En el preciso instante en que el hombre quiso detener su marcha y volver los ojos para contemplar lo que acontecía en la esquina que recién había dejado atrás –le pareció que dos sujetos peleaban, o que, más bien, uno de ellos peleaba y el otro no repelía el ataque-, sintió un golpe en la cabeza. Parecía, sin embargo, por el impulso hacia adelante, haberse trompicado. Tras el destanteo inicial y tocarse la nuca con la mano, quiso entonces volverse: no hubo para más, alguien más corpulento que él –de tal fuerza fue el envión- lo había derribado por la espalda. De bruces, dolorido, confuso, no atinaba a comprender nada.
El otro sujeto, con la cara cubierta –pudo ver su máscara negra de reojo-, ahora saltaba sobre su espalda: sus duras botas se encajaban con saña, como si quisieran partirlo en dos. Más allá de la escena brutal, el tipo que resistía aquellos embates ovillándose sobre sí, se decía a sí mismo que a nadie le debía y que, por lo tanto, a nadie debía temerle. El hombre que lo atacaba no pronunciaba palabra alguna, no emitía ningún sonido que pudiera decirle al ofendido de qué se trataba todo aquel espectáculo de ring en plena calle.
Algunos curiosos habían comenzado a arremolinarse en torno a los dos sujetos. El uno, pisoteando un cuerpo que no hacía por defenderse, el otro, maldiciendo en silencio y diciéndose que no merecía tal acribillamiento de puños y patadas. La gente que presenciaba la escena ahora ya pedía compasión por el agredido: las voces iban creciendo al punto de que el hombre corpulento espaciaba ahora los golpes.
El hombre que había sucumbido buscó, entre los espectadores, algún rostro familiar: aquellos rostros compadecidos, sin embargo, no daban señales de cercanía, de trato antiguo, de un reconocimiento del que pudiera asirse para verse librado de la pasmosa situación en que se encontraba, mediando el auxilio. Hundió de nuevo el rostro en la tierra. El tipo corpulento, entonces, de súbito dejó de pisar su espalda, y sin mediar palabra arremetió sobre un hombrecillo que estaba en primera fila de la multitud. De un impulso lo derribó y comenzó a darle de puñetazos, mientras el tipo bajito se sacudía estentóreamente como el pez que, de imprevisto, queda fuera del agua y se sabe destinado a morir tras un fatigoso coletazo.
“Nada podemos. Ahora estamos solos. / Tú. Yo. Las cosas. / Y mis dedos / -pobres centinelas diseminados- / nos persiguen apenas, / a distancia”
Jaime García Terrés, “Envío” en Las provincias del aire
No hay comentarios:
Publicar un comentario