
No siempre el repetir las palabras que se han decir en cierta situación prevista augura el éxito deseado. Por más maneras que se ensayen para abordar la cuestión con la otra persona, en ocasiones no se atina a articular una oración bien hecha, ya no digamos inteligente. Incluso, llega a tal grado el atolondramiento o desconfianza, que al momento se olvidan todas aquellas palabras o frases construidas por muchas horas en la cabeza, y se acaba diciendo una sarta de cosas que nada tienen que ver con el tema previsto.
A menudo sucede que aquello por tanto rato ensayado, considerando una posible gama de respuestas o silencios de la otra parte, no figura en la conversación y ni siquiera una parte de eso se recuerda con exactitud. La desmemoria, tan de suyo traicionera e hipocondriaca, tiene unas maneras extrañas de proceder. Sucede asimismo que, en no pocas ocasiones, al final de la interlocución no se ha obtenido el resultado esperado, pero lo más grave a veces no es que incluso no haya ningún tipo de respuesta, sino que se carga, de vuelta, más desazón e incertidumbre que antes de tratar la cuestión.
La carga emotiva tiene también su zona de influencia en estos menesteres. Y si no, ¿cómo explicar entonces el tartamudeo o el sudor exagerado cuando, por ejemplo, se trata de entablar una conversación con una persona por siempre admirada o incluso temida? Echar mano de toda clase de argucias y escapismos –bruscos cambios de tema, sonrisas por demás fingidas, ser presa de un involuntario ataque agudo de tos, entre otras estratagemas– no siempre da buen resultado: la inventiva tiene su lado verosímil, y no todas las personas saben hallárselo.
Por más que se ensaye frente a un espejo toda clase de fórmulas, por más que se anote en un papel todo lo que se prevé preguntar o dejar en claro, por más que se practique con variantes, trampas y salidas fáciles, por más que se use un tono seguro de voz y ademanes por demás firmes, al final lo sucedido dista mucho de lo que con tanta insistencia se fue madurando. Ni las palabras escogidas se pronuncian ni, muchas veces, se dice lo que en realidad quiso decirse.
“Quisiera, un día, quisiera / que las sonrisas / y los surcos, y las penas / diminutas, aprendiesen / bajo mi tenue guía, / el alto, no marchito, / viaje de los pájaros. Quisiera. / Pero no tengo manos. Ni sabría / inventar los caminos. ¡Ay, / difícil redención! No tengo / manos ni caminos”
Jaime García Terrés, “Correo nocturno II” en Las provincias del aire
Imagen: www.zonalibre.org
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