La noche se estira. Se alarga como el animal cuando, al despertar, quiere acomodarse a la mañana recién llegada. Entre ese lapso del quedarse dormido a la muda contemplación de ese manto oscuro que se expande a medida que avanza, aparece, sin falta, el desasosiego nocturno, que tiene mucho de imprudencia: se abalanza, va con sus pasos atrabancados y al plantárseme, amenaza, vocifera, se mueve sin dejar de fijar los ojos en los míos, como si pretendiera intimidarme, como si quisiera decirme que la mañana va a tardar en desplegarse un poco más de lo acostumbrado. La noche se estira, se alarga, se deleita en su prolongación pasmosa, dolorida.
Ayer vino la noche, y con sus últimos respiros, despaciosos, intranquilos, que casi podían deletrearse, dibujó, al fin, una clara mañana.
“El aire. Doble signo claro. / Nuestro como la sangre. / Adivina la música marina / de tu cuello. / Publicaba conmigo rumbos de luciérnaga.”
Jaime García Terrés, “Correo nocturno IV”, en Las provincias del aire
Imagen:alquimiadeletras.wordpress.com
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