lunes, 23 de febrero de 2009

Irse en una caja


Las mudanzas implican un sinnúmero de preparativos y previsiones que pareciera que se trata de un armado que se lograra mediante sesudas fórmulas y deducciones; sin embargo, al final, algo acaba saliéndose de los márgenes establecidos: la logística, en algún oculto recoveco, tiene, como todo, su punto de quiebra. Y la memoria, de cuyos procesos no puede obtenerse una fiabilidad cien por ciento, en algún instante se tira a la hamaca y sobreviene el caos. Por todo ello, las mudanzas acaban convirtiéndose en una expedición en la que cada paso dado descubre toda clase de sorpresas.
Si en ese lapsus que se abre entre guardar, mudar y el nuevo acomodo sobreviene el destanteo se debe, necesariamente, a una falla que, en un primer momento, no se contempló en la lista de posibles inconvenientes y pormenores; en el fondo, se trata de una variación que puede desencadenar un rollo de consecuencias, no del todo lamentables, aunque sí molestas. Lo metódico nunca ha sido una categoría que se especialice en aprisionar lo que escapa a su comprensión: si se van llenando huecos con lo que se encuentra a la mano ello constituye una molesta piedra en el zapato.
Cambiar de casa como si se cambiara de un aparador trae necesariamente otros aires: el paisaje, para comenzar, no es el mismo, se vuelve un escenario cambiante que trae otra distinta atmósfera, a la que el rutinario proceder irá dotando de lugares y nombres que se grabarán en la memoria de la vista, que, en ocasiones, se viste de aliada engañosa: lo que se ve no siempre es lo que es, y lo que es a rato se presenta nebuloso.
Durante muchos años me precié, con cierto matiz de orgullo, al ver a algunos amigos del barrio que iban y volvían como errantes gitanos de casa en casa y de colonia en colonia, de no haberme cambiado nunca. Sin embargo, en los últimos años, he emulado tal vagabundeo a menudo. Mudarse de casa es como cerrar la puerta para abrir otra: esta acción equivale a deshacerse del arraigo propio de una estadía sin límites precisos.

“Es demasiado tarde, acaso: y mi voz ya no tiene / la frescura de ayer. / O tal vez muy temprano: y el lenguaje me llega todavía / desprovisto del vago / milagro que lo cumple. / No lo sé. / Pero es en vano.”
Jaime García Terrés, “Correo nocturno V” en Las provincias del aire

Imagen: www.chilemudanzas.cl

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