martes, 6 de abril de 2010

¿Qué son sesenta minutos?


Adelantar el reloj una hora desarregla muchas cosas, entre ellas lo que uno secretamente concibe y lleva a cabo. Incluso todo aquello que no conoce de manecillas y minuteros salvo cuando alguna urgencia brota, arrasa-todo, desde los adentros, producto del mismo destanteo temporal. El día del adelanto resulta más corto –los inmediatamente próximos también–, quizá por esa vaga sensación de que se vive en una hora ajena. La existencia transcurre en un engaño velado: todo sucede en un tiempo que no es el real, sino en el aparente: las únicas certezas provienen de que los sujetos y los hechos no cambian, ni siquiera el espacio, únicamente el viejo asunto de la temporalidad.
Y es que un acto tan simple y corriente como adelantar el reloj sesenta minutos –tan sólo sesenta minutos– deviene catástrofe en el aparato fisiológico: quitarle ese cúmulo de minutos al cuerpo y sus costumbres conduce a una desazón repentina. La mayoría sabe a qué hora su cuerpo exige tal o cual atención, pero no hay modo alguno de transmitirle a éste, ipso facto, la noción de un tiempo nuevo, adelantado, recortado; en tanto, a pesar suyo, el cuerpo se acomode a las nuevas circunstancias dará más batalla de la que suele dar. Se ha sabido de algunos que sucumben a tales despropósitos, quizá por rebeldía o tal vez por olvido, sumidos en un desconcierto del que no conocen ni la raíz ni el desenlace, mucho menos su razón.
Este asunto de los cambios de horario dos veces por año entraña una suerte de condena, de la que, valga decirlo, por estos lares nadie se salva. Que el día comience más temprano que de costumbre, o que anochezca antes de lo esperado, constituyen cuestiones que tendrían que dejarse a la naturaleza y sus desarreglos propios. Alterar de ese modo la relación tiempo-día-amanecer-atardecer-anochecer-luzsolar no está exento de bondades, es cierto, aunque éstas vienen en descomunal menor proporción que los inconvenientes que arrastra tras sí. El sol, entonces, es el protagonista de esto, que más que medida de ahorro pareciera una artimaña elevada a convención social.
De existir un reloj, por otra parte, que en lugar de consumir horas en el correr de su minutero las fuera descontando, el cambio de horario no se operaría porque no tendría sentido: regiría un tiempo que iría, como el salmón jaimelopeziano río arriba, a contracorriente. Y no por ello se consumiría más luz que la que comúnmente se utiliza. Dicho reloj, cuyo mecanismo, lejos de lo convencional, apunte en la dirección contraria de la que siempre ha llevado el tiempo, sería quizá el instrumento idóneo para detener de una vez por todas esta manía de los cambios de horario.

“Cantemos ahora la sencillez del agua, / la rosa de la tierra (como todas las rosas), / el transitorio equilibrio de la mañana. / Otra vez la oscuridad, / la ferviente y cálida cama del hombre solo, / la hoguera nocturna de los párpados, / el silencio que se repite en el aliento: / la imperfecta bondad de reencontrarme / con lo que dejé inconcluso en la noche.”
Carlos Montemayor, “4” en Las armas del viento (1977)

Imagen: www2.esmas.com

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