viernes, 9 de abril de 2010

Se vale lo que sea


Hay películas que están hechas para que el espectador salga de la sala del cine conmovido hasta las entrañas. Se trata de un cine cuyo drama va hasta el punto más álgido de la emoción y después, para aligerar el sentimiento desbordado, se deja ir en picada con una situación del todo chistosa; los llamados gags. Cuando así sucede dicen que el director se ensaña diabólicamente: nadie en su sano juicio podría hacer una película para que la gente llore, acabe lamentándose, se entristezca o de plano se sumerja en un estado depresivo del que difícilmente podrá salir en los días siguientes.

Hace días acudí a una sala cinematográfica, atestada por ser día de descuento, para ver una cinta que prometía no ser un culebrón endiablado, sino una película con un drama bien cimentado en guión y cuadro actoral. En ese tono el filme no desmereció ni un poco siquiera: fue punzante, desgarradora, sinuosa a ratos, e incluso podría decir que dolorosa. Pero lo que quiero resaltar aquí sobrevino ya cuando la película acababa: se escuchaba claro que dos mujeres que estaban a mi lado derecho lloraban, y dos tipos, a mi izquierda, desconozco todavía por qué, comenzaron a decirles en torno burlón –todavía no encendían las luces– “se vale llorar”, “y a moco tendido”, “chifladas”.

Lo que uno haga con la emoción o el sentimiento desatado tras ver un filme es cuestión personalísima. Si uno decide reír ante una desgracia, o llorar, o sobrecogerse a alturas insospechadas, constituye una decisión que no atañe a nadie más, mucho menos a sujetos desconocidos. El estado de ensimismamiento al que se acoge aquel que ha sido vilipendiado o atrapado por una historia difícil, desgraciada o saturada de momentos tristes, resulta la consecuencia más lógica y socorrida. Un justo reconocimiento, por otro lado, a lo bien narrado que resultó el filme.

Las dos mujeres respondieron manifestando su desagrado por aquella intromisión entre su estado emocional y los créditos que iban apareciendo en la pantalla. Se sintieron invadidas, arrebatas de esa especie de éxtasis en el que se hallaban metidas. La cuestión de la educación de los públicos en el cine es apabullante: durante el festival de cine pasado me tocó asistir a funciones tanto al cine-foro como a cinépolis: en el segundo aparecían murmullos por aquí y por allá, silbidos, pasaban por sobre mi cabeza palomitas o un vaso apachurrado, y hubo expresiones de malísimo gusto cuando en la pantalla, por ejemplo, apareció un hombre desnudo y luego, en la cama con una mujer en iguales circunstancias. Fue de veras lamentable. Sí, hay de públicos a públicos, y de cine a cine. Qué se le va a hacer.

“No importa, / no importa morir. / Ven, vida, / ambas son mis manos; / ven, muerte, / ambas mi voz y mi letra, / mi deseo y mi tacto. // (Veo en la casa las sillas, / los libreros, las mesas. / Sé que mi lugar no es mi lugar. / Soy el que sale de la casa / y permanece dentro, / que no sabe de su mundo, / que no ha aprendido a vivir, a estar.)”

Carlos Montemayor, “6” en Las armas del viento (1977)

imagen: www.laislatuerta.org.mx

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