
El otro día, por casualidad, descubrí que a una vecina de los departamentos donde vivo le da por espiar a todos los inquilinos. Lo hace desde un recoveco de una de sus ventanas, que se abre paso hacia los pasillos y demás departamentos a través de un hueco entre las escaleras y un muro lateral: desde ahí se tiene un panorama total del complejo departamental (mi casera alguna vez me lo comentó, pues también es dueña de ese departamento). Y no se conforma con observar a todos, sino que su tarea de espía se completa al comentar aquello que vio con el vecino más a la mano: en el compartir la novedad, el dato curioso o el juicio sobre tal o cual inquilino redunda su oficio casero.
La mujer, de edad no identificable primera vista, fluctúa entre el medio siglo y dos décadas más allá; si uno se la encuentra y la saluda ella responde siempre con un tono quedo, como si rezara: su letanía es apenas audible. Las más de las veces anda sola, aunque vive con su marido, un hijo y la familia de este último. Su nombre, a propósito, no lo conozco, sólo he escuchado que se refieren a ella como “doña Cle”: tal vez se llame Clemencia, Cleotilde, o Cleopatra quizás. La señora tiene una mirada penetrante, que ahoga si se le quedan mirando directamente a los ojos.
Su labor de espía tiene lugar, invariablemente, por la tarde, pasadas las seis, cuando los restantes inquilinos retornan, uno a uno, de sus actividades cotidianas: a esa hora ella ya se encuentra apoltronada tras su ventana, con la cortina corrida con disimulo, y atenta a lo que acontece en el exterior. Supe de sus actividades porque subí a la azotea a verificar que no se escapara el gas del tanque estacionario, y desde allá arriba, con descuidado motivo, asomé hacia la calle: entonces la vi, concentrada, atareada en seguir cada uno de los movimientos de quien transitara por los pasillos, saliera de su departamento o llegara a descansar.
Esto del espionaje casero –permítaseme llamarlo de ese modo– no es una actividad nueva, se trata de uno de los oficios que figuran en esa nebulosa categoría de los más viejos del mundo. Y de allí surgen historias que, unas sorprendentes otras trágicas, posteriormente corren de departamento en departamento hasta distorsionarse de tal modo que el relato original ya ha enmendado o agregado datos y situaciones ajenos al llegar al último. He visto a doña Cle, con todo el disimulo posible, mirarme desde su ventana cuando llego a casa, cuando salgo, cuando asomo por la ventana, cuando me instalo en el balcón; me pregunto qué historias habrá urdido en torno a mí, y si algún día éstas llegarán a mis oídos.
“Soy el viento que conoce / el perfumado aliento de la muerte, / la respiración que se cansa con mis pasos. / Soy la voz que sobre mi voz hoy llueve. / (….) Soy mi hijo, soy mi linaje, mis abuelos. / La misma lluvia de amor que despedazó a mis abuelos. / Soy mi segundo hijo, una lluvia en silencio, / una palabra que nunca he escrito y llueve sobre mi alma. / (….) Soy el grito que nadie escucha en la tormenta. / Viento que pasa, que se exalta, / donde lo efímero y lo eterno / son una pupila y una retina, / una tormenta que cae y se ensordece a sí misma, / un hombre mismo, un instante solo.”
La mujer, de edad no identificable primera vista, fluctúa entre el medio siglo y dos décadas más allá; si uno se la encuentra y la saluda ella responde siempre con un tono quedo, como si rezara: su letanía es apenas audible. Las más de las veces anda sola, aunque vive con su marido, un hijo y la familia de este último. Su nombre, a propósito, no lo conozco, sólo he escuchado que se refieren a ella como “doña Cle”: tal vez se llame Clemencia, Cleotilde, o Cleopatra quizás. La señora tiene una mirada penetrante, que ahoga si se le quedan mirando directamente a los ojos.
Su labor de espía tiene lugar, invariablemente, por la tarde, pasadas las seis, cuando los restantes inquilinos retornan, uno a uno, de sus actividades cotidianas: a esa hora ella ya se encuentra apoltronada tras su ventana, con la cortina corrida con disimulo, y atenta a lo que acontece en el exterior. Supe de sus actividades porque subí a la azotea a verificar que no se escapara el gas del tanque estacionario, y desde allá arriba, con descuidado motivo, asomé hacia la calle: entonces la vi, concentrada, atareada en seguir cada uno de los movimientos de quien transitara por los pasillos, saliera de su departamento o llegara a descansar.
Esto del espionaje casero –permítaseme llamarlo de ese modo– no es una actividad nueva, se trata de uno de los oficios que figuran en esa nebulosa categoría de los más viejos del mundo. Y de allí surgen historias que, unas sorprendentes otras trágicas, posteriormente corren de departamento en departamento hasta distorsionarse de tal modo que el relato original ya ha enmendado o agregado datos y situaciones ajenos al llegar al último. He visto a doña Cle, con todo el disimulo posible, mirarme desde su ventana cuando llego a casa, cuando salgo, cuando asomo por la ventana, cuando me instalo en el balcón; me pregunto qué historias habrá urdido en torno a mí, y si algún día éstas llegarán a mis oídos.
“Soy el viento que conoce / el perfumado aliento de la muerte, / la respiración que se cansa con mis pasos. / Soy la voz que sobre mi voz hoy llueve. / (….) Soy mi hijo, soy mi linaje, mis abuelos. / La misma lluvia de amor que despedazó a mis abuelos. / Soy mi segundo hijo, una lluvia en silencio, / una palabra que nunca he escrito y llueve sobre mi alma. / (….) Soy el grito que nadie escucha en la tormenta. / Viento que pasa, que se exalta, / donde lo efímero y lo eterno / son una pupila y una retina, / una tormenta que cae y se ensordece a sí misma, / un hombre mismo, un instante solo.”
Carlos Montemayor, “5” en Las armas del viento (1977)
Imagen: www.tomapapost.blogspot.com
2 comentarios:
¿Cómo definirías a alguien que escribe? Yo, personalmente, la determino como una persona chismosa, entremetida, metiche y, claro, espía. :)
¡Abrazo!
Oye, algo hay de eso: escribir es eso, contar lo que se ve, lo que se espía, lo que se piensa, lo que se tiene, lo que se busca, lo que no le pertenece, lo que le está lejos....
Saludos desde la entrañable Guanatos City Town
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