Vivir en perpetua deuda se ha convertido en un estado inherente a nuestra condición. Al que nada debe le cuesta simpatizar con los otros, es más, no tiene carta de ciudadanía en un sitio donde lo que se ha de cobrar mañana ya se debe en su totalidad. Deber es asimismo una forma de socializar, de articular la afinidad y la cercanía entre amigos y conocidos: el grado de querencia puede estar determinado, a veces, por la cantidad que se adeuda o, quizás, por los compromisos adquiridos cuyo finiquito haya sido pactado en el futuro. Y es que esa fabulación es atrayente en sumo grado: pagar después indica un tiempo impreciso.
“Ve, ahora traigo este modelo….”, “Hummmm, ahorita todavía tengo ropa sin estrenar….”, “Pero mira, se te ve muy bonito….”, “Sí, ¿verdad? Bueno, ¿ahora me lo dejas a cuatro quincenas?”. Cuando el modo de compra se ajusta a una rendición de cuentas que permite ir separando montoncitos de monedas para salirle al paso –quedar bien– con una larga lista de acreedores, lo no necesario y lo menos urgente se convierten, como por arte de magia –labia pura, diría el otro–, en los objetos preciados, que se adquieren, a veces, a un costo desproporcionado.
Es bien sabido que las oficinas gubernamentales –o de burócratas, en general– se erigen como una especie de paraíso para quienes ofrecen toda clase de objetos a plazos: en esos sitios todos deben, o cuando menos todos anhelan deber. No deberle a nadie, si se da el caso, fluye en ellos como una sensación incómoda, se transfigura en una picazón por todo el cuerpo que no cesa con nada, ni siquiera con la aplicación de menjurges, artilugios, antídotos y cremas milagrosas –adquiridos, también, a plazos–. Deber y burócrata componen un binomio que goza de un prestigio bien ganado: un burócrata es, in situ, un deudor en potencia, cuando no ya bien consagrado en estas lides.
Deber no podría significar gran cosa si no dotara de un cariz distinto al deudor: se le señala, se le compadece, se le ovaciona, se le engrandece, se le cita como autoridad, se le busca para examinar su proceder y, después, llegado el momento, imitarlo. Allegarse deudas se reconoce como una cualidad que únicamente algunos pocos han desarrollado con maestría: hay, para el caso, deudores menores, medios y profesionales. Mientras mayor número de deudas se tenga el reconocimiento público será de igual proporción. No obstante, hay diferencia entre quien paga, aunque poco a poco, y aquel que hace de sus días un continuo acto de escapismo.
“Éste es el viento. / (….) Cada uno amó a la mujer / que desde siempre se destinó para él / y cada uno la ha perdido. / (….) Soy lo que no he vivido / y lo que no he de vivir. / Pero soy lo que en cada momento vivo. / (….) Soy el que sale de la casa / y permanece dentro. / El que está, el que es.”
Carlos Montemayor, “6” en Las armas del viento (1977)
Imagen: gurusblog.com
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