las manos al fondo de la niebla, / al fondo de la ropa que gastó mi cuerpo, / al fondo de las cosas y los juguetes rotos y los juguetes que no estuvieron conmigo, / al fondo de los días y sus vestigios, / y sólo siento una risa fugaz, su paso efímero, / su aroma cercano, sin egoísmo, rondándome / como la mujer próxima que aún no conozco, como la muerte / o el amor.”
Carlos Montemayor, “Poemas de abril, 2” en Abril y otros poemas (1979)

Imagen: "Cuando el pasado nos alcanza", pintura de Adriana Papayanopulos, encontrada en www.pintoresmexicanos.com

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