
Una taza de café puede traer alivio, conducir a estados de ensimismamiento, de sobrada efusividad, de disfrute total, de fiebre dispuesta a compartirse, de aletargamiento incluso; puede provocar un sinfín de sensaciones, pero al final también es un mero pretexto. Una rara manera de acercarse sin pretender siquiera estar cerca. Beber café, que de acto solitario tiene mucho, constituye asimismo un intento de apropiarse de lo común, incluso de lo que resulta de una conversación consigo mismo. Nadie dice, sin embargo, que tomará café para platicarse los pormenores de su día (por lo menos, no en voz alta): es tan intrínseco el asunto que no es posible vislumbrar la línea de su división, su invisible cometido es lo que se persigue, pero rara vez se alcanza.
El café, que para mí como para muchos, se ha convertido en una necesidad cotidiana no del todo popular, se ha de beber con la consigna de mirarse para adentro: puede pensarse que estoy elevando el café a alturas insospechadas, mas el café es tan terrenal como lo es un árbol, aunque la distancia de uno y otro sea siempre insalvable.
Cuando se comparte café se da una parte de sí, se deja al descubierto todo ese embrollo que se anida en los adentros: es tan importante ofrecer una taza de café como lo es preguntar el estado particular de las personas. Y no intento, como se podría suponer, redactar aquí una apología del café; sí quiero, en contraparte, dejar en claro que el café es un aliciente nada comparable con un millón de cosas o palabras: y es que en su más pura esencia está contenida la querencia y la inquietud por beberlo, el apuro y el deleite cuando va garganta abajo.
El café sabe mejor si va acompañado de la certeza de los instantes: el café es más que una compañía, sin embargo su solo disfrute trae aparejado el modo más visible de estarse bebiendo a uno mismo.
Alguien pudiera decir, y con cierta razón, a estas alturas, que tomar café nunca antes le había parecido tan complicado: no obstante, el café es una bebida sencilla, tan difícil de tomar por partes que de un solo trago puede uno atragantarse con el universo. El café mora allí, en uno de los resquicios más ocultos de la cámara de maravillas en que se ha venido convirtiendo la cotidianidad más abrupta.
“(…) El joven corazón de la nostalgia / no es lumbre suficiente / para forjar su delicada imagen. / Y la tinta / devora el siglo que la nutre. / Amor. Grito amor / con todas mis fuerzas. / Y nada permanece. / Han huido (Allá van. ¡Alerta!) / los furiosos cuchillos que sustentan mi lengua”
Jaime García Terrés, “Correo nocturno III” en Las provincias del aire
Imagen: www.lacoctelera.com
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