jueves, 19 de febrero de 2009

Otros domingos


A veces la modorra de los domingos es tal que la cabeza se las ingenia para llenar las horas: no son pocos los que esperan el fin de semana para hacer todo aquello que se pospone, sin remedio, durante toda la semana, por cansancio, por falta de tiempo, incluso por simple costumbre de dejar todo –lo inverosímil también– para los días de asueto. Sin embargo, mis domingos no son tales: a menudo las horas que van de la mañana a la tarde de esos días transcurren como el lagarto que se arrastra sobre el desierto, con una lentitud que exaspera, que se abalanza desquiciante.
Hubo un tiempo, hace ya algunos años, en que en los domingos cabía todo: la espera de una remota escena lluviosa, el mediodía que anunciaba entonces otro horizonte, la media tarde de las cascaritas, las películas del Santo, las mañanas de quequis, y todo aquello que hoy no son más que postales de un álbum cuyas páginas se han ido desprendiendo. No se trataba de un día insigne, sino de un espacio que abrigaba todo tipo de esperanza, más aún, que dejaba más gratos sabores que horas desabridas.
Existe la creencia general de que con el domingo concluye la semana, sin embargo es su inicio: contra todo pronóstico e interés el día domingo, por lo menos en mis cercanías, trae siempre la etiqueta del último escalón. Los domingos, no obstante su catálogo de distracciones y posibilidades de alargue de su extensión, acaban siempre a la misma hora: cuando alrededor todo calla y se puede casi tocar esa atmósfera que presagia la vuelta al trabajo.
La mayor parte de los domingos que recuerdo han sido soleados: en esa estampa me es posible aprehenderlos y dotarlos, según el ánimo con que cuente, de un desenlace que se acomode a las pretensiones, por más mínimas que sean, incluso si no se cuenta con ellas, restarle incomodidad. Los domingos tienen la particularidad de erigirse como días desgajados: en su interior hay muchas cosas partidas, divididas, destinadas a disgregarse a gritos y manotazos, cual leva callejera. Con todo, los domingos, ramas de por medio, continuamente reverdecen en su propio árbol.

“En vano, en vano / rueda la angustia –macilento / hueco-; en vano / marcan horas fantasmas / todos los relojes. / Inútilmente / las brújulas apuntan al ocaso / Cada firme / señal destila el torpe virus / de la fuga. Piélagos / destruidos, y no limpios faros candentes, / fecundan el naufragio de las sílabas.”
Jaime García Terrés, “Correo nocturno V” en Las provincias del aire

Imagen: www.andaluciaimagen.com

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