
He escrito aquí anteriormente sobre mi abuela, y hoy lo hago de nuevo porque el corazón tiene sed de hablar de ella, hoy lo hago porque algún día mi abuela será parte de mi testamento, hoy lo hago porque hace algunos días traspasó con su andar sereno y su corazón mudo los umbrales de nuestros territorios, hoy lo hago porque la última sonrisa que tuvo en este mundo la dibujó cuando yo platicaba con ella, hoy lo hago para compartirle ese agudo dolor que sentí cuando abracé a mi madre mientras lloraba y me decía que había perdido a la suya, hoy lo hago porque sus manos transparentes, de papel lívido y acuosas, de venas pronunciadísimas, se quedaron juntas, dormidas sobre su pecho mientras las sogas descendían al fondo de la tumba llevando ese ataúd oscuro de madera, y de la que al poco rato emergieron solas, destrenzadas casi, presas también del desaliento; hoy lo hago como una manera de acortar ese abismo de soledad que se abrió apenas supe por teléfono la atómica noticia de su partida, hoy lo hago porque su voz, que fue apagándose sin vuelta atrás, empieza a cercarme todos los caminos, a poner su mano en el corazón abierto de mis pesares; hoy lo hago porque tengo la certeza de que sin su fe no podría atreverme en estos días a respirar siquiera, ella era una mujer que llevaba la marca del acero en sus adentros; hoy lo hago porque no encuentro otra manera de hacerle saber que aquí hace falta, que mi madre no encuentra el norte aún cuando su casa sea tan reducida; hoy lo hago porque quiero contarle, al oído, la honda tristeza que recorrió a la Chica Azul apenas supo su deceso; hoy lo hago porque quiero avisarle que mi madre la llama a ratos, y que en esas evocaciones es posible percibir un hueco de dolor, de callada resistencia a la resignación; hoy lo hago porque en aquellas horas en que cuidamos su cuerpo inerte, los lamentos no alcanzaron a encontrar su destino, se quedaron suspendidos en un aire denso, aletargado, insomne; hoy lo hago porque mi abuela fue una especie de premio a tanta desventura, un atardecer esperanzado y cotidiano; hoy lo hago porque estoy cierto de que la deuda que tengo con ella no podré pagarla, y ni siquiera sé si llegado el momento tenga el modo de hacérselo saber; hoy lo hago porque no pude hacerlo antes, porque el trazo que la definía se quedó detenido y se negó a concluir su impulso; hoy lo hago porque mi abuela, que fue la gran mujer de mi abuelo, me enseñó, sin palabras de por medio y sólo con su actuar silencioso y diligente, casi todo lo que sé, y lo más importante de entre todo ello es que mi abuela supo cómo hacerme ver que la vida es un continuo recomenzar.
Hoy lo hago porque mi abuela se fue hace algunos días, pero la sensación es que sigue aquí; hoy lo hago porque partió no hace mucho, y sin embargo me empecino en que siga aquí; hoy lo hago porque se fue definitivamente y se llevó a un rincón lejano sus 91 años de abuela definitiva. Hoy lo hago porque mi abuela, mi mamá segunda (que no mi segunda mamá), algún día será parte de mi testamento, la seña medular que conduzca a descifrar mi identidad.
“Aquí, donde el papel se puebla / de temerosas letras invasoras. / Donde la vida… asoma / sin mirar de frente. / Donde pierdo, trocados / en ríos de colores fijos / y remotos, los senderos / que llevan mi pequeña voz”
Jaime García Terrés, “Correo nocturno I” en Las provincias del aire
Imagen: www.ojodigital.com
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